Todo por ti, nada por mí

Capítulo 4: El síndrome de abstinencia

Perspectiva de la escena

El silencio que quedó en el edificio residencial tras la partida de Irina fue absoluto. Dos pisos más arriba, en el monumental penthouse, la rutina perfecta de Mark Galkin se desmoronó en menos de veinticuatro horas. El lunes por la mañana, Industrias Galkin no amaneció con el orden habitual. Los teléfonos de la recepción principal no paraban de sonar, las agendas de los clientes internacionales estaban duplicadas y los informes de aduanas para los cargamentos de armamento se encontraban esparcidos por la mesa de juntas sin ninguna firma autorizada.

Mark caminaba por los pasillos corporativos destilando un temperamento peligroso. Sus 1.90 metros de estatura se sentían como una presencia hostil para cualquier empleado que se cruzara en su camino. Sin su eje central, el magnate ruso estaba descubriendo que era un absoluto inútil para gestionar los detalles de su propia existencia.

Mark

Apreté los puños dentro de los bolsillos de mi traje negro de tres piezas, sintiendo una opacidad insoportable en el pecho. Entré a mi despacho y lo primero que vi fue el escritorio vacío de Irina. No había carpetas ordenadas por colores, no estaba mi taza de café cargado a la temperatura exacta, ni la pulcritud con la que ella resolvía cada crisis con una sola llamada telefónica.

Mi nueva asistente provisional, una mujer joven que temblaba cada vez que yo levantaba la voz, entró con una bandeja de plata.

—Señor Galkin... aquí tiene su café —tartamudeó ella, dejando la taza sobre mi escritorio.

Le di un sorbo y de inmediato sentí una oleada de fastidio. Estaba amargo, frío y sin el toque exacto que Irina conocía a la perfección.

—Esto es basura —siseé con mi voz más ronca y pausada, provocando que la mujer retrocediera asustada—. Retírese y traiga los contratos de la firma de transporte. Ahora mismo.

—Señor... la señorita Kotov era la única que tenía las claves de acceso al archivo de seguridad de esos contratos —respondió con un hilo de voz—. Ella manejaba todo en su base de datos personal.

La mandíbula se me tensó hasta el punto del dolor. Me pasé una mano por el cabello, completamente frustrado. No era solo el trabajo; era la maldita realidad de que no sabía cómo pasar el día sin escuchar su voz pausada. Recordar sus palabras del viernes, ver sus lágrimas verídicas y saber que estaba cansada de mí, me estaba volviendo loco. Una furia posesiva y un vacío destructivo me quemaban por dentro. Irina se había marchado a la provincia con sus padres, dejándome en un completo síndrome de abstinencia emocional.

Perspectiva de la escena

Incapaz de concentrarse o de tomar una sola decisión comercial, Mark canceló el resto de las citas de la tarde. Subió a su auto deportivo con el rostro rígido, buscando respuestas en el único lugar donde sabía que encontraría un juicio severo.

Media hora después, el magnate entraba a la mansión de sus padres en las afueras de Moscú. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre y su ropa, por primera vez en años, lucía sutilmente desordenada. Su madre, una mujer de la alta sociedad rusa, y su padre, el antiguo líder del imperio, lo observaron desde los sillones de la estancia con una fijeza de profunda preocupación.

—Pero bueno, Mark... ¿qué demonios te pasa? —mancilló su padre, levantándose con pasos firmes—. Pareces un drogadicto en abstinencia. No te veíamos con ese rostro tan demacrado e intranquilo desde la época de la universidad, cuando Irina planeaba irse a estudiar a América y tú casi destruyes el despacho intentando retenerla. ¿Qué ha ocurrido?

Mark se dejó caer en uno de los sillones de cuero, apoyando los codos en las rodillas con una desesperación que jamás había mostrado ante nadie.

—Irina se fue —confesó con un siseo gélido y roto—. Se marchó con sus padres a la provincia... y no sé si va a volver.




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