El silencio de mi habitación a las tres de la madrugada era asfixiante. Me encontraba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la madera de la puerta cerrada y las rodillas pegadas al pecho, mirando al vacío en la penumbra. Mis lágrimas ya se habían secado, dejando una molesta sensación de tirantez en las mejillas y un peso insoportable justo en el centro del estómago.
La culpa me estaba devorando viva.
Las palabras que le había gritado a Noah en el jardín no dejaban de repetirse en mi cabeza como un eco acusador. «Yo no tengo la culpa de que ella te dejara». Recordar el momento exacto en el que su rostro se descompuso bajo la luz de la luna me provocaba un vuelco doloroso en el corazón. Había tocado su fibra más sensible, su trauma más sagrado, y lo había hecho a propósito, usando su peor miedo como un escudo para defenderme de lo que me hacía sentir. Fui injusta. Él estaba intentando abrirse, estaba bajando la guardia y pidiendo perdón de verdad, y yo le había arrojado su peor fantasma en la cara.
Me pasé una mano por el cabello, frustrada, y apoyé la cabeza en la pared. Al hacerlo, mi mente se desvió inevitablemente hacia el pasado, y la culpa se transformó en un recuerdo nítido que ocurrió hace dos años, mucho antes de que nuestros padres se conocieran y tuviéramos que vivir bajo el mismo techo.
En ese entonces, ya no éramos los niños que peleaban a los diez años; nos habíamos convertido en dos extraños que sabían perfectamente cómo esquivarse. En los pasillos del instituto simplemente nos ignorábamos, fingiendo que el otro no existía. Pero esa tarde todo salió mal. Por haber entregado tarde un proyecto de ciencias, el profesor nos obligó a quedarnos después de clase a organizar el inventario del laboratorio de química. El ambiente estuvo tenso desde el primer minuto. Yo me había ido al fondo del salón, contando frascos de vidrio con las manos temblando de pura incomodidad por tener que compartir el mismo espacio con él.
Recuerdo que, debido a mi propio nerviosismo por su presencia, un frasco se me resbaló de los dedos y cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Me agaché a toda prisa, asustada, y empecé a recoger los vidrios con torpeza.
—Déjalo, Jo. Te vas a cortar —dijo la voz de Noah a mi espalda.
—No necesito tu ayuda, Blake. Puedo hacerlo sola —le espeté sin mirarlo.
Ignorando mis palabras, él se arrodilló a mi lado y estiró la mano para quitarme un pedazo grande de cristal. Lo hizo con tanta prisa que el borde afilado le cortó la palma de la mano. Noah soltó un quejido bajo y una línea de sangre roja comenzó a brotar de inmediato, goteando sobre el suelo del laboratorio.
A pesar del rencor que guardaba por el pasado, el instinto me ganó. Lo tomé de la muñeca y lo obligué a levantarse para llevarlo hacia el lavabo del salón. Abrí el grifo y coloqué su mano bajo el agua fría. Busqué el botiquín de emergencias en los estantes, saqué un poco de gasa y antiséptico, y regresé a su lado.
Fue en ese momento cuando la cercanía me golpeó. Noah se quedó completamente quieto, mirándome desde arriba mientras yo limpiaba la herida con cuidado. Sus dedos estaban cálidos sobre los míos. Al aplicar el desinfectante, él dio un pequeño tirón por el ardor, y para calmarlo, soplé suavemente sobre su piel sin pensar. Cuando levanté la vista, me di cuenta de lo cerca que estábamos. Sus ojos azules estaban fijos en mis labios y luego subieron a mis ojos con una intensidad que nunca antes le había visto.
Sentí unas cosquillas extrañas en la panza, un vuelco de pronto que me hizo perder el aire y que me incomodó por completo. Me puse muy nerviosa. Mi cuerpo estaba reaccionando a su contacto de una manera que no podía controlar, pero mi mente reaccionó de inmediato. Es Noah Blake, me recordé con fuerza. El chico con el que no cruzaba palabra. El chico al que se suponía que odiaba por los fantasmas de nuestra niñez. No podía ser. No podía sentir eso por él.
Terminé de colocarle la venda con un tirón un poco más brusco de lo necesario, rompiendo la magia del momento. Me aparté de inmediato, ocultando mis manos temblorosas en los bolsillos.
—Ya está. No vuelvas a acercarte —le dije con la voz más fría que pude fingir, dándole la vuelta para no dejarlo hablar, aunque vi en sus ojos que quería decir algo más.
El recuerdo se desvaneció, devolviéndome a la realidad de mi habitación a las tres de la madrugada. Solté un suspiro largo, sintiéndome la persona más miserable del planeta. Él lo había intentado a su manera desde hacía mucho tiempo. Había buscado acercarse en los momentos en que estábamos solos y yo siempre le había cerrado la puerta en la cara, castigándolo una y otra vez por los errores de su infancia. Y hoy, en el jardín, había hecho lo mismo, pero de una manera mucho más destructiva.
Me levanté del suelo con las piernas temblorosas. Sintiéndome incapaz de respirar o de conciliar el sueño bajo el peso de mi propia conciencia, supe que no podía esperar a que amaneciera. Necesitaba arreglarlo. Necesitaba pedirle perdón por haber cruzado la línea con el tema de su madre, aunque él tuviera todo el derecho del mundo a echarme a patadas de su cuarto.
Mis pies descalzos no hicieron el menor ruido al cruzar el pasillo oscuro y frío de la planta alta. La casa estaba sumida en un silencio absoluto. Me detuve justo frente a su puerta, con el corazón golpeándome con fuerza las costillas y la mano suspendida en el aire, temblando sobre la perilla de metal.