Todo lo que ocultas

CAPÍTULO 23 El lenguaje de las notas rosas

El calor que desprendía el cuerpo de Noah me recibió por completo en cuanto me envolvió entre sus brazos. Me encajó contra él con un movimiento tan fluido que me hizo pensar que ese espacio exacto en su cama había estado reservado para mí desde siempre. Apoyé la cabeza en el hueco de su hombro, escuchando el latido constante de su corazón, mientras nuestras manos seguían entrelazadas sobre la sábana.

El alivio de haber aceptado, por fin, lo que sentía por él pronto fue devorado por la realidad. Estábamos en su cama, a mitad de la madrugada, y el peligro de lo que había pasado con Liam esa tarde seguía flotando en el aire. Si nuestros padres se enteraban, o si Emma descubría lo que estaba pasando aquí, todo se destruiría.

Por eso, apartando con cuidado su brazo de mi cintura, me incorporé despacio sobre el colchón. La tenue luz de la luna iluminaba su escritorio al otro lado del cuarto, donde todavía se acumulaban sus apuntes desordenados de literatura. Justo encima de uno de sus cuadernos divisé el bloc de notas adhesivas rosas que yo misma había olvidado allí durante nuestra última tarde de estudio, junto a un bolígrafo.

Me estiré desde el borde de la cama para alcanzarlos y regresé al centro del colchón, cruzando las piernas.

—¿Qué estás haciendo? —La voz de Noah vibró contra las sábanas, grave, ronca y cargada de una pereza de madrugada que me erizó la piel.

Se incorporó un poco, apoyándose en su codo, mirándome con el ceño ligeramente fruncido mientras yo pegaba el cuadrado rosa sobre una de mi rodillas dobladas, usándola como apoyo para escribir.

—Redefiniendo las cosas —respondí sin mirarlo, intentando que el pulso no me temblara bajo su intensa mirada azul—. Dijiste que aceptarías mis condiciones si nos escondíamos. Bueno, estas son las condiciones.

Noah soltó un suspiro de profunda resignación, pero una sonrisa ladina y perezosa apareció en la comisura de sus labios. Deslizó una de sus manos grandes por la sábana hasta atrapar mi tobillo descalzo, dándole un suave apretón que me desconcentró por completo.

—¿Reglas a las cuatro de la mañana, Jo? Eres incorregible —murmuró, su pulgar acariciando mi piel con una lentitud tortuosa—. A ver, ilustrame. ¿Cuál es el castigo si rompo alguna?

—Hablo en serio, Noah —le espeté, tragando saliva para aplacar el vuelco que dio mi estómago. Apoyé la punta del bolígrafo y escribí con trazos firmes:

«Regla 1: No nos miramos en los pasillos del instituto. Volvemos a ignorarnos.»

Noah soltó un bufido contra el colchón, inconforme, y subió su mano por mi pantorrilla, distrayéndome a propósito.

—Eso es ridículo, Jo. Estudiamos en el mismo maldito lugar. No voy a poder evitar buscarte con la mirada, y a ti te encanta que lo haga.

—No me encanta —mentí, sintiendo mis mejillas arder. Pasé de inmediato al siguiente renglón antes de que sus caricias me hicieran perder el hilo—. «Regla 2: Emma no puede saberlo jamás. Ni ella, ni mi madre, ni tu padre.»

Esta vez Noah no protestó, pero la rigidez de su mano sobre mi pierna me indicó lo mucho que le costaba aceptar que seríamos fantasmas dentro de nuestra propia casa. Su orgullo de chico popular y capitán de equipo odiaba las sombras, pero guardó silencio, dispuesto a tragárselo con tal de mantenerme cerca.

—¿Falta mucho para que termines tu contrato? —preguntó con un toque de ironía resentida, aunque sus ojos no dejaban de recorrer mi perfil—. Porque la paciencia nunca ha sido una de mis virtudes, preciosa.

—La última —dije, ignorando su tono provocador—. «Regla 3: No se cruza a la habitación del otro tarde en la noche. Lo de hoy fue una excepción.»

Noah soltó una carcajada baja que me vibró directo en el pecho. Se incorporó por completo, sentándose frente a mí, demasiado cerca.

—Déjame recordarte, Jo, que fuiste tú la que cruzó el pasillo descalza a mitad de la noche para meterse en mi cuarto —susurró, inclinándose hacia delante con una chispa de diversión en esos ojos azules—. Así que esa regla te la estás imponiendo a ti misma.

Me quedé muda, con el bolígrafo suspendido en el aire. Tenía razón. Pero antes de que pudiera defenderme, la expresión de Noah cambió. La diversión se evaporó, reemplazada por una seriedad tan profunda que me encogió el alma.

—Tardé demasiado en tenerte así de cerca —continuó, y su voz bajó una octava, volviéndose más rota—. Creo que en el fondo me gustaste desde el primer día que entraste al salón de clase. Pero era un niño tonto y tardé un año entero en entender qué era ese nudo que se me formaba en el estómago cada vez que te veía. Lo confirmé el verano siguiente a tu llegada. Teníamos once años, Jo. ¿Te acuerdas del cumpleaños de Oliver?

El recuerdo de esa fiesta campestre golpeó mi mente de inmediato.

—Sí, me acuerdo —respondí, y un peso amargo me apretó la garganta—. Ese día me hiciste llorar en el jardín, Noah.

—Lo sé, y no tienes una idea de cuánto me odio por eso —susurró, y sus dedos buscaron los míos, apartándolos un segundo del papel—. Llegaste con un vestido blanco de flores pequeñas. Tenías el cabello recogido con una cinta y estabas jugando cerca de los árboles. En un momento de la tarde, escuché a varios de los chicos del equipo comentar lo hermosa que estabas... y sentí una rabia tan horrible en el estómago que quise irme a los golpes con todos ellos. No soportaba la idea de que alguien más te viera de la misma forma en que yo lo hacía, con esa desesperación por acercarme que no sabía cómo controlar. Como era un cobarde y no sabía qué hacer con lo que sentía, caminé hacia ti y te llamé "la rara" frente a todos. Fue mi manera inmadura de ponerte un muro para que nadie más se te acercara, de alejar a los demás y de convencerme a mí mismo de que no me importabas. Te vi dar la vuelta con los ojos llenos de lágrimas y quise morirme, pero el maldito orgullo me ganó.




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