Todo (no) según el plan

Capítulo 23. Sobre la rutina académica

Matemáticas: todo el primer curso junto, un aula enorme, una desgracia compartida. Alquimistas, combatientes, elementales, artefactores, ilusionistas, todos por fin iguales. Los números son un enemigo democrático. Les da igual en qué facultad estés.

Nolan se sentó junto a Rennie. Sin pluma.

—No —dijo Rennie.

—Todavía no he…

—Toma.

—Rennie…

—En silencio.

Ember se filtró hasta nuestra fila oliendo a humo después de su primera clase en Elemental. El profesor —menudo, rápido, con una voz concebida para adormecer— escribía fórmulas como si la tiza le debiera dinero. Coeficientes mágicos. Ecuaciones de flujos. La lógica era la misma que en Oscura: los números no dependen del mundo en el que vivas. Un pequeño consuelo.

Yo tomaba apuntes. Entendía la mayor parte. Nolan, a mi lado, se apagaba lenta e inexorablemente.

Élfico antiguo: última clase del día, solo para alquimistas. Encantamientos naturales, herbarios arcaicos, formulaciones milenarias, todo lo más valioso estaba escrito en esa lengua.

La señora Ilwen era una mujer de edad indefinida, con una voz serena y esa rara paciencia que solo poseen quienes llevan años enseñando a estudiantes a pronunciar sonidos físicamente ajenos a la garganta humana.

Empezamos por las bases. Alfabeto. Pronunciación. Construcciones elementales. La mitad del grupo tomaba apuntes con heroica desesperación.

Mi padre me enseñó élfico desde la infancia. No como una asignatura, sino como el aire: absorbí esa lengua con sus nanas, con sus maldiciones en voz baja cuando se golpeaba contra el dintel, con las anotaciones en sus planos. No la aprendí. Crecí dentro de ella.

Cuando la señora Ilwen me pidió que leyera un fragmento del herbario, lo leí sin pausa y sin acento. La señora Ilwen me lanzó una breve mirada, asintió y siguió adelante. Sin una sola palabra de más. Las personas que saben no hacer un espectáculo de las cosas son una especie rara.

Luego le pidió a un chico de la tercera fila —rubio, con pecas y expresión de alumno aplicado— que repitiera una frase del herbario: el nombre de una planta y su propiedad básica.

El chico inspiró con esmero y pronunció:

—Ael'tira sol'veyn…

La señora Ilwen levantó la mano.

—Alto. «Sol'veyn» es «curativa». «Solvain», con el acento en la primera sílaba, es «venenosa». La diferencia es un acento. Repita.

El chico apretó los labios con concentración.

—Ael'tira… ¿solvain?

—Acaba de decir «raíz venenosa» —informó con calma la señora Ilwen—. En los tiempos antiguos, las herbolarias pronunciaban el nombre de las plantas antes de recogerlas. Se creía que la palabra afinaba las manos para el contacto correcto. Si usted recogiera una ael'tira con esa pronunciación, según la tradición, se marchitaría en sus manos por la ofensa.

—¿La planta? ¿Por la ofensa?

—Los elfos se tomaban las plantas en serio —dijo la señora Ilwen con una sonrisa apenas perceptible—. Algunos, demasiado en serio.

El chico lo intentó por tercera vez. Esta vez, casi bien. La señora Ilwen asintió:

—Mejor. Ahora su raíz al menos no está ofendida. Pero tampoco es curativa. Seguimos trabajando.

Willow susurró a mi lado:

—Si eso también se aplica a mis plantas, estoy perdida. A veces ni en lengua común las llamo bien.

—Entonces esperemos que no sean rencorosas.

El comedor del mediodía bullía con todas las voces posibles: primer día, todos habían sobrevivido, y cada cual consideraba necesario comentarlo. Ocupamos la mesa junto a la segunda ventana, ya «nuestra», aunque solo había pasado un día. Rennie. Nolan. Theo. Willow. Ember. Yo.

Willow le contaba a Ember lo de la rana fantasma, y en su versión la rana ya era del tamaño de un gato.

—No lo era —puntualicé.

—Pero podría haberlo sido —respondió Willow con inquebrantable fe.

Nolan movía el codo izquierdo con cautela: no se lo había roto, pero se había golpeado algo en la práctica de Combate. Theo se ofreció a «echar un vistazo».

—Apártate —Nolan se echó atrás—. Eres combatiente, no sanador.

Mi mirada resbaló a través del salón. Sin rumbo. Solo porque sí.

Kai estaba en la mesa junto a la pared. Pelo cobrizo, gesticulación, risa: era difícil no reparar en él. Rei a su lado: callado, tranquilo, la mano sobre la mesa.

Y dos chicas con ellos. Una, de rizos castaños y el distintivo de Ilusiones. La otra, de cabello platino recogido en lo alto, sonrisa impecable, la mano sobre la mano de Rei. Con seguridad. Con costumbre. Con naturalidad. Contaba algo, reía, se inclinaba hacia él. Él escuchaba y sonreía.

Algo se contrajo en mi pecho: breve, agudo, sin ser invitado.

Interesante. Era… interesante. Y absolutamente inoportuno.

—Ember —pregunté, y el cerebro ni siquiera tuvo tiempo de objetar—, ¿quién es la chica junto a Rei?

Ember miró a través del salón, y algo en su rostro se afiló.

—Beatriz Laenvald. La novia de Rei. Juntos desde el año pasado; corren rumores de compromiso. También del Archipiélago. Linaje noble, modales impecables, familia perfecta. —Pausa—. Todo perfecto.

—¿Pero? —eso fue Rennie.

—Vivimos en la misma planta —Ember hizo girar el tenedor—. Siempre es cortés. Siempre. Las palabras justas, el tono justo. Ningún movimiento brusco. Nunca. ¿Conocéis a esas personas junto a las que os sentís insuficientes? No porque hayan dicho algo, sino simplemente por lo que son.

—Es ilusionista —dijo Willow en voz queda.

—Exacto. Dónde está la verdad y dónde la fachada… intenta distinguirlo.

—Ksandra —la voz de Willow, suave, cautelosa—. Tu ensalada… se mueve.

Bajé la mirada al plato.

Mi ensalada se movía.

Las hojas se erguían despacio. Los tallitos se estiraban, se tensaban, y todo el montoncito verde giraba lentamente en dirección a la mesa de Beatriz. Una hoja se inclinó hacia delante: elástica, agresiva, inconfundible.

Mi magia. Mis emociones. Mi ensalada, que había decidido que yo necesitaba protección frente a la rubia platino al otro lado del comedor.




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