El segundero del reloj de pared de la biblioteca avanzaba con una crueldad que me estaba poniendo enferma.
—Si sumamos el análisis de la estructura ósea al marco teórico, Harrison no tendrá una sola excusa para bajarnos la nota —la voz de Liam me devolvió a la realidad.
Estaba inclinado sobre mi cuaderno, señalando con el bolígrafo un esquema detallado que él mismo había dibujado. Su cabello castaño caía de forma desordenada sobre su frente y su postura seguía siendo la misma de siempre: totalmente relajada, cómoda, como si los exámenes finales de Blackwood no le quitaran el sueño.
—Sí, tienes razón —respondí, intentando concentrarme, pero mis ojos se desviaron inevitablemente hacia la pantalla de mi teléfono móvil.
19:15.
Maldición. La tutoría con Noah en su habitación empezaba exactamente a las siete de la tarde. Llevaba quince minutos de retraso y el instituto ya estaba prácticamente desierto.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al recordar nuestra conversación de la madrugada anterior en la cocina. Todavía podía escuchar su voz ronca, despojada de orgullo, confesándome lo mucho que le dolía mi rechazo. Recordar la forma en que sus manos grandes habían envuelto mis muñecas me hacía saltar el corazón en el pecho, un recordatorio constante de que mis defensas se estaban agrietando y de que ya no podía seguir fingiendo que Noah no me importaba.
—¿Te encuentras bien, Josie? —Liam dejó el bolígrafo sobre la mesa y me miró con fijeza. Esos ojos oscuros y atentos escanearon mi rostro con una intuición que me asustó—. Llevas diez minutos mirando el teléfono como si esperaras una bomba. Si tienes que irte...
—No, no, está bien. Terminemos esto —mentí, tragando saliva.
No quería ser grosera con Liam. Él estaba siendo el compañero perfecto; me trataba con un respeto y una normalidad que nadie en este maldito instituto me había dado jamás. Me obligué a quedarme quince minutos más para cerrar el tema, pero la culpa ya me estaba carcomiendo por dentro.
Cuando aparqué la bicicleta en el porche de casa, subí las escaleras corriendo a toda prisa, con el corazón golpeándome las costillas de pura ansiedad. La casa estaba sumida en un silencio absoluto; nuestros padres aún no regresaban del trabajo. Recorrí el pasillo con el pulso desbocado y, empujada por los nervios, abrí la puerta de su cuarto de golpe, sin llamar.
—Noah, de verdad lo siento mucho —solté atropelladamente nada más entrar, sosteniendo mis apuntes contra el pecho—. Se me hizo tardísimo y...
Las palabras se me atascaron en la garganta y me detuve en seco. El reproche que llevaba preparado en la punta de la lengua para defenderme de sus previsibles celos se desvaneció en el aire.
Noah acababa de salir del baño integrado de su habitación. Tenía el cabello oscuro completamente mojado, goteando sobre sus hombros anchos, y vestía únicamente un pantalón de chándal gris que descansaba bajo en sus caderas. Tenía el torso desnudo, salpicado por minúsculas gotas de agua que brillaban bajo la luz de la lámpara. Al verme entrar como un torbellino, se congeló con la toalla entre las manos. Su pecho esculpido subió y bajó en un suspiro lento, desprendiendo un calor empañado por el vapor del baño y ese aroma amaderado tan suyo que inundó mis sentidos en un segundo.
Esperaba que estallara. Que me reclamara la intromisión o la tardanza con su habitual arrogancia. Pero no lo hizo.
Noah dejó la toalla sobre la cama con calma, se pasó una mano por el cabello húmedo para apartarlo de la frente y me miró. Sus ojos azules no tenían rastro de la frialdad letal de la biblioteca, ni del fuego abrasador de la cocina. Se veían apagados, cansados, cargados de una profunda decepción y una tristeza silenciosa que me caló hasta los huesos.
—Está bien, Jo —dijo muy bajito. Su voz sonó mansa, arrastrando una resignación que me contrajo el estómago—. No pasa nada.
—Es que... me quedé en la biblioteca terminando el proyecto de biología con Liam y el tiempo se me pasó volando, de verdad yo no quería... —comencé a explicar, hablando rápido, desesperada por borrar esa expresión de su rostro.
—No hace falta que me des explicaciones, Jo —me cortó con suavidad. Caminó hacia su armario, tomó una camiseta negra cualquiera y se la pasó por la cabeza con movimientos lentos, apagando el magnetismo de su piel desnuda, aunque la tensión en el aire siguiera intacta. Me dedicó una sonrisa a medias que no le llegó a los ojos—. Es tu nota y es tu tiempo. No pasa nada. Mejor siéntate, nos quedan menos de cuarenta minutos antes de que lleguen nuestros padres y tenemos que repasar los temas del examen de mañana.
Me quedé completamente muda, inmóvil en mitad de la habitación, incapaz de asimilar lo que estaba pasando. No entendía absolutamente nada de su reacción. Esperaba que se molestara, que me gritara por haber ignorado sus mensajes o que dijera algo hiriente sobre Liam, pero este vacío absoluto me dejó completamente desarmada. Verlo aceptar que yo había preferido quedarme con otro chico, sin pelear, sin exigir su lugar, me provocó una punzada de culpa tan real que me costó respirar.
Caminé hacia el escritorio con las piernas temblorosas y me senté en la silla de al lado. Saqué mis libros, arrastrando un silencio incómodo que pesaba más que cualquier discusión.
Justo cuando Noah abría el temario de literatura, el violento zumbido de mi teléfono sobre la mesa de madera nos sobresaltó a los dos. La pantalla se iluminó con letras claras: Emma.