Irina
El silencio en el piso ejecutivo de Industrias Galkin era tan gélido como el invierno de Moscú. Sentada frente a mi escritorio de caoba pulcra, deslicé mis dedos firmes sobre la pantalla de la tableta corporativa, confirmando la reservación en el restaurante más exclusivo de la ciudad y la compra de un brazalete de diamantes de Cartier.
No era para mí. Era para la conquista de la semana de mi jefe.
Durante varios años, desde que inicié la universidad, mi vida real había girado en torno a un solo eje central: Mark Galkin. Estudiábamos administración de empresas, pero cuando él, con su imponente anatomía de 1.90 metros y su voz ronca, me miró y me dijo que le sería más útil como asesora contable, cambié mi carrera sin pestañear. Fui sumisamente todo lo que él quería. Me convertí en su fiel asistente, en la sombra que manejaba su imperio de armamento, en la guardiana de su orden.
Vivir en el mismo edificio, unos pisos más abajo de su monumental penthouse, solo alimentaba mi enamoramiento crónico. Yo organizaba sus compras, sabía qué le molestaba, qué le hacía feliz. Pero organizar sus citas... eso me causaba una opacidad crónica en el pecho. Muchas noches, al bajar a mi apartamento solitario, lloraba en silencio, rota por el dolor verídico de saber que el hombre por el que había dejado de lado a mi propia familia y mis propios sueños, solo me veía como una máquina eficiente.
Hoy era mi cumpleaños número 27. Y el destino se encargaría de romper mi venda de la manera más rústica posible.
Mark
La fijeza de mis ojos grises estaba puesta en los informes de contrabando de armas de la frontera, pero mi mente, como siempre, funcionaba de manera impecable porque sabía que Irina Kotov estaba detrás de la puerta, controlando varios engranajes de mi vida que cuadraran a la perfección. A mis 34 años, el éxito, las mujeres y el peligro eran mi rutina, pero Irina era mi centro. Mi orden. El pulcro motor de mi existencia.
Escuché los pasos largos de mi hermano menor, Aleksei, quien entró a mi despacho con una sonrisa rústica.
—Vaya, Mark, sigo diciendo que eres un maldito afortunado por tener una asistente tan eficiente —mancilló Aleksei, sentándose frente a mí con una gracia de diva—. La mía con costo me trae un café decente y olvida la mitad de mis contratos de la firma.
Me acomodé los puños de la camisa, dejando ver varios de los tatuajes oscuros que cubrían mi anatomía fornida, y solté una risa ronca, vacía de cualquier emoción.
—Para eso le pago, Aleksei —respondí con una pulcritud cortante y un siseo gélido—. Para que sea eficiente y mantenga mi vida en orden. Es su trabajo.
No sabía que, al otro lado de la línea telefónica intercomunicadora que había quedado abierta por error, Irina estaba escuchando cada una de mis palabras.
Irina
«Para eso le pago». Esas cuatro palabras rústicas se clavaron en mi fuero interno como el filo de una daga de acero. Un vuelco salvaje de desconcierto y humillación me congeló la respiración.
En ese mismo instante, el mensajero llegó a mi recepción con el paquete de regalo que Mark había ordenado para mí por mi cumpleaños. Al abrirlo, mis ojos se llenaron de lágrimas verídicas, pero esta vez no eran de dolor, sino de un amargo despertar.
Una caja de chocolates amargos y un enorme ramo de rosas rojas.
Un regalo genérico. El mismo maldito regalo que yo misma programaba varios meses atrás para sus amantes de turno. Mark ni siquiera se había tomado el tiempo de recordar que soy severamente alérgica al polen de las rosas y que el chocolate amargo me causa un choque anafiláctico que podría matarme. No sabía absolutamente nada de mí.
Miré el ramo con una deidad gélida que jamás había sentido en mis 27 años. Limpié mis lágrimas con una pulcritud cortante y tomé una fijeza implacable en mi mente. La sumisión crónica se había terminado hoy. Iba a reclamar mi vida real, la que le había regalado a un tonto ciego que ni siquiera sabía cómo respirar sin mí.
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Editado: 26.06.2026