Todo lo que pudimos ser.

Capítulo 14: El peso de la verdad

Maeve.

Que patética era.

Que patética me veía llorando sola en una banca del parque.

Y eso no era todo, lo era aún más por estar buscando refugio en alguien más, cuando no debía ser así.

Yo debía ser mi propio refugio.

Pero ¿cómo se logra serlo, si llevo años perdida?

Estoy tan acostumbrada a seguir la corriente, a perseguir a los demás que el silencio es perturbador.

Mientras me encuentro en mi propia tormenta, observo a unos niños a lo lejos, ajenos a todo, viviendo en su propio mundo, inventando mil historias, son tan frágiles y a la vez tan valientes.

La niña cae sobre la tierra y el niño corre ayudarla, la levanta y ella se pone a llorar, la mama corre a ver que le paso, mientras tanto el niño se dirige a donde hay unas pequeñas flores en un arbusto, saca una y se dirige donde esta su amiga y se las regala, la niña automáticamente para de llorar y ahora esta completamente feliz, se acerca al niño y le da un pequeño abrazo y se van los dos juntos de la mano.

Ese pequeño momento me hizo recordar como comenzó mi amistad con Sophie, en el jardín de infantes, éramos vecinas, pero jamás nos habíamos tomado en cuenta hasta que un día en el jardín peleamos por una muñeca, fue tanto el alboroto que hicimos que llegamos a romperla, lo mas irónico es que desde ese día nos volvimos inseparables.

Y con eso en mente saco mi teléfono y busco entre los contactos.

Maeve:

Terminamos… ahora sí, es definitivo.

Sophie amor de mi vidaxoxo:

¿Celebramos o lloramos?

Maeve:

No estoy de humor.

Hablamos después.

Sophie amor de mi vidaxoxo:

Okey.

Dejo el teléfono de lado un momento, suelto un suspiro cargado de emoción, se que ella no se va a molestar por contestarle así, es más, me conoce tanto que sabe que necesito un pequeño espacio para estar sola.

“Estar sola”

Se siente como toda una vida así, llena de cargas, llena de vacío.

Un vacío profundo, donde no sabes donde comienzas, solo sabes que está ahí, gritando, pero se reproduce como un eco, sin parar.

Vuelvo a mirar a los niños y la imagen que me muestran a continuación termina por romperme.

Juntos con sus padres.

No se que me lleva, pero tomo el teléfono y marco ese numero.

Un tono, dos tonos, tres, cuatro y cuando me decido por cortar…

-¿Alo? -suena esa voz.

-Papá.

-Maeve, no puedo atenderte ahora -dice con urgencia.

-Papá, por favor, te necesito… p-puedes p-porfavor v-venir.

-Cielo, es que ahora no puedo, Elizabeth está mal y me necesita, lo siento, pero hablamos otro día, ¿okey?

A este punto ya no era capaz de contener las lágrimas.

-P-pa-pá, t-te -ne-neci-cito.

-Lo siento hija, te llamo luego.

Corto.

No entiendo porque me sorprendió tanto, si siempre era ella primero, antes que su propia hija.

Así que, armándome de valor, tomé mis cosas y partí rumbo a mi casa.

Cada paso que daba era un puñal nuevo clavándose en mi pecho.

Un llanto reprimido.

Porque antes de llegar a casa debía acabarse esta tormenta.

Una vez frente a la puerta, inspiré fuertemente y solté una fuerte exhalación y abrí la puerta. La casa estaba pulcramente limpia, un olor a lavanda me golpeo, como odiaba ese olor.

-Maeve, ¿eres tú? - pregunto mi madre en algún punto de la casa.

-Si mamá – dije mientras me quitaba la chaqueta.

-Hola mi niña, ¿Cómo te fue? – dijo mientras me daba un beso en la mejilla.

- Bien, me felicitaron hoy -dije con una media sonrisa, a pesar del día que he tenido, eso aun me alegraba y me hacía sentir orgullosa.

- ¿Si? -asentí con la cabeza- que bueno, ¿y, Tristán? ¿Cómo le fue? – me encogí de hombros – bah, para que pregunto, obviamente le fue excelente, ay Maeve la suerte que tienes, ese niño tiene un futuro brillante.

-Aja – dije sin ninguna emoción, mirando a cualquier parte.

Eso llamo automáticamente la atención de mi madre que me miraba detenidamente.

- ¿Maeve, porque llegaste a esta hora? – claro que se iba a dar cuenta si nunca llego tan temprano a casa – y ¿Por qué esos ojos? ¿Qué paso? ¿Paso algo con Tristán?

- Se acabo, mama, hemos terminado – dije sin rodeos, para que darle mas vueltas al asusto si igual se iba a enterar.

El rostro de mama se transformo en uno de pánico.

- ¿Cómo que terminaron? Eso no puede ser posible, hija tienes que llamarlo, y pedirle disculpas, no pueden echar por la borda 3 años por una simple pelea, el te quiere hija, podrá exaltarse a veces, pero te quiere mucho. No termines algo bonito por un berrinche tuyo.




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