El domingo lo pasé ordenando la ropa en el armario —me llevó exactamente cinco minutos, porque tenía menos cosas que estantes— y estudiando la habitación. Escritorio bajo la ventana, cama, armario, un pequeño aseo con las mismas palancas rúnicas para el agua caliente. Muros de piedra blanca, desnudos, limpios, con un único gancho para la túnica. Austero. Me gustaba.
La maceta se había instalado en el alféizar y ya estaba adaptada: un tallo envolvía el marco de la ventana, otro se extendía por el alféizar y un tercero colgaba hacia abajo balanceándose suavemente, como una pitón en una rama. Una mosca que tuvo la desgracia de entrar por la ventana entornada desapareció con un breve crujido. La planta vibró satisfecha.
—Compórtate —le dije. Como siempre.
Como siempre, no obedeció.
Por la tarde bajé al comedor: una gran sala con largas mesas de roble y un olor que recordaba a la vez a un cuartel y a una posada. Gachas, pan, salsa de carne. Sencillo, contundente, sin inspiración. Tras la cocina de Garrosh, un paso atrás. Pero se podía comer.
Willow y Rennie ya estaban sentadas en la mesa de al lado, como habíamos acordado. Su habitación doble resultó estar a dos puertas de la mía.
—Rennie ronca —informó Willow en un susurro.
—No ronco —negó Rennie sin levantar la vista del horario de clases, que ya había conseguido en alguna parte y estudiaba con la expresión de un general sobre el mapa.
—Produces sonidos.
—Respiro. Son cosas diferentes.
Comía las gachas y pensaba en el lunes. Primer día. Pago de la matrícula. Ochenta y seis coronas al año —matrícula, habitación, comida—. En mi cuenta: ciento sesenta. Para menos de dos años, y después, el vacío, si no encontraba una fuente de ingresos.
Y entonces pensé en la maceta.
Mejor dicho, en las gotas sobre sus pétalos. Esencia de Solvira. «Un solo frasco vale una fortuna», había dicho Tindall. La planta la producía mientras yo la alimentaba con mi magia. La planta estaba en el despacho de Tindall. Tindall era el decano de Alquimia.
La idea maduró al instante, nítida, con esa claridad cristalina que se tiene cuando por fin se ve un camino entre la espesura. En Oscura, mi madre me enseñó una verdad sencilla: nunca entregues gratis lo que tiene un precio. Aunque parezca un gesto de buena voluntad, pues la buena voluntad, si no está respaldada por un beneficio, no sobrevive mucho.
A primera hora del lunes llamé a la puerta del despacho de Tindall una hora antes de los actos oficiales. Era una visita temprana, pero sabía que estaría allí. Una persona con esas manchas en las mangas no aparece en el trabajo a las nueve. No se marcha del trabajo.
—¡Sí! —sonó la voz desde dentro. Entré.
Tindall estaba junto a mi maceta con una lupa en una mano y un matraz en la otra. La planta presentaba un aspecto mustio: las gotas en los pétalos apenas titilaban, las hojas empezaban a perder el brillo bronceado. Sin mi magia, se apagaba en silencio.
—Señorita Ar'yental —no pareció sorprendido—. Temprano.
—Tengo una propuesta de negocios —dije sin preámbulos—. Se refiere a la planta.
Tindall dejó la lupa sobre la mesa y me miró por encima de las gafas.
—La escucho.
—La planta produce esencia de Solvira mientras yo la alimento regularmente con mi magia. Sin mí, ya lo ve usted mismo —señalé los tallos mustios con un gesto—, se apaga. Nada de esencia.
—Eso ya lo he comprendido —confirmó secamente.
—Estoy dispuesta a venir a alimentarla con la frecuencia que sea necesaria. De forma regular. Para que el flujo de esencia no se interrumpa.
Tindall inclinó levemente la cabeza, un gesto que se leía como: «¿y?».
—A cambio quiero que una parte de los ingresos por la venta de la esencia se destine a cubrir el coste de mi matrícula.
Pausa. Tindall se quitó las gafas. Se las puso. Se las volvió a quitar. Las dejó sobre la mesa.
—Señorita Ar'yental —comenzó con el tono de quien se prepara para una charla educativa—. Esta planta se encuentra ahora mismo en el laboratorio de la Academia. La esencia que produce se empleará para la investigación. Para la ciencia. Para nuestra querida Academia, si me permite.
—La Academia aún no es querida —respondí con voz serena—. Y si no puedo pagarla, tampoco lo será.
Tindall abrió la boca. La cerró. En su rostro se libró una breve pero elocuente batalla interior.
—Yo negocié su admisión —dijo con énfasis—. Puse en juego mi reputación. Usted no estaría sentada aquí de no ser por mi intervención.
—Sí —concedí—. Y lo hizo sin motivos interesados. Usted mismo dijo: «Dejar semejante fuerza sin instrucción sería un absurdo». No necesitaba la planta. Me necesitaba a mí. Como maga. Fuerte, inusual, sin entrenar. Sus palabras, profesor.
Tindall me miró largo y tendido. Luego —y esto lo noté, aunque él lo ocultó con esmero— la comisura de su boca se elevó de forma casi imperceptible.
—Además —añadí—, este castillo perteneció en otro tiempo a mi linaje. Considero que sería, como mínimo, extraño que la única heredera del fundador pagara por el derecho de recorrer sus propios pasillos.
Ahí fue donde Tindall tosió. La tos se parecía sospechosamente a una risa contenida.
—Me es indiferente quién venda la esencia: usted personalmente, la facultad o la Academia —proseguí—. Eso es asunto suyo. El mío es alimentar la planta. Lo único que pido es que parte de los beneficios cubra el coste de mi matrícula. Cincuenta coronas al año.
—Cincuenta coronas —repitió Tindall.
—Por la matrícula. El dormitorio y la manutención los pago yo.
Guardó silencio. Hizo girar entre los dedos un matraz con un líquido turbio y nacarado —la esencia recogida—. Incluso en esa cantidad —unas pocas gotas— destellaba a la luz como oro líquido.
—No tengo la potestad de tomar una decisión así por mi cuenta —dijo al fin—. Es un asunto del rectorado.
—Lo entiendo.
—Hablaré con el rector.