Todo lo que quedó

Prológo

Kajetia, Georgia — tres meses después

El problema con el viñedo era que no paraba de crecer.

Sayuri lo descubrió un martes por la mañana cuando salió a buscar aire y encontró que los sarmientos de la hilera más cercana a la casa habían avanzado otros veinte centímetros desde el lunes, enroscándose alrededor del alambre con esa determinación silenciosa y obstinada que tienen las plantas cuando nadie las vigila. Nadie la había preparado para eso. Nadie la había preparado para ninguna de las cosas que implicaba fingir que sabías manejar un viñedo de cuatro hectáreas en una región de Georgia donde los vecinos llevaban generaciones haciendo vino y te miraban con esa mezcla de curiosidad y compasión reservada para los que llegan de fuera creyendo que la tierra es algo que se aprende en un fin de semana.

Se quedó mirando las hileras de alambres alrededor de las plantas, con una taza de café entre las manos. El café era extraño, no malo, pero si particular. El agua de la zona de alguna tenía un sabor distinto que hacía al café amargo de una manera específica, distinta al amargo limpio del café negro de Osaka al que llevaba toda la vida acostumbrada, y cada mañana era un recordatorio pequeño y constante de que nada de lo que la rodeaba era suyo.

Ni la casa. Ni el viñedo. Ni el apellido que figuraba en los documentos que guardaban en la caja metálica debajo de la cama. Ni siquiera el cabello.

Se llevó una mano a la cabeza sin querer. Corto ahora, hasta la mandíbula, teñido de un castaño oscuro tan uniforme que parecía artificial porque lo era. La primera vez que se lo había visto así en el espejo del baño de la casa de protección de Tokio, dos días después de que todo se derrumbara, había tardado unos segundos en reconocerse. No por el color —el castaño no era tan distinto al cobrizo de su tono natural— sino por el corte, por la forma en que enmarcaba su cara de una manera que le quitaba algo que no sabía nombrar. Como si hubiera alguien en el espejo que se le parecía mucho pero que no era ella. O que era una versión de ella que existía en un mundo donde su padre todavía estaba vivo.

Esa versión ya no existía.

—Los sarmientos laterales hay que atarlos antes del mediodía.

La voz llegó desde la izquierda. Sayuri no se giró de inmediato, porque ya había aprendido a no sobresaltarse ante Davit —o al menos a no demostrarlo—, y porque girarse demasiado rápido cuando él aparecía de la nada era exactamente el tipo de reacción que una joven que había crecido entre viñedos no debería tener.

Davit Beridze tenía sesenta y tantos años, la piel curtida por décadas de sol de Kakheti, y una expresión permanente de hombre que ha visto demasiadas cosas malas para perder el tiempo sorprendiéndose. Había trabajado en esa finca durante treinta años bajo el propietario anterior, y cuando los documentos dijeron que la finca tenía nuevos dueños —una pareja japonesa joven, recién casados, que habían heredado la propiedad a través de un pariente lejano cuya identidad aún generaba dudas entre los empleados—, Davit simplemente había seguido apareciendo cada mañana. Sin que nadie se lo pidiera con esa clase de lealtad hacia la tierra que había cuidado que no le importaba quién firmó los papeles para tenerlas.

Era también, descubrió Sayuri en los primeros días, completamente imposible de evitar.

—Buenos días, Davit —dijo, con el tono que había estado practicando, más cálido, pero no efusivo, el de alguien que aprecia la ayuda pero que también sabe lo que hace. Ese tono era una mentira de las grandes, pero al menos ya la dominaba, o sea la hacía sentir mejor.

—Su marido ya está en la hilera norte —dijo Davit, acercándose sin ser invitado, como hacía siempre—. Lleva ahí desde las seis.

Sayuri procesó esa información sin cambiar la expresión. Desde las seis. Lo que significaba que el policía, Ren, se corrigió mentalmente con el automatismo agotador que le había llevado semanas desarrollar, en mi cabeza también tengo que usar el nombre correcto. Había dormido menos de cuatro horas o no había dormido nada. Las dos opciones eran, como siempre, igual de probables.

—Es madrugador —dijo.

—Hm. —Davit hizo ese sonido suyo que podía significar acuerdo o escepticismo o simplemente que estaba pensando en otra cosa. Luego la miró con esa atención directa que tenía, sin la cortesía de apartar la vista cuando no querías que te miraran—. ¿Sabe podar?

—Estamos aprendiendo.

—Hm.

Esa vez el sonido claramente significaba escepticismo. Sayuri bebió un sorbo del café malo y miró hacia el viñedo porque era más fácil que seguir sosteniendo la mirada de un hombre que llevaba treinta años leyendo esta tierra y que probablemente llevaba tres meses leyéndola a ella con la misma precisión.

—Su marido preguntó ayer cómo se llama cada herramienta —dijo Davit, después de un silencio—. Las de podar. Las preguntó todas. Y luego las repitió.

—Es metódico.

—Hm. Y usted, ¿en qué parte de Japón aprendió georgiano?

Sayuri tardó exactamente el tiempo justo antes de responder. Si decía que no demasiado, eso sin duda levantaba más sospechas, así que su rememoro la información que la policía japonesa le entrego cuando estaba de camino a este lugar.

—Mi abuela era traductora —menciono aun mirando por la ventana—. Fue maestra de idiomas, y se especializo en lenguas del Cáucaso. Me enseñó un poco cuando era pequeña. Supongo que le puse atención al idioma correcto.

Era la historia que les habían dado. Estaba bien construida, con suficientes detalles verificables para sostenerse en una conversación casual y suficientes agujeros para que nadie pudiera tirar del hilo demasiado. Sayuri la había memorizado en el vuelo de dieciséis horas desde Tokio, sentada junto a un hombre que dormía o fingía dormir, con los documentos nuevos en el bolso y el pelo todavía húmedo del tinte.

Davit asintió. No con convicción. Con esa forma suya de asentir que decía ‘lo que usted diga’ sin decirlo.




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