Ignorar a Noah Blake resultó ser la tarea más jodidamente difícil de mi existencia.
Pensé que sería sencillo. Después de todo, nos habíamos pasado casi toda la vida perfeccionando el arte de tratarnos como perfectos desconocidos. Pero el lunes por la mañana, cuando lo vi cruzar las puertas del instituto rodeado de sus amigos del equipo, la realidad me dio un puñetazo en el estómago.
Ya no era el chico insoportable que me hacía la vida imposible de niña. Ahora era el chico que, apenas unas horas antes, me había besado contra las mantas de su cama, prometiéndome que aceptaría mis reglas con tal de tenerme cerca.
En cuanto entró al vestíbulo, su mirada azul barrió el lugar de forma automática hasta que me encontró cerca de los casilleros. Fue un segundo. Un maldito segundo en el que se me cortó la respiración. Sus ojos bajaron a mis labios antes de volver a subir, cargados de una intensidad que me encendió la piel, antes de seguir de largo como si yo fuera un fantasma.
—¿Jo? ¿Estás bien? Te quedaste en blanco.
La voz de Liam me trajo de vuelta a la tierra. Se había apoyado contra el casillero de al lado, mirándome con esa sonrisa suave que siempre solía calmarme, pero que hoy solo me generaba una culpa espantosa.
—Sí, perdón. Solo... no dormí bien —mentí, forzando una sonrisa.
—Se nota. Tienes una cara de cansada que no puedes con ella —bromeó, dándome un suave empujón con el hombro—. Oye, sobre lo del otro día en el jardín... quería pedirte disculpas si te presioné. No quiero que las cosas estén raras entre nosotros.
—No te preocupes, Liam. De verdad. Está todo bien.
Liam suspiró aliviado y estiró la mano para acomodarme con delicadeza un mechón de cabello que se me había escapado de la coleta. Fue un gesto tierno, de amigos, el tipo de contacto al que estaba acostumbrada.
Pero entonces, un frío glacial recorrió el pasillo.
—¿Qué le pasa ahora a tu hermanastro? —me preguntó Liam en un susurro, ajeno a la tormenta que se desataba a pocos metros—. Parece que quiere asesinarme con la mirada.
—Vaya, parece que alguien se levantó de un humor de perros hoy —comentó una voz suspirando a nuestro lado.
Era Emma. Mi mejor amiga se había acercado a nosotros y ahora miraba al final del pasillo con los ojos brillándole de esa manera tan particular que solo aparecía cuando Noah estaba cerca. Estaba completamente enamorada de él desde hacía un año, suspirando en secreto por cada paso que daba, lo que hacía que cada latido de mi corazón en este momento se sintiera como una traición.
—Ni idea. Noah es insoportable a primera hora —añadió Emma, sin apartar los ojos de él mientras Noah hablaba con Oliver. De pronto, se giró hacia mí con una mezcla de curiosidad y un destello de sospecha en los ojos—. Aunque últimamente noto que te mira demasiado, Jo. ¿Pasó algo entre ustedes en la casa? No sé, a veces siento que hay una tensión rara cuando se cruzan.
El pánico me atenazó la garganta con una fuerza brutal. Clavé las uñas en mis cuadernos, sintiendo el peso de la mentira aplastándome el pecho. Emma confiaba en mí, me contaba cada uno de sus suspiros por Noah, y yo... yo me estaba besando con él a escondidas.
—No. Nada, de verdad —mentí, tragando saliva y forzando la voz más natural que pude—. Ya sabes cómo es... nos toleramos porque no nos queda de otra. Supongo que sigue fastidiado por lo del examen de literatura.
Emma pareció conformarse con la respuesta, aunque soltó un pequeño suspiro de frustración romántica antes de volver a mirar hacia donde Noah ya se alejaba por el pasillo con pasos pesados.
La tortura continuó en casa. Bajo la mirada atenta de mi madre y de Richard durante las cenas familiares, actuar como si nada pasara era como caminar descalza sobre vidrios rotos.
—Richard y yo saldremos el viernes por la tarde para el viaje de negocios —anunció mi madre mientras cenábamos el miércoles—. Volveremos el domingo por la noche. Sé que ya son grandes, pero por favor, intenten no matarse mientras no estemos, ¿quieren? Mantengan la paz en la casa.
Noah, que en ese momento estaba tomando un trago de agua, se atragantó levemente. Se aclaró la garganta, con las orejas ligeramente rojas, y clavó sus ojos azules en mí con una promesa silenciosa y ardiente que casi me hace tirar el tenedor.
—Descuida, Ana —respondió Noah a mi madre, con una voz alarmantemente tranquila—. Prometo que nos mantendremos... muy ocupados en nuestras propias cosas. No habrá problemas.
Bajo la mesa, sentí de repente cómo el empeine descalzo de Noah se deslizaba suavemente por mi pantorrilla, subiendo con un descaro que me cortó la respiración. Di un respingo en la silla, haciendo que mi plato tintineara contra la madera.
—¿Jo? ¿Pasa algo? —me preguntó mi madre, mirándome con curiosidad por encima de su vaso de agua.
—Nada —logré decir, sintiendo que la cara me ardía de golpe mientras le lanzaba a Noah una mirada de pura advertencia—. Se me... se me cayó la servilleta. Eso es todo.
Noah esbozó una sonrisa de lo más inocente y siguió comiendo como si no estuviera a punto de provocarme un infarto.
Cuando subí a mi habitación esa noche, después de asegurarme de que el pasillo de la casa estaba completamente desierto y silencioso, escuché un clic casi imperceptible en el marco de mi puerta.