El olor a azufre y formol de la clase de biología nunca me había parecido tan sofocante.
El profesor Harrison golpeó el pizarrón con el borrador, exigiendo un silencio que el grupo le otorgó a regañadientes. En sus manos sostenía la lista de calificaciones del primer bimestre, y eso solo significaba una cosa en Blackwood High: el proyecto semestral de anatomía humana, un trabajo de investigación largo que definía la mitad de la nota final.
Desde mi banco, busqué la mirada de Emma dos filas más adelante. Ella me dedicó una sonrisa tranquilizadora y alzó dos dedos, el código que usábamos desde el año pasado para indicar que seríamos compañeras de laboratorio. Respiré aliviada.
Tres filas atrás, recargado en su asiento con la arrogancia natural que le otorgaba el uniforme del equipo, Noah observaba la escena. Mantenía los ojos fijos en el pizarrón, pero pude notar el sutil movimiento de su mandíbula al verme interactuar con Emma. Daba por sentado que me refugiaría en mi mejor amiga, como hacía siempre para evitar al resto del mundo.
—Este año no habrá elecciones libres —anunció el profesor Harrison, destruyendo mis esperanzas de un plumazo—. He emparejado los promedios más altos con los ingresos más recientes para equilibrar el rendimiento. Empecemos. Miller con Vance... Davis con Cambell...
Emma soltó un suspiro de frustración al escuchar su nombre con el de uno de los chicos del equipo de fútbol. Yo contuve el aliento, esperando el mío.
—Josephine Hart con Liam O'Connor.
El corazón me dio un vuelco. Escuché el arrastrar de una silla a mi izquierda y, cuando giré la cabeza, Liam ya me estaba mirando. Me dedicó una sonrisa de lado, completamente relajada, y me guiñó un ojo con una familiaridad que me obligó a desviar la vista hacia mis apuntes.
No necesité mirar atrás para saber qué estaba pasando. El ambiente en la última fila se volvió gélido en un segundo. La vibra protectora y posesiva de Noah se expandió por el aula como una corriente helada, tan intensa que me erizó los vellos de la nuca.
Dos horas más tarde, nos encontrábamos en la biblioteca aprovechando la última hora del día para avanzar en la hipótesis del proyecto.
Liam resultó ser una sorpresa absoluta. No era el típico chico de intercambio tímido, pero tampoco compartía esa prepotencia insoportable de los amigos de Noah. Mientras revisábamos los pesados tomos de medicina sobre la mesa, descubrí que era increíblemente divertido.
—Entonces, si el profesor Harrison descubre que copiamos esta conclusión del manual del año pasado, ¿crees que nos mande al paredón o solo nos condene al destierro social? —preguntó Liam, apoyando los codos en la mesa y mirándome con genuina curiosidad.
—En Blackwood, ambas cosas significan lo mismo —respondí, sintiendo una sonrisa real abriéndose paso en mis labios—. Pero si te sirve de consuelo, yo ya soy la invisible del instituto, así que el problema serías tú.
Liam soltó una carcajada limpia, sin una pizca de la burla o la condescendencia a la que estaba acostumbrada. No me miraba como si fuera un bicho raro por mi heterocromía, ni bajaba la voz como si hablar conmigo fuera un pecado social. Me hacía reír genuinamente, algo que no recordaba haber hecho en este instituto desde hacía muchísimo tiempo. Estar con él se sentía extrañamente fácil, como si las reglas rígidas de Blackwood no aplicaran en nuestra mesa.
El aire acondicionado de la biblioteca soltó una ráfaga helada que me hizo temblar. Al notarlo, Liam no lo pensó dos veces; abrió su mochila y sacó la sudadera oscura que me había ofrecido el día anterior.
—Póntela —dijo, deslizándola por la mesa—. De verdad hace frío aquí y no quiero que mi compañera de laboratorio muera de hipotermia antes de terminar el marco teórico.
Dudé un segundo, consciente del peligro, pero el frío en mis brazos ganó la batalla. Me pasé la prenda por la cabeza. Era enorme, me quedaba gigante y olía a un perfume cítrico y fresco que no tenía nada que ver con el olor amaderado que me perseguía en casa.
—Te queda mejor a ti que a mí, Hart —comentó él, mirándome con una suavidad que me obligó a bajar la cabeza hacia el cuaderno para ocultar el sonrojo.
En ese mismo instante, una intensa sensación de peligro me recorrió la espina dorsal.
Giré la mirada hacia las mesas del centro. Allí estaba Noah, sentado con Madison y un par de chicos del equipo. No estaba estudiando; tenía los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos azules, oscuros y afilados como cuchillas, estaban clavados en la sudadera de Liam que ahora cubría mi cuerpo. Me observaba, devorando con la mirada la complicidad que estaba creciendo entre nosotros, viendo cómo me reía con otro chico. La tensión que desprendía era tan letal que parecía capaz de romper el vidrio de las ventanas de la biblioteca.
Esa noche, la tutoría en su habitación fue un auténtico infierno de hielo.
Me senté frente a su escritorio, manteniendo la sudadera de Liam bien guardada en mi mochila, pero el daño ya estaba hecho. Noah ni siquiera se molestó en abrir el libro de literatura. Se quedó de pie junto a la ventana, mirando la oscuridad del jardín con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de chándal.
Su silencio era gélido, pesado, cargado de una reprobación muda que llenaba cada rincón del cuarto.