Estaba acostado en la cama, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y la mirada fija en el techo, atrapado en la más absoluta penumbra. No me había cambiado de ropa; seguía usando la misma camiseta gris de la cena. El reloj de la pared marcaba las tres de la madrugada y yo sentía que cada segundo pesaba una tonelada.
Las palabras de Jo en el jardín seguían dándome vueltas en la cabeza, repitiéndose como una herida que no paraba de sangrar. «Yo no tengo la culpa de que ella te dejara».
Me dolía el pecho de una forma física. Tenía razón. Fui un monstruo con ella cuando éramos niños, un completo idiota que no sabía cómo manejar su propio dolor. Pero escuchar la verdad de su boca, ver el desprecio en sus ojos antes de dejarme solo en la oscuridad del jardín, me había quebrado por completo. Pensé que la tregua del examen de literatura y el momento en el vestuario significaban algo. Pensé que por fin estaba viendo una grieta en su armadura, una oportunidad para enmendar el pasado. Pero me equivoqué. La había presionado demasiado con mis celos por Liam, y lo único que había logrado era recordarle por qué se suponía que debía odiarme.
De pronto, un leve crujido rompió el silencio de la madrugada.
Me incorporé despacio sobre el colchón, pensando que era mi imaginación, hasta quedarme sentado en el borde de la cama. En ese momento, la puerta de mi habitación se abrió con un clic casi imperceptible. Una silueta pequeña se recortó bajo la tenue luz del pasillo antes de deslizarse hacia el interior del cuarto.
Era ella.
Jo estaba ahí, descalza, con un pijama holgado y el cabello oscuro ligeramente revuelto. Me quedé congelado, mirándola fijamente a través de la oscuridad, temiendo que si me movía o respiraba demasiado fuerte, desaparecería como un espejismo.
—¿Jo? —Mi voz sonó espantosamente ronca, rota por el cansancio y la incredulidad—. ¿Qué haces aquí?
Ella cerró la puerta a sus espaldas con cuidado. Se quedó estática cerca de la entrada, abrazándose a sí misma con timidez. Incluso en la penumbra, pude notar el rastro de las lágrimas en sus mejillas y la forma en que mordía su labio inferior, un gesto que hacía siempre que estaba muerta de nervios o muerta de miedo.
—Vine a pedirte perdón —soltó de golpe. Las palabras salieron de su boca con prisa, como si temiera arrepentirse si se detenía—. Lo que te dije en el jardín... sobre tu madre... Estuvo muy mal, Noah. Fui muy injusta. Estaba enojada y asustada por todo lo que pasó en el instituto, y busqué lo que más te dolía para alejarte, pero no tenía ningún derecho a meterme con eso. De verdad, lo siento mucho.
La miré en un silencio absoluto. El peso que llevaba en el estómago se alivió un poco, reemplazado por una ternura tan grande que me oprimió el corazón. Jo no era cruel; la conocía lo suficiente para saber que su propia culpa la estaba carcomiendo por haberme lastimado.
Solté un suspiro largo y di un pequeño golpe en el colchón, justo a mi lado.
—Ven aquí —le pedí con suavidad, bajando todas mis defensas.
Ella dudó varios segundos. Miró el espacio vacío a mi lado como si fuera una trampa y luego me miró a mí, midiendo el peligro. Finalmente, caminó despacio sobre la alfombra hasta sentarse en el borde de la cama, pero se mantuvo rígida, manteniendo una distancia prudente. Para mí, tenerla allí ya era un milagro.
—No tienes que pedir perdón por decir la verdad, Jo —dije, mirando mis propios nudillos porque me costaba sostenerle la mirada—. Tienes razón. Fui un imbécil contigo cuando éramos niños. Estaba lleno de una rabia que no era tuya, pero me desquité contigo.
Me pasé una mano por la cara, tragándome el nudo en la garganta. Con ella ya no quería masks. No quería al chico popular del instituto; necesitaba que viera al Noah real, al que estaba completamente roto por dentro.
—Cuando mi madre se fue... yo me despertabas todas las mañanas pensando qué había hecho mal —confesé, y la voz se me cortó al recordar al niño de diez años que solía ser—. Pensaba que yo no era suficiente para que alguien se quedara. Odiaba a todo el mundo, Jo. Odiaba a Richard, odiaba esta casa, me odiaba a mí mismo. Y me desquité con la persona que menos lo merecía.
Jo exhaló un suspiro tembloroso, pero cuando estiré la mano despacio para tomar la suya, ella se encogió, apartándola de inmediato. El rechazo me dolió, pero no la presioné. Se abrazó más a sí misma, mirándome con ojos brillantes y una desconfianza profunda que me partió el alma.
—¿Y qué me asegura que esto no es otro de tus juegos, Noah? —me preguntó, con la voz rota y cargada de una sospecha dolorosa—. Me lastimaste durante años en el colegio. Te burlaste de mí frente a todos, hiciste que me sintiera miserable cuando todo lo que yo intentaba era sobrevivir. Quiero creerte... dios, de verdad quiero hacerlo, pero me da terror bajar la guardia contigo y que mañana vuelvas a ser el mismo monstruo de siempre.
Me quedé helado ante sus palabras. Sanar esto iba a costar, y ella tenía cada maldita razón para dudar de mí.
Reduje la distancia que nos separaba en el colchón de manera lenta, sin movimientos bruscos, demostrándole que no iba a obligarla a nada. Volví a extender mi mano, dejándola abierta sobre la sábana, esperando a que fuera ella quien decidiera.
—Sé que fui un maldito egoísta, Jo —susurré, sosteniéndole la mirada con toda la honestidad de la que era capaz—. Sé que no puedo borrar las burlas de niños ni los años que pasamos ignorándonos. Te herí demasiado y no espero que lo olvides hoy. Pero te juro por mi vida que lo de ahora no es por orgullo. No tengo miedo de Liam. Tengo miedo de perderte a ti, porque eres la única persona que me hace querer ser mejor. Me aterra que me mires y solo veas al niño cruel del colegio, y que jamás me dejes demostrarte quién soy ahora. Por favor... dame una oportunidad de arreglarlo. Solo una.