Todo por ti, nada por mí

Capítulo 5: El veredicto de la familia

Perspectiva de la escena

Las palabras de Mark flotaron en el aire de la inmensa biblioteca de la mansión Galkin. Sus padres, dos figuras imponentes que conocían a la perfección las dinámicas del poder y del respeto, compartieron una mirada de absoluta incredulidad. Helena Galkin, una mujer de una elegancia severa, dejó su taza de porcelana sobre la mesa con un golpe seco que resonó en el silencio de la estancia.

Mark continuaba con la fijeza de sus ojos grises perdida en el suelo, luciendo por primera vez desarmado, con los hombros sutilmente caídos bajo su costoso sastre. Su padre, Vladimir Galkin, exhaló un suspiro pesado y caminó hacia el gran ventanal, cruzando sus brazos tatuados detrás de la espalda.

Mark

La cabeza me daba vueltas. El silencio de mis padres era un juicio silencioso que me apretaba el pecho. Al ver que no reaccionaban, pasé mis manos firmes por mi rostro y decidí contarles todo: el regalo de cumpleaños equivocado, las rosas que casi la asfixian, el mensaje genérico y la conversación que ella escuchó entre Aleksei y yo sobre su sueldo y su eficiencia.

Cuando terminé, mi madre se levantó del sillón con una postura rígida, destilando una molestia verídica.

—Solo un ciego no ve lo que tiene enfrente, Mark —mancilló ella con su voz más pausada y cortante—. Eres un tonto que se confió de la manera más arrogante. Pensaste que por tenerla trabajando contigo, metida en tu empresa y viviendo en tu mismo edificio, ella ya se iba a quedar a tu lado para siempre sin que tuvieras que mover un solo dedo.

—Madre, yo solo... —intenté justificarme, pero mi voz ronca falló.

—¡Cállate! —me interrumpió mi padre, girándose de golpe con un temperamento duro que me hizo ponerme firme—. Tu madre tiene razón. Mírala bien, es una mujer hermosa, linda, amable y cariñosa. Cambió su propia carrera en la universidad solo porque tú se lo pediste, dejó de lado a sus padres en cada Navidad para organizar nuestras cenas y tus fiestas de la firma, y estuvo contigo en cada maldito segundo protegiendo tu espalda en el negocio del armamento.

Perspectiva de la escena

Helena caminó hasta plantarse frente a su hijo mayor, obligándolo a levantar el rostro para sostenerle la mirada.

—Serías un imbécil si la dejas ir, Mark —sentenció su madre, con una pulcritud y una firmeza que no admitían réplicas—. Porque allá fuera, en el mundo real, hay muchos hombres valiosos que estarían encantados de tener a una mujer como Irina a su lado. Hombres que sí recordarían su cumpleaños, que sí sabrían a qué es alérgica y que la valorarían como se merece, no como una simple empleada eficiente a la que se le paga un sueldo.

Las palabras de sus padres entraron en el fuero interno de Mark como ráfagas de acero. El cortocircuito en su mente fue total. La imagen de Irina conociendo a otro hombre, sonriéndole a alguien más o permitiendo que otra anatomía que no fuera la suya la tocara, desató una posesividad primitiva y un pánico destructivo en su interior.

—Ella piensa que no me importa —mancillé con mi voz rota, mirando a mis padres con una urgencia crónica—. Piensa que solo la veo como mi asistente... pero ella es la dueña de mi vida. Soy un maldito inútil que no sabe hacer nada si ella no está.

—Pues vas a tener que dejar de ser un inútil, agarrar tu auto e ir a buscarla —concluyó su padre con un siseo gélido y definitivo—. Pídele perdón, bájate de tu pedestal de orgullo y demuéstrale que puedes ser el hombre que ella necesita, antes de que sea demasiado tarde.




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