Todo lo que ocultas

CAPÍTULO 25 Escondidos

Me tomó exactamente tres segundos olvidarme de las reglas que habíamos escrito en el papel rosa.

En el momento en que la puerta de mi habitación se cerró tras de nosotros y Noah me arrastró hacia su pecho en la penumbra, el peso de tener que ignorarnos en el instituto se evaporó de golpe. Su boca buscó la mía sin la urgencia de las noches anteriores, sino con una calma que me desarmó por completo. En mi cuarto flotaba un aroma a madera húmeda por la tormenta exterior, a mi perfume de vainilla y al calor limpio de su piel.

Fue un beso lento, de esos que te hacen perder el suelo y desear con todas tus fuerzas que la noche no termine nunca.

—No tienes que contener el aire, Jo —susurró él contra mis labios, con la voz arrastrada, ronca y espesa de la madrugada—. Ya no hay prisa. No hay nadie más en esta casa.

Tenía razón. El fin de semana finalmente había llegado y con él, el viaje de negocios de nuestros padres que nos dejaba tres días de absoluta soledad. El silencio de la casa ya no era una amenaza de la que debiéramos escondernos; era nuestro santuario. La tremenda carga de haber tenido que fingir indiferencia frente a Liam, de contener la respiración en los pasillos y de tragarme la culpa de mentirle a Emma mirándola a los ojos, desapareció por completo cuando Noah atrapó mi rostro entre sus manos.

Noah me sostuvo de las mejillas con una delicadeza extrema, obligándome a levantar un poco la barra. Sus labios volvieron a posarse sobre los míos con una devoción que me hizo temblar. No fue un roce rápido; fue un beso profundo, húmedo, de esos que se sienten latir directo en el centro del pecho. Su lengua delineó la comisura de mi boca antes de profundizar el contacto, arrancándome un suspiro bajo que él atrapó con avidez.

Sentí que la temperatura de la habitación subía varios grados de golpe. Mis manos, que inicialmente descansaban tímidas y dubitativas sobre sus hombros, subieron hasta enredarse en su cabello, tirando suavemente de las hebras oscuras para pegarlo más a mí. Noah respondió soltando un gemido ahogado y pesado contra mi boca. Dejó caer su peso sobre mí de manera delicada, atrapándome entre su cuerpo y el colchón mientras sus manos bajaban por mi cuello hasta delinear mis clavículas por encima del pijama de franela. Cada caricia suya quemaba, curando el vacío de una necesidad contenida durante años de silencio y hostilidad simulada.

Nos separamos jadeando, con las frentes unidas y los labios encendidos por la fricción.

—Te vas a quedar aquí —no fue una pregunta; fue un ruego susurrado de Noah, mientras acomodaba un mechón de mi cabello detrás de la oreja. Su mirada azul, usualmente tan fría y altiva, estaba completamente desarmada bajo el brillo dorado de la tira de luces cálidas que rodeaba mi cabecero—. No quiero volver a cruzar ese pasillo esta noche, Jo. Déjame quedarme.

—Quédate —respondí en un hilo de voz, incapaz de negarle nada cuando me miraba con esa honestidad tan cruda.

Pusimos de fondo una playlist acústica en mi celular, a un volumen casi imperceptible. Ya no teníamos que susurrar por pánico a los pasos en el piso de abajo o al crujido de las maderas del pasillo. Pasamos las horas siguientes en una burbuja perfecta, alejados de las etiquetas del instituto y de los roles familiares. Noah se despojó de su camiseta gris, quedando solo en pantalones deportivos, y nos metimos por completo bajo las cobijas de mi cama.

Hablamos de todo y de nada. Pero lo que más me sorprendió fue el Noah que descubrí en esa cama. No había rastro del chico arrogante del instituto; a mi lado estaba un chico que me miraba como si yo fuera su mundo entero, con una timidez oculta que me aceleraba el pulso. Con dedos lentos y suaves, comenzó a delinear las pecas de mi rostro, una por una, como si estuviera uniendo constelaciones en mi piel.

—Tienes exactamente treinta y siete pecas en la mejilla izquierda, Jo —murmuró, con una sonrisa increíblemente dulce que nunca antes le había visto—. Las conté todas cuando teníamos doce años, en la clase de ciencias, mientras fingías prestar atención al microscopio.

Me quedé sin aliento, mirándolo con los ojos muy abiertos, sintiendo un nudo de emoción en la garganta y un calorcito instalándose en mi rostro.

—¿Treinta y siete? —repetí en un susurro, tratando de sonar indignada para ocultar lo mucho que me temblaba el pulso—. Estás loco. Eso raya en el acoso, Noah Blake.

Él soltó una risa suave, un sonido ronco que me vibró directo en el pecho, y me dio un golpecito juguetón en la punta de la nariz con el dedo.

—No es acoso, es observación científica, preciosa —bromeó, con los ojos brillándole de pura diversión—. Además, tú hacías trampa. Fingías que estabas muy concentrada mirando las células de cebolla en el microscopio, pero en realidad te estabas quedando dormida. Te balanceabas de atrás para adelante.

—¡Eso no es verdad! —protesté, soltando una risita nerviosa y escondiendo la mitad de mi rostro bajo la cobija de franela. Pero sus dedos me la bajaron con suavidad, obligándome a sostenerle la mirada—. Bueno... tal vez la clase era un poco aburrida. ¿Pero tú? Tú siempre estabas golpeando rítmicamente tu bolígrafo contra el banco de madera. Era insoportable.

—Tenía que lograr que te dieras la vuelta de alguna manera —admitió él de pronto, y la burla en su voz dio paso a una ternura tan cruda que me dejó desarmada—. Hacía cualquier idiotez con tal de llamar tu atención, solo para lograr que me miraras con esos ojos tuyos que tanto me encantan. Pero para ese entonces ya era demasiado tarde... ya me odiabas y te dabas la vuelta mirándome como si quisieras matarme. Aunque, para mí, esos dos segundos de desprecio lo eran todo.




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