No pegué el ojo en toda la noche. Las pocas veces que logré cerrar los párpados, volví a sentir el calor de su mejilla bajo mi palma y el eco de su respiración entrecortada repitiéndose en el silencio de mi cuarto. «Dime que me odias, Jo...». Se lo había suplicado al límite de mis fuerzas, desarmado, y ella no lo había hecho. Su silencio y esa grieta enorme en su armadura me habían dado el primer hilo de esperanza real en años. Pensé que la tregua significaba algo. Pensé que, después de rozar el abismo en mi habitación, ella empezaría a dejarme entrar un poco en su vida.
Qué estúpido fui.
Durante las primeras horas de clase, la busqué de lejos. La vi en el pasillo principal después del examen de literatura; caminaba con los apuntes apretados contra el pecho y, al cruzarse con mi mirada, apretó los labios y desvió la vista rápidamente, con las mejillas teñidas de un rosa sutil. Sabía que había aprobado. Sabía que lo habíamos logrado juntos en esa mesa, y esa complicidad silenciosa, que nadie más en Blackwood High podía notar, me mantuvo a flote el resto de la mañana.
Hasta la hora del almuerzo.
El bullicio de la cafetería me taladraba los oídos. Estaba en la fila del bufet, sosteniendo la bandeja de plástico con una mano mientras Madison me hablaba al oído sobre una fiesta el próximo fin de semana. No la escuchaba. Mi mirada escaneaba las mesas del comedor hasta que encontré la melena oscura de Jo. Estaba sentada con Emma en una de las mesas centrales, almorzando tranquilamente. Sentí un leve alivio en el pecho, una calma tensa que duró exactamente tres segundos.
Entonces apareció él.
Liam O'Connor entró a la cafetería con esa postura relajada, localizó la mesa de Jo y caminó hacia ellas con una sonrisa. Llevaba un par de refrescos en las manos. Se sentó justo al lado de Jo, demasiado cerca, y le tendió una de las latas. Ella le sonrió. Una sonrisa real, suave, parecida a la que me había dedicado a mí en la cocina antes de que el pasado nos destruyera el momento.
Pero lo peor vino después.
Liam se inclinó hacia ella, le dijo algo al oído que la hizo reír y, de una manera tan casual que me congeló la sangre, le pasó el brazo por encima de los hombros, atrayéndola ligeramente hacia él en un gesto afectuoso.
Jo se tensó por un microsegundo. Yo lo noté porque me sé de memoria cada uno de sus movimientos. Pero no se quitó. No le apartó el brazo. Se quedó ahí, dejando que ese chico la abrazara a la luz del día, frente a todo el instituto. Frente a Emma. Frente a mí.
En ese instante, la tregua de la noche anterior se convirtió en cenizas dentro de mi cabeza. Toda mi contención, las malditas reglas que ella me había impuesto para protegerse y la madurez con la que había intentado aceptar su distancia saltaron por los aires. Me pasé la noche rompiéndome por dentro en la oscuridad para respetar su espacio, recordándome que yo me había ganado su desprecio a los diez años, mientras ese tipo se tomaba las libertades que a mí se mi tenían prohibidas a plena luz del día.
Sentí una opresión tan grande en el pecho que me costó respirar. La angustia me nubló la vista.
—Noah, ¿me estás escuchando? Podríamos ir en mi coche y... —la voz de Madison se apagó.
Dejé caer la bandeja sobre la mesa del bufet con un golpe seco, llamando la atención de los que estaban cerca, pero me importó una mierda.
Caminé por el pasillo central, sintiendo que el corazón me iba a estallar de la pura desesperación. Llegué a la mesa en unos pasos largos. Ignoré por completo a Liam y a Emma, cuyos rostros se tiñeron de confusión. Mis ojos estaban fijos únicamente en Jo, que al verme llegar tan de repente, abrió sus ojos dispares de par en par, perdiendo el color en las mejillas.
—Jo, por favor, ven conmigo —le pedí. Mi voz no fue un grito, sino un susurro suplicante, bajo y roto, cargado de una urgencia que no pude ocultar.
—¿Qué te pasa, Blake? Déjala en... —Liam empezó a decir, haciendo el amago de levantarse.
—O'Connor, no te metas —le corté, mirándolo solo un segundo con una seriedad tan tajante que el chico se quedó quieto.
Me giré de nuevo hacia ella. Estendí mi mano hacia la suya, despacio, sin forzarla. Dejé mi palma abierta sobre la mesa, esperando a que ella decidiera. Jo miró mi mano, miró a Emma, y al notar la desesperación en mis ojos, tragó saliva, se levantó de la silla y deslizó sus dedos entre los míos. Su mano estaba fría y temblorosa, pero se aferró a mí.
La guie fuera de la cafetería a paso rápido, ignorando los murmullos y las miradas curiosas que empezaban a rodearnos. Necesitaba sacarla de ahí antes de terminar de romperme frente a todo el mundo. Gire en el pasillo de los gimnasios y empujé la puerta del vestuario masculino. A esa hora el lugar estaba completamente desierto y en penumbra.
Entramos y cerré la puerta a nuestras espaldas, pasando el cerrojo de metal con un chasquido suave que nos dejó a solas con el sonido de nuestras respiraciones agitadas.
—¿Te volviste loco, Noah? —preguntó Jo, dándose la vuelta. Su voz temblaba, dividida entre la confusión y los nervios de habernos expuesto así—. Todo el mundo nos vio. Emma estaba ahí... ¿Por qué hiciste eso?
Me acerqué a ella despacio, sin prisa, reduciendo el espacio hasta que su espalda encontró el límite de las taquillas de metal. No la acorralé con brusquedad; simplemente dejé caer mis manos a los lados de sus hombros, apoyándome en el metal, inclinando mi frente hasta que casi rozó la suya. Estaba temblando, completamente agotado por la falta de sueño y por el dolor que llevaba arrastrando horas.