Maeve:
Llevaba 3 años con Tristán y, sencillamente, ya no recordaba como comenzó nuestra relación. En algún momento, los besos robados entre ensayos y clases, las sonrisas y miradas cómplices, los coqueteos sutiles y la emoción de sentir que compartíamos un mismo sueño dejaron de existir. La ilusión se había convertido en monotonía. Una rutina vacía donde lo único que hacíamos era discutir, ensayar y tener sexo. Aunque, últimamente, ni siquiera ocurría, porque yo no quería.
El seguía ahí, a mi lado, pero cada vez me resultaba más difícil saber si realmente quería que siguiera estándolo. Mas aun, me preguntaba si él todavía me amaba.
El aula de ensayo estaba iluminada por la luz fría de los focos del techo, reflejándose en los espejos que cubrían las paredes. Espejos que me devolvían la imagen de mi propio cansancio, pues había pasado toda la mañana preparándome, mental y físicamente, para la clase de danza.
Ensaye una y otra vez cada paso, cada truco, para evitar que volviera a pasar. Pero ni siquiera eso impidió que la comparación ocurriera una vez más, calándose en lo más profundo de mí.
Chicos, observen a Tristán – dijo el profesor, cruzándose de brazos- Firmeza en los giros, precisión en cada movimiento, brazos controlados. Así es como deberían hacerlo.
Su mirada se posó en mí con una expresión neutra, pero el impacto fue el mismo de siempre. Respiré hondo, intentando que el comentario no me afectara. No era la primera vez. De hecho, ya lo esperaba.
Por más que me esforzara, siempre terminaba pasando.
Observe de reojo a Tristán, quien sonrió con suficiencia y ejecuto una serie de pasos con la misma facilidad con la que respiraba.
Cuando me toco repetir la secuencia, intente concentrarme, pero algo en mí no estaba funcionando. mis pies se sentían torpes, mi cuerpo y mi mente no lograban conectar y eso me hizo fallar, una vez más.
El silencio tras mi ejecución fue peor que cualquier crítica.
Maeve, intenta hacerlo con más confianza, así como Tristán -indico el profesor.
Asentí sin decir nada, pero por dentro, mi corazón se encogió.
Cuando la clase terminó, Tristán se acercó con su eterna sonrisa de suficiencia.
- ¡Vaya, que clase tan maravillosa!, ¿no crees, Maeve?
- Para ti. Para mí fue otro sufrimiento más.
- Ay, Maeve, no fue tan malo, solo tienes que soltar el miedo – comento con una sonrisa ladeada- Mira, si quieres te ayudo a ensayar después.
- No necesito que me ayudes -respondí, más cortante de lo que planeaba.
Él alzo las cejas.
-Ey, solo intento darte un consejo, no tienes por qué ponerte a la defensiva.
- ¿A la defensiva? -solté una risa sin humor- Mmm, déjame pensarlo… oh, espera, quizás es porque estoy tan cansada de que me comparen contigo.
Él vacilo un segundo.
- No es mi culpa que no seas…
No necesitaba que terminara la frase. Ya sabía lo que iba a decir “no es mi culpa que no seas tan talentosa”
Me aleje antes de escucharlo. No podía volver a oírlo decir eso, no otra vez.
Sali del aula sin esperar una respuesta y me deje caer en una de las bancas del pasillo, sentía una gran presión en el pecho.
- ¿Quieres huir o estas descansando de una de tus crisis existenciales?
La voz de Damon me saco de mis pensamientos.
Alcé la vista y lo vi apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una media sonrisa en los labios.
-Tal vez ambas cosas – murmure.
Damon se sentó a mi lado, sin decir nada al principio. Sólo me pasó una botella de agua y se quedó ahí, dejando que la tensión en mis hombros se disipara poco a poco.
- ¿Quieres contarme que pasa? – dijo Damon luego de un largo silencio.
-Un poco de todo… aunque todo se resume en que no soy lo suficientemente buena bailando y que estoy agotada de que me comparen con Tristán. Es tan frustrante escuchar cómo siempre hago todo mal y él no. Por ejemplo, hoy me ofreció ayuda otra vez, pero los dos sabemos que nunca va a corregirme. Siempre estará tan ocupado ensayando sus partes que las mías quedarán desplazadas, como siempre.
Hablar con Damon siempre era fácil. Podía decirle hasta lo más absurdo y el igual me escucharía. Se quedaría ahí, esperando a que soltara todo.
-Ay, Maeve – Susurró antes de dejar un suave beso en mi cabeza- Eres más que buena bailando y lo sabes. Solo estas teniendo un mal día.
- O unos malos meses.
Él me miro de una manera significativa, pero decidí ignorarlo.
– A lo que voy, Maeve, es que no dejes que esto te afecte. Demuestra lo maravillosa que eres.
- Puede ser- dije, sin demasiada convicción.
- Ven conmigo.
- ¿A dónde? -pregunte, aunque sin oponer mucha resistencia.
- A demostrarte lo maravillosa que eres.
NOTA DE AUTORA: