Perspectiva de la escena
El silencio que siguió a la declaración de Irina fue destructivo. Mark Galkin se levantó lentamente de su silla, permitiendo que sus 1.90 metros de estatura impusieran ese magnetismo autoritario que utilizaba en las negociaciones de la mafia rusa. Sus ojos grises, fijos e implacables, destilaron un frío absoluto. Los tatuajes de sus manos se tensaron mientras rodeaba el escritorio de mármol, acortando los pocos centímetros de distancia que lo separaban de su asistente.
Irina no retrocedió. Sus 1.60 metros se mantuvieron firmes, estables, rompiendo de forma definitiva con la sumisión que la había encadenado a él desde su época en la universidad.
Mark
El cerebro me dio un vuelco salvaje ante su negativa. Mi orden, el eje central que mantenía mi imperio y mi rutina a flote, se estaba agrietando por primera vez en la vida. Miré su rostro limpio y sentí una punzada extraña en lo más profundo de mi pecho.
—¿Cómo que no vas a ir, Irina? —mancillé con mi voz más ronca y pausada, adoptando ese temperamento duro de jefe—. Siempre pasamos las Navidades con mi familia. Primero resolvemos los banquetes de la firma y luego te sientas a la mesa con mis padres. ¿Por qué este año tiene que ser diferente?
—¡Porque este año cumplo 27 años, Mark! —exclamó ella, y por fin las lágrimas rodaron por sus mejillas, quemándome el alma al verla rota—. ¡Toda mi juventud te la he dedicado a ti! Me di cuenta de que he dejado mi vida de lado, mis sueños y mis propios deseos, solo por complacerte.
La pulcritud de su voz se quebró, pero su deidad gélida continuó destrozando mi arrogancia.
—¿Y qué recibo yo a cambio? Nada. No sabes absolutamente nada de mí. No te acuerdas de qué día cumplo años, ni me conoces. Me diste chocolates y rosas, un regalo idéntico al que les envías a tus conquistas de fin de semana, sin saber que soy alérgica. En cambio, yo sé todo de ti. Sé qué te molesta, qué te hace feliz, cómo te gusta el café y hasta el orden exacto de tus trajes.
Irina
Ver la fijeza de sorpresa en los ojos de Mark me dio el impulso final para vaciar todo el veneno y el dolor que me habían asfixiado en secreto durante tanto tiempo.
—Ya estoy harta de todo esto, Mark —siseé con una rabia implacable—. Harta de tener que organizar tus citas con otras mujeres, de comprar los regalos para tus amantes y de planear una vida que no me pertenece. Ya no quiero esto para mí. Quiero salir, cambiar, conocer a un hombre de verdad que me quiera, que sepa lo que me gusta y que no intente matarme con lo que me regale.
Mark se quedó completamente estático, con la mandíbula rígida y los puños cerrados dentro de los bolsillos de su pantalón. El gran tiburón del armamento ruso, el hombre que controlaba los negocios más peligrosos del país, parecía un niño perdido en su propio despacho. Yo era la dueña invisible de su vida, y escuchar que me quería marchar lo dejó en un absoluto síndrome de abstinencia emocional.
—Me tomo mis días de vacaciones acumulados a partir de este instante —sentencié con una pulcritud cortante, dándole la espalda—. Me voy con mi familia. Espero que encuentres la forma de sobrevivir sin tu empleada eficiente.
Salí de la oficina sin mirar atrás, dispuesta a empacar mis maletas en el apartamento de abajo y marcharme de Moscú esa misma tarde.
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Editado: 07.07.2026