Perspectiva de la escena
El despacho principal de Industrias Galkin mantenía una opulencia sobria y gélida. Mark Galkin permanecía sentado tras su imponente escritorio de mármol negro, con su anatomía de 1.90 metros recortada contra el gran ventanal de Moscú. Sus dedos tatuados jugaban con un encendedor de oro, manteniendo esa fijeza implacable de un hombre acostumbrado al control absoluto de su imperio de armamento.
La puerta de madera maciza se abrió de golpe, pero no de la manera pausada y suave a la que él estaba acostumbrado. Irina Kotov entró con paso firme. Sus 1.60 metros desbordaban una rigidez que Mark jamás le había visto en los varios años que llevaban trabajando juntos.
En sus manos firmes cargaba el ramo de rosas rojas y la caja de chocolates de lujo. Caminó directo hacia el escritorio y, con una pulcritud cortante, dejó caer el regalo genérico sobre los informes de la firma.
Mark
Me quedé estático, observando las flores y los chocolates que obstruían mis contratos de contrabando de armas. Levanté mis ojos grises hacia Irina, encontrándome con una deidad gélida en su mirada que me causó un vuelco salvaje en el fuero interno. Sus mejillas estaban sutilmente encendidas, pero no había rastro de la sumisión habitual en su rostro.
—¿Pasa algo con los informes contables, Irina? —mancillé con mi voz más ronca y pausada, guardando el encendedor en el bolsillo de mi sastre.
—Los informes están perfectos, señor Galkin —respondió ella con una voz tan pulcra y cortante que pareció congelar el aire acondicionado—. Vine a devolverle esto. Es el obsequio que su secretaria de relaciones públicas envió a mi nombre por mi cumpleaños número 27.
Arrugué el entrecejo, sintiendo un leve desconcierto.
—Es un detalle de la empresa, Irina. Sé que es tu cumpleaños. Cumples con tu trabajo de manera eficiente y quería que tuvieras un reconocimiento. ¿Hay algún problema con la marca del chocolate?
—El problema, Mark, es que soy severamente alérgica al chocolate amargo y el polen de estas rosas me causaría un choque respiratorio en menos de diez minutos —siseó ella, recortando los centímetros de distancia hasta apoyar sus manos en el borde de mi escritorio—. Este es el regalo automatizado que yo misma programé para tus conquistas de la universidad y tus citas de la semana. No tienes la menor idea de quién soy o que me gusta.
Irina
Ver el cortocircuito verídico en los ojos grises de Mark me dio una fuerza indomable que no creí poseer en mi fuero interno. Su mandíbula se tensó, y por primera vez en su vida real, el gran magnate de la mafia y las armas se quedó completamente mudo, asimilando mis palabras rústicas.
—Escuécheme bien —continué, manteniendo una fijeza implacable y conteniendo las lágrimas de orgullo herido—. Recuerde planear la fiesta de Navidad de la empresa y la cena privada de sus padres para este mes de diciembre. Recuerde llevar el regalo de sus padres y también el mío, ya que este año su hermano Aleksei llevará a su esposa y todo debe ser impecable.
Mark parpadeó, intentando recuperar su temperamento duro de jefe corporativo. Se enderezó en su silla, barriéndome con su imponente presencia.
—Me alegra que tengas claras las prioridades de la firma, Irina. Asegúrate de que los arreglos lila y rosa pastel estén listos para la cena de mis padres. Como siempre, cenarás con nosotros antes de que empiece el año nuevo.
—No, Mark —lo interrumpí con un siseo gélido y definitivo—. Este año yo no voy a asistir a ninguna de las dos fiestas. Lo organizaré todo con una pulcritud absoluta, pero en cuanto termine mi turno del día veinticuatro, me marcharé. Voy a pasar la Navidad sola con mi familia.
El rostro de Mark sufrió una transformación rústica. La arrogancia del playboy se agrietó, dejando ver una urgencia crónica de control que comenzó a desestabilizar su orden perfecto.
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Editado: 26.06.2026