Maeve.
Por un instante no supe que hacer. “no me hables”.
No entendía que había ocurrido, porque estaba enojado conmigo, si no había hecho nada malo.
Al salir de la sala, lo vi, riendo con Theo, tenia esa misma sonrisa de suficiencia que años atrás me regalo cuando adicionamos, la misma que portaba cuando no estaba conforme de sus críticas.
No pude evitar acercarme, necesitaba saber que pasaba.
En lugar de sentirme herida por su crueldad, algo hizo clic dentro de mí.
Estaba harta de que intentara hacerme menos.
Y lo más importante estaba harta de creérmelo yo misma.
-No me dolió la crítica, me dolió tu traición. ¡Se supone que somos un equipo! - grito.
- No, se supone que yo soy tu eterna compañera – replique, citando sus propias palabras – se supone que te sigo, te acompaño, te apoyo en todo, que debo seguirte todo por detrás, que nadie puede brillar más que tú, que sea tu eterna sombra.
La palabra “amor” lo golpeo, aunque fuera un amor muerto, su ceja se alzo y algo en su mirada cambio.
-No, Tristán, nunca te he necesitado – me solté - Me equivoqué al creer que era así – susurrando- siempre me tuve a mí.
Me di media vuelta, sin mirar atrás, esta vez era definitivo. No espere su respuesta, ni su suplica, nada… solo camine. A lo lejos pude escuchar un golpe sordo que le dio a la pared, pero no me detuve.
Me sentí libre, como si me hubiera sacado un peso de encima, pero esta libertad se sentía fría y el pasillo se sentía enorme. Aun no comprendía porque no terminaba por desmoronarme, acababa de destrozar tres años de costumbre, si bien ya no había amor, mi corazón latía desesperado y a la vez sentía una opresión que cada vez se hacía más grande.
Necesitaba un ancla.
¿Quién me sostendría ahora?
Instintivamente mis pies me llevaron al único lugar donde me había sentido segura en el último tiempo: “el rincón del teatro.”
El rincón estaba oscuro, silencioso… o eso pensé.
Porque apenas doble hacia la entrada mis pies se detuvieron de golpe.
Lo encontré.
Pero no estaba solo.
Estaba con luna.
De pie, muy cerca el uno del otro.
Ella hablándole en voz baja. Su mano descansaba en su brazo, acariciándolo suavemente, como si quisiera consolarlo.
El tenía la cabeza inclinada, escuchándola con esa atención que tantas veces me dedico a mí.
Todo este rato inconscientemente lo estuve buscando.
Mi pecho se apretó.
No era una escena escandalosa.
No era un beso.
No era una traición.
Era peor.
Era intimidad.
Esa intimidad que yo estaba desesperada por conseguir, como si me faltara el aire.
Sentí mis piernas temblar, sentí una necesidad de llamarlo, interrumpir el momento.