El silencio era absoluto en la Biblioteca de la Rosa Antigua, un silencio tan espeso y persistente que casi podía sentirse en la piel. No era la clase de silencio que incomoda o inquieta, sino aquel que cobija, que se arropa sobre los hombros como un manto cálido tejido de siglos. Las paredes cubiertas de estanterías, altas como torres, custodiaban miles de volúmenes que olían a cuero, tinta, tiempo… y secretos.
Elaena Valemyr se movía entre ellas como una aparición, ligera como el humo, deslizándose sin romper la armonía del lugar. Su cabello, de un blanco inmaculado, caía en ondas suaves sobre la espalda, brillando como la nieve bajo la luz de las lámparas de aceite. Sus ojos grises recorren una línea de texto antiguo con la devoción de quien ha conocido más a los libros que a las personas.
En el rincón más lejano de la sala, sentada sobre un cojín bordado con hilos dorados, Elaena sostenía entre sus manos una copia desgastada de Cantos de la Dama de Olorion, un poema épico que relata la historia de un amor imposible entre una sacerdotisa y un general condenado por la guerra. Había leído esa obra al menos seis veces, y aún así, su corazón se agitaba en las mismas páginas, en los mismos versos, con la misma melancolía suave que sentía desde niña.
No conocía otra vida. No deseaba otra vida. Desde que tenía memoria, había sido criada entre aquellas paredes de piedra y papel, educada por maestres y sirvientas que hablaban en susurros y caminaban con pasos suaves. La biblioteca era su mundo. Su universo. Su refugio. El lugar donde las pasiones ajenas se transforman en sueños propios, y donde ella podía amar sin ser herida, vivir sin ser tocada.
Pero todo eso estaba a punto de cambiar.
Una voz grave y apagada la llamó desde el pasillo principal.
—Lady Elaena.
Elaena levantó la cabeza, sacada bruscamente del mundo de los versos. Parpadeó varias veces, como si el aire de la realidad fuera más denso que el de los libros. La figura que se aproximaba era inconfundible: Maestre Odran, anciano encargado del archivo real, caminaba con pasos lentos, apoyado en un bastón de madera tallada. Sus ropas grises estaban raídas en los bordes, y su cabello era ya casi transparente.
—¿Sí, Maestre? —preguntó con voz suave.
—Ha llegado un decreto —dijo él, sin preámbulos—. Del Rey.
Aquello bastó para que Elaena sintiera una punzada en el pecho. Un decreto real solo podía significar una cosa: cambio. Y en su mundo, donde cada día era idéntico al anterior, donde cada rincón era conocido y cada libro una extensión de su alma, el cambio era sinónimo de pérdida.
Odran le tendió un pergamino atado con una cinta roja. La joven lo tomó con los dedos temblorosos. El rojo era el color de las decisiones irrevocables. El color de los anuncios que no se cuestionaban. El color de la sangre que unía familias.
Rasgó el sello con una lentitud casi ritual, y desenrolla el pergamino. Sus ojos grises leyeron sin pestañear:
> “Por orden del Rey Althar II de la Casa Eldenhardt, soberano de Elandria, y en cumplimiento del Pacto de Inviernos, se decreta la unión matrimonial entre la Dama Elaena de la Casa Valemyr y el Duque Kael Thornehart, Señor del Norte.
Que esta alianza una a nuestras casas, fortalezca la paz y asegure la estabilidad del reino.”
El pergamino cayó de sus manos. Por un instante, su cuerpo no le respondió. Sintió que el suelo bajo sus pies se volvía líquido, que los muros de la biblioteca se alejaban, se disolvían. Las palabras seguían flotando en su mente, como si se hubieran grabado con fuego.
El Duque del Norte.
Un nombre que evocaba hielo, batalla y distancia. Kael Thornehart, un hombre del que se decían muchas cosas: que jamás había sonreído, que su voz era tan fría como los vientos que azotaban su castillo, que comandaba ejércitos con la misma facilidad con la que otros pronunciaban versos. Se decía también que nunca había amado, ni permitido que nadie se le acercara más de lo necesario.
Y ahora… sería su esposo.
—¿Cuándo…? —alcanzó a decir, su voz quebrada.
—En siete días, mi lady —respondió Odran con pesar en los ojos—. Una escolta vendrá a buscarla. El duque ha sido informado.
Siete días. Siete días para dejar todo lo que conocía. Siete días para convertirse en la esposa de un extraño.
El maestre se retiró con una leve reverencia, dejándola sola con la noticia como si fuese una piedra demasiado pesada para cargarla en compañía. Elaena permaneció inmóvil varios minutos. Luego, como en un acto reflejo, se agachó, recogió el pergamino y lo arrolló con manos cuidadosas. No lo rompió. No lo quemó. Solo lo sostuvo, presionando contra su pecho, como si pudiera hacer que el mundo volviera a su forma anterior.
Pero no lo haría.
Y por primera vez, comprendió que los cuentos de amor que había leído toda su vida, las baladas de bodas forjadas por la voluntad del destino… ahora serían su historia.