Perspectiva de la escena
El viaje desde el centro de Moscú hacia la pequeña provincia donde residían los padres de Irina fue un trayecto cubierto por una densa capa de nieve y un silencio sepulcral. Mark Galkin conducía su deportivo negro con una fijeza destructiva. Sus manos grandes y tatuadas se aferraban al volante de cuero con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, imitando el frío gélido que azotaba el parabrisas.
A sus 34 años, el poderoso magnate del armamento ruso jamás se había sentido tan expuesto. Las palabras de sus padres continuaban martillando su mente con una pulcritud cortante: «Serías un imbécil si la dejas ir... allá fuera hay muchos hombres que quisieran una mujer como esa».
La sola idea de un rival, de un hombre desconocido descubriendo la calidez de Irina, cuidando de sus alergias o adueñándose de esa sonrisa limpia que durante años le había pertenecido en secreto, le provocaba un vuelco salvaje de rabia y un absoluto síndrome de abstinencia en su interior.
Mark
El motor del auto rugía con fuerza en la carretera solitaria, pero en mi interior el ruido era mucho peor. Me sentía como un maldito inútil. Repasé los barios años que llevábamos juntos, desde la universidad, y me asqueó mi propia ceguera. Ella había cambiado su carrera por mí; había dejado de pasar las Navidades con su propia familia para organizar mi caótica existencia y las fiestas de la firma, y yo solo le había pagado con indiferencia corporativa y un ramo de rosas genérico que casi la mata.
Detuve el auto de golpe frente a una pequeña casa de madera de estilo tradicional, rodeada de pinos cubiertos de nieve blanca. Era el hogar de los Kotov.
Apagué el motor y me miré en el espejo retrovisor. Mis ojos grises estaban inyectados en sangre y mi mandíbula permanecía tan rígida que me causaba dolor. Me bajé del vehículo sin importarme que el frío calara a través de mi abrigo de sastre negro. Caminé hacia la entrada con pasos firmes, pero con el corazón latiendo con una urgencia crónica que jamás había experimentado en los negocios de la mafia.
Irina
El olor a pan recién horneado y el calor de la chimenea de la casa de mis padres me estaban devolviendo la paz que había perdido en Moscú. Vestía un suéter de lana lila y sostenía una taza de té caliente entre mis manos, disfrutando de la primera tarde libre de tensiones ejecutivas en toda mi juventud.
De pronto, el sonido rústico y potente de un motor de lujo interrumpió la tranquilidad de la provincia. Mi madre miró por la ventana del salón y dejó escapar una exclamación de sorpresa.
—Irina, querida... hay un auto enorme en la entrada. Y viene un hombre muy alto hacia la puerta. Parece un modelo... o un mafioso de la capital.
Un vuelco salvaje de desconcierto me sacudió el pecho. Dejé la taza sobre la mesa con cuidado y caminé hacia el recibidor justo cuando tres golpes firmes y pausados resonaron en la madera noble de la puerta principal. Al abrirla, el aire helado de la tarde golpeó mi rostro, pero lo que verdaderamente me congeló la respiración fue ver la anatomía de 1.90 metros de Mark plantada en mi umbral, mirándome con una deidad rota y una fijeza desesperada que jamás creí ver en su arrogante rostro.
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Editado: 07.07.2026