Osaka. Siete meses antes.
La lluvia había empezado antes del amanecer, como si llevara horas esperando el momento exacto en que la ciudad estuviera lo suficientemente desprotegida para caer y quedarse indefinidamente, aunque no era una tormenta fuerte —en Osaka, a finales de octubre, la lluvia no necesitaba ser violenta para resultar agotadora—, sino ese tipo de llovizna fina y constante que se filtra por las rendijas, que empaña los cristales desde el interior y hace que el mundo exterior se vea siempre a través de una capa de vaho. Desde el piso treinta y dos, la ciudad parecía un mapa borroso, las luces de los coches se arrastraban como gotas de tinta sobre el asfalto brillante y los edificios se difuminaban en tonos grises que se confundían con el cielo.
Osaka todavía estaba despertando cuando Sayuri Tachibana abrió los ojos.
El reloj marcaba las 6:12. Permaneció acostada unos segundos, mirando el techo blanco mientras escuchaba el sonido amortiguado de la lluvia contra los ventanales. Había algo en esa hora, ese momento muerto entre la noche y el día, cuando el sol todavía no se atrevía a asomarse y las farolas seguían encendidas, que la hacía sentirse suspendida en el tiempo. Como si el mundo entero estuviera en pausa, y ella fuera la única persona lo bastante despierta para notarlo.
La pantalla del teléfono iluminó la mesita con un resplandor azulado. Diecisiete notificaciones. Tres correos de la universidad. Dos mensajes de Mika, el primero decía "estoy en el infierno" acompañado de una foto de su café derramado sobre los apuntes, el segundo simplemente "no es broma, me voy a cambiar a arte", por supuesto mensajes mandados a la una de la mañana. Cuatro alertas financieras que su padre le había obligado activar —noticias financieras— y que seguro ya habría leído antes de que ella terminara su desayuno. Y un mensaje de Naomi, aunque era seguro que la encontraría en el departamento aún.
No olvides desayunar antes de salir. Y ponte un abrigo, está haciendo frío.
Sayuri soltó una pequeña exhalación. No exactamente una risa. Algo más suave, más cerca de un suspiro que calentaba su pecho.
Naomi Tachibana llevaba cuatro años viviendo con ellos, y en ese tiempo había aprendido a leerla de una manera que nadie antes había logrado. Sabía que Sayuri se saltaba comidas sin darse cuenta, que el frío la ponía de mal humor antes de las diez, que no respondía bien a las órdenes, pero tampoco a la indiferencia. Lo había aprendido con paciencia, con errores al principio y después con una fluidez que a Sayuri le daba vergüenza admitir, pero agradecía. Cuatro años no eran mucho en términos de ser una familia, pero en términos de Sayuri, porque le costaba dejar que alguien se acercara, era casi un milagro.
Se incorporó lentamente y apartó las mantas. El suelo estaba tibio bajo sus pies descalzos gracias a la calefacción central, esa clase de calor silencioso que nunca se notaba hasta que salías a la calle y el frío de octubre te golpeaba en la cara recordándote lo artificial que era todo en hogar. El penthouse Tachibana era una casa perfecta, luces automáticas, cortinas motorizadas, un sistema de seguridad que probablemente registraba cada respiración. También estaba la mansión principal, donde habían vivido hasta que su padre decidió que el penthouse era más práctico para sus horarios, pero ella sabía que le traían viejos recuerdos, pero para ella seguía siendo el espacio que asociaba con la infancia, con esos jardines grandes, pasillos largos, esa sensación de que el mundo exterior quedaba suficientemente lejos para ignorarlo y ser feliz. Aquí arriba todo era más limpio, más controlado. A veces sentía que vivía dentro de un hotel demasiado caro donde todo estaba diseñado para que no tuviera que preocuparse por nada, y donde, curiosamente, terminaba preocupándole todo.
Se dirigió al baño aún medio dormida, recogiéndose el cabello con una mano. El reflejo que la recibió en el espejo era el mismo de siempre: ojeras leves, piel clara, labios secos por el aire acondicionado. Y ese cabello. Castaño oscuro en apariencia, completamente ordinario bajo la luz artificial del baño. Pero cuando el sol de la mañana lo alcanzaba, cosa que pasaría en unas horas, si la lluvia lo permitía, los reflejos cobrizos aparecían sin aviso, rojizos y cálidos, como si el cabello guardara un secreto que solo se revelaba con esa cálida luz. La gente lo notaba siempre. Le preguntaban qué tinte usaba, qué técnica, qué salón. Ella respondía que ninguno, y la mayoría no le creía.
Pero ese era su más vivido recuerdo de su madre.
Elara Brennan había llegado a Japón desde Irlanda siendo adolescente, siguiendo a una familia que veía en el país una oportunidad que en su ciudad natal no ofrecía, al menos en ese tiempo no lo hacía. Era brillante con los idiomas, curiosa hasta el exceso, y tenía ese tipo de libertad en la manera de moverse por el mundo que solo tienen las personas que crecieron sin demasiadas paredes. En Japón había encontrado a Haruto. En Haruto había encontrado algo que parecía sólido. Y durante un tiempo lo fue. Pero Japón como esposa de un empresario de élite era una vida completamente distinta, aún peor con las expectativas que esperaban de ti en este país, y esa diferencia, que al principio parecía manejable, fue creciendo con los años como algo que nadie nombra hasta que ya no cabe en la habitación.
Sayuri tenía siete años cuando la encontraron. No recordaba casi nada del día en sí, solo fragmentos, el olor del pasillo, el sonido de los pasos de alguien corriendo, la cara de su padre con una expresión que nunca antes le había visto y que después tampoco volvió a ver exactamente igual. Lo que sí recordaba, con una claridad que el tiempo no había logrado difuminar del todo, eran los meses que siguieron. Los niños en la escuela no tenían filtro. Nunca lo tienen a esa edad. Decían las cosas exactamente como las entendían, que fue de la peor manera posible, y Sayuri había aprendido muy pronto que la única defensa contra eso era no mostrar que no le dolía. Aunque primero paso por la rebeldía, pero con el tiempo fue distancia. Después fue simplemente la forma en que era, y ya nadie recordaba que había habido otra versión.