El sonido del nombre prohibido pronunciado por primera vez frente a un testigo me congeló la sangre en las venas.
Habían pasado tres días desde la tutoría en su habitación. Tres días en los que, contrariamente a lo que esperaba, Noah me había ignorado por completo. No insistió. No me buscó a oscuras, ni intentó forzar otro encuentro, ni me dirigió la palabra en casa. Se le notaba extrañamente callado, arrastrando una seriedad gélida que no tenía nada que ver con su habitual arrogancia. En la mesa, apenas tocaba la comida y respondía con monosílabos. No era el mismo de siempre, y ese vacío hostil en sus ojos azules me estaba carcomiendo la cabeza. Me dolía admitirlo, pero su indiferencia me castigaba más que sus propias persecuciones.
El problema era que, aunque jugara a mantener las distancias, Blackwood High seguía siendo demasiado chico para los dos. Y justo hoy, decidió romper su huelga de silencio de la manera más peligrosa.
Estaba sentada en una de las mesas del fondo de la biblioteca, aprovechando la hora libre para estudiar con Emma. El silencio del lugar solo se rompía por el murmullo de las hojas y el rítmico teclear de mi mejor amiga en su portátil. Todo parecía tranquilo, hasta que la sombra alta de Noah se proyectó sobre nuestros apuntes.
Acababa de llegar del entrenamiento de baloncesto. Llevaba la sudadera del equipo, el cabello rubio ligeramente húmedo y ese perfume amaderado que me revolvió el estómago en un segundo.
—Tu madre me pidió que te buscara para volver a casa, Jo —soltó de golpe, con una naturalidad tan pasmosa que parecía ignorar la bomba que acababa de lanzar.
Me quedé de piedra. El pánico me subió por la gola como una descarga eléctrica.
Emma parpadeó, completamente sorprendida, y dejó de teclear en el acto. Giró la cabeza lentamente, mirando primero a Noah y después a mí, con una chispa sutil de alarma reflejada en sus ojos.
—¿Jo? —repitió Emma, arrugando la frente—. No sabía que ustedes tenían esa confianza.
—No la tenemos —salté de inmediato, inventando una excusa apurada mientras sentía que las mejillas me ardían—. Es que... mi mamá lo usa todo el tiempo. A Noah seguro se le pegó de escucharla en la casa. ¿Verdad, Blake?
Miré a Noah, suplicándole con los ojos que me siguiera el juego. Él mantuvo la compostura de una manera envidiable, sin pestañear, pero toda la apatía de los últimos días pareció evaporarse en un parpadeo. Esos ojos azules se clavaron en mí con una fijeza oscura, devoradora, que delataba una posesividad insoportable. Le importaba un demonio que Emma estuviera sentada ahí mismo.
—Sí, claro. Debe ser por eso —respondió él con un tono extrañamente plano.
Se sentó en la silla libre que quedaba a mi lado, apoyando los brazos sobre la mesa de madera. Emma lo miró embelesada por un instante, perdiéndose en su fachada de chico perfecto, sin tener la menor idea del infierno que se estaba desatando debajo del tablero.
Noah estiró la pierna y presionó firmemente la punta de su bota de cuero contra mi zapatilla, atrapándome el pie contra la pata de la silla. Era un movimiento deliberado, pesado, una forma muda y agresiva de marcar territorio. Intenté zafar el pie, pero él apretó el agarre, obligándome a quedarme inmóvil. El aire se volvió irrespirable.
No pude soportarlo más. La culpa, la tensión y el calor de su bota contra la mía me superaron.
—Voy a... voy a buscar un libro de referencia antes de que cierren —dije de golpe, poniéndome de pie tan rápido que la silla crujió contra el suelo.
Emma me miró extrañada, pero asentió. Noah dejó pasar apenas dos segundos.
—Yo también debería buscar uno para las clases de tutoría —comentó él con total tranquilidad, levantándose con esa elegancia felina que lo caracterizaba.
Me adentré en el laberinto de las estanterías del fondo, donde la luz disminuía y los pasillos de libros viejos ofrecían un refugio temporal. Me detuve frente a una sección cualquiera, apoyando las manos en el estante, intentando respirar y recuperar el control de mis propios latidos. Estaba fingiendo revisar los lomos de los libros, sin saber siquiera qué estaba mirando.
De pronto, el aire a mi espalda se volvió denso.
Una sombra me cubrió por completo. Noah se apareció por detrás, tan cerca que su pecho casi rozaba mi espalda. Estiró un brazo, apoyando la mano en el estante de madera, justo al lado de mi cabeza, acorralándome por completo entre las estanterías llenas de libros. Estábamos completamente ocultos de la vista de Emma, separados del resto del mundo por muros de papel.
—Has estado toda la semana ignorándome —le reclamé en un susurro rabioso, girándome de golpe para encararlo, quedando a escasos centímetros de su rostro—. Ni una palabra, ni una mirada en casa. ¿Por qué cambias de idea ahora? ¿Por qué vienes a molestarme justo cuando estoy con ella?
Noah se inclinó un poco más, acortando la distancia de una manera peligrosa. Sus ojos azules brillaban con una intensidad cruda.
—Estaba molesto contigo, Hart. Muy molesto —admitió, y su voz sonó como un ronroneo bajo y áspero que me caló hasta los huesos. Deslicó su otra mano por el estante, atrapándome entre sus dos brazos—. Intenté darte espacio, intenté convencerme de que estabas en lo cierto. Pero no puedo. Y sé que tú tampoco puedes.