Un alarido felino me despertó. Era el sonido de un ser que acababa de comprender que ya no se encontraba en la cima de la cadena alimentaria.
Abrí un ojo. Lo que hace apenas tres días era una planta de interior corriente, ahora atraía activamente a un gato rubio hacia sí. Un brote, erizado de dientes menudos y afilados, rodeaba la cola del felino. El gato se aferraba desesperadamente con las garras al alféizar de madera, dejando surcos profundos, y chillaba por toda la estancia.
— Suéltalo —ordené somnolienta.
El helecho apretó.
— ¡Suéltalo!
El brote pareció suspirar y se abrió. El gato no esperó una segunda invitación. De un salto demencial, salió volando por la ventana abierta durante la noche, dejando tras de sí profundas hendiduras en la madera.
El silencio volvió a reinar en la habitación. La planta giró lentamente sus hojas hacia el sol. En ese instante, una mosca gorda pasó volando. Una de las hojas trampa chasqueó más rápido de lo que el ojo humano habría podido percibir. El insecto desapareció. La planta vibró levemente de satisfacción. Ahora no solo tenía dientes, sino también carácter.
Me aseé, recogí mi cabello, comprobé el anillo bajo la túnica y bajé.
Garrosh Flint estaba tras el mostrador. Limpiaba una mesa con el aire de quien ya lo ha visto todo en la vida, pero sigue insatisfecho con lo observado. El desayuno apareció ante mí al instante: huevos con tocino, calientes y aromáticos.
— El desayuno —constató él.
— Gracias. Maestro Flint, tengo intención de quedarme tres días más.
Él asintió, anotándolo en el libro.
— Y me gustaría comprar ese helecho de mi habitación —añadí entre sorbos de té—. ¿Por cuánto me lo dejáis?
— Lleváoslo por una moneda de cobre. Con tal de que no vuelva a verlo.
Pagué, terminé de desayunar y salí a la calle.
El camino a la Academia me tomó veinte minutos. Solo veinte minutos. Me detuve ante la verja de forja, intentando comprender cómo la primera vez me las ingenié para estirar este trayecto durante media jornada de extravíos. En honor a la verdad, por aquel entonces acababa de caer de un portal entremundos y me enteré de que mi abuelo Alver se había marchado tras el velo mágico hacía unos doscientos años. En lugar de abrazos, me aguardaba una cortés exigencia de marcharme. No era el mejor estado para proezas topográficas.
El patio de la Academia me recibió con un caos organizado.
Decenas de jóvenes llenaban el espacio entre la alameda y la entrada; aguardaban en grupos o en solitario, se sentaban en los bancos, caminaban en círculos, releían sus notas, se mordían las uñas con nerviosismo y, en general, irradiaban una ansiedad tan concentrada que, seguramente, se podría embotellar y vender como veneno.
Lo primero que impactaba era el contraste en las vestimentas; tan dispar que parecía que allí se celebraran varios eventos distintos al mismo tiempo.
Una parte de las muchachas acudió con vestidos. Volantes, encajes, lazos, botones de nácar. Una, vestida de un rosa pálido, llevaba tal cantidad de tul que podría haber aparecido en un pequeño velero. Otra, de un azul suave con cinco volantes en la falda, permanecía sentada en el banco con la expresión de quien ya lamenta cada capa de tela, pero admitirlo significaría confesar la derrota.
Más allá, muchachas con vestidos sencillos y prácticos que observaban a sus colegas de los volantes con un distanciamiento cortés.
Y más allá, una casta aparte. Cuero, armas, brazales, puñales. Estas lucían amenazadoras, convincentes y muy desdichadas, pues el calor estival no conoce la piedad. Una resoplaba con severidad, mirando con anhelo hacia la fuente; parece que solo los restos de su orgullo la contenían de zambullirse en la jofaina allí mismo, con armadura y todo.
— ¿De quién fue la idea de ponerse cuero para el examen de teoría? —masculló una joven pelirroja, tirando del peto.
— Tuya, Gwen —respondió un muchacho a su lado. También vestido de cuero. También del color de un tomate maduro.
— Era un lamento retórico, Marcus.
Mi elección —pantalones, túnica, jubón— se antojaba más genial a cada minuto.
Entre la multitud destacaban también los padres. No todos habían acudido solos, y quienes trajeron escolta, seguramente, ya lo lamentaban.
Una madre —rolliza, con un vestido gris práctico— alimentaba a su hijo adulto con emparedados de una cesta. El hijo tendría unos dieciocho inviernos, le sacaba dos cabezas de altura y lucía la expresión de quien se ha resignado hace tiempo a su destino.
— Come otro, Duncan. Con el estómago vacío se piensa mal.
— Madre, ya me he comido cuatro.
— Por eso mismo, come el quinto. El cuatro es un número par. Trae mala suerte.
— Los números pares no traen mala suerte, madre.
— ¿Ves? Ya tienes el pensamiento alterado. Come el emparedado.
Duncan se comió el emparedado.
Otra madre —elegante, con un vestido costoso— retocaba por última vez el cuello de su hija:
— ¡Y sonríe!
— Es un examen de teoría mágica, madre. No un certamen de belleza.
— Una sonrisa nunca estorba.
La hija puso los ojos en blanco con tal fuerza que casi completaron una vuelta entera.
Me disponía a dirigirme hacia la entrada cuando advertí una conocida coronilla cobriza. Amber. Sus manos estaban ocupadas con algo que, de lejos, recordaba a un manual, pero que al mirar de cerca resultó ser una servilleta carbonizada por las esquinas. Seguramente no era la primera de la mañana. En un radio de paso y medio a su alrededor no había nadie; ya fuera por azar o por instinto de supervivencia. Teniendo en cuenta su costumbre de incendiar cosas por el nerviosismo, la segunda opción parecía la más sensata.
Junto a la fuente divisé a Nolan; movía los labios con la mirada vidriosa. Theo, a su lado, estiraba los hombros. Renni y la muchacha rubia hojeaban sus notas de forma sincónica, intercambiando de vez en cuando frases como «¿seguro que este párrafo entra?» — «no» — «¿estás segura?» — «no» — «estupendo, estudiémoslo».