Todavía podía sentir la calidez de sus pulsos acelerados bajo mis dedos.
Me pasé toda la mañana y parte de la tarde con la mente en otra parte, repitiéndome una y otra vez cómo se había escapado de mi habitación la noche anterior. Después de arrodillarme frente a ella, de confesarle el infierno que me estaba haciendo pasar, Jo se había quedado congelada, mirándome con esos ojos dispares cargados de una confusión salvaje. Pero no cedió. Había soltado sus manos de las mías con un susurro entrecortado, murmurando que la tutoría había terminado, y había salido por la puerta como si el diablo la persiguiera.
Su resistencia me estaba quemando por dentro, pero lo que más me jodía era que, a pesar de sus palabras, su cuerpo no me mentía. Había sentido su temblor. Sabía que la corriente eléctrica de la que hablamos en la biblioteca seguía ahí, destrozando sus malditas reglas. La angustia de no poder avanzar, de sentir que cada vez que daba un paso ella retrocedía diez, me estaba carcomiendo los nervios.
Iba conduciendo mi coche de regreso al pueblo tras hacer unos encargos para mi padre. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo el asfalto de un tono anaranjado, cuando decidí tomar el desvío que pasaba por la zona comercial, a las afueras de Blackwood. Reduje la velocidad al acercarme a la intersección principal, con los dedos tamborileando con frustración sobre el volante de cuero, deseando llegar a casa para obligarla a terminar la conversación de anoche. Estaba desesperado por una mirada que no fuera de reproche.
Entonces, mi mundo se detuvo.
A unos metros, saliendo por las puertas acristaladas de la cafetería local del pueblo vecino, vi una melena oscura que reconocería en cualquier parte. Era Jo.
No estaba sola. Caminaba al lado de Liam.
Sentí un golpe violento en el pecho, un impacto helado que me congeló la respiración. La complicidad entre ellos ya no era solo por una obligación escolar en la biblioteca del instituto; Jo estaba dejando que ese tipo entrara en su vida a plena luz del día, fuera de los muros de Blackwood High. El imbécil de intercambio llevaba una bolsa con un par de cafés para llevar y le decía algo que la hizo sonreír de esa manera suave y real que a mí tanto me costaba arrancarle.
Antes de cruzar la acera, Liam se detuvo y se giró hacia ella. Alzó una mano con total naturalidad y le tocó el cabello con una lentitud insoportable, retirándole una pequeña hoja seca que se había enredado en sus mechones. Luego, tras decirle algo más, le dio un empujón amistoso en el hombro, un gesto cargado de una intimidad tan cotidiana que me revolvió el estómago.
La rabia y la desesperación me cegaron por completo. Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Por un segundo, perdí la noción del espacio; el coche dio un bandazo hacia el arcén y estuve a punto de estamparlo contra la barandilla de la acera. Pisé el freno a fondo, haciendo que los neumáticos chirriaran contra el suelo, ganándome el bocinazo furioso del vehículo que venía detrás.
Apenas registré el ruido. Mi mirada seguía fija en el espejo retrovisor, viendo cómo Liam la acompañaba hacia la parada del autobús. Juro que en ese maldito instante sentí que la estaba perdiendo sin haberla tenido nunca, y el pánico me ahogó.
La cena en casa fue una tortura silenciosa, pero el verdadero enfrentamiento llegó a las dos de la madrugada.
Sabiendo que nuestros padres dormían profundamente, bajé las escaleras descalzo, guiado por la necesidad imperiosa de enfriar la tormenta que llevaba horas gestándose en mi pecho. Encontré a Jo en la cocina. Llevaba una camiseta enorme, el cabello revuelto y sostenía un vaso de agua entre las manos mientras miraba por la ventana.
Me adentré en la penumbra de la cocina sin hacer ruido, bloqueándo la salida hacia el pasillo. Al notar mi presencia, se tensó por completo y dejó el vaso sobre la encimera. En sus ojos dispares se reflejó una alarma inmediata, una rigidez defensiva que me dolió en el pecho. Me miraba como si fuera el enemigo, con esa distancia fría que se empeñaba en sostener, aunque el temblor sutil de sus manos delatara que mi cercanía no le era indiferente.
—¿Qué haces aquí, Noah? —preguntó en un susurro apurado, con la voz temblando mientras apretaba los dedos contra el borde del mármol.
—Te vi, Jo —di un paso al frente, obligándola a retroceder hasta que sus caderas chocaron contra la encimera. El tono acusador que pretendía usar se me quebró en la garganta, transformándose en una súplica rota—. Te vi con O'Connor en la cafetería. Vi cómo te reías con él, cómo dejabas que te tocara el cabello... Estás dispuesta a dejar que un completo extraño entre en tu vida, pero a mí me mantienes a kilómetros de distancia. ¿Por qué con todos eres capaz de ser cercana, Jo? ¿Por qué a él sí y a mí no?
Jo se quedó pálida, respirando de manera entrecortada. Sostuvo mi mirada con una hostilidad que me profesó casi desesperada, como si necesitara convencerse a sí misma de que me odiaba.
—¿De verdad te lo tengo que explicar, Noah? —siseó entre dientes, aunque la fijeza de sus ojos delataba una vulnerabilidad que intentaba ocultar—. Liam no se avergüenza de mí a la luz del día. Él no me arrastra a las esquinas oscuras para hablarme, ni me ignora cuando sus amigos están cerca. Él camina a mi lado en la calle, frente a todo el mundo. No como tú, que solo me buscas cuando nadie nos ve.