Todo por ti, nada por mí

Capítulo 7: La confesión del gigante

Perspectiva de la escena

El marco de la puerta de los Kotov parecía demasiado pequeño para contener la imponente anatomía de Mark Galkin. Sus 1.90 metros de estatura, envueltos en un sastre oscuro de corte impecable, contrastaban fuero con la sencillez acogedora de la casa de provincia. El frío de la tarde se colaba en el recibidor, pero la verdadera helada provenía de los ojos de Irina, que mantenían una fijeza de acero.

Los padres de Irina salieron al pasillo con paso pausado. Su padre, un hombre de campo de mirada severa, barrió al magnate de Moscú con desconfianza, mientras su madre observaba el evidente desespero que marcaba el rostro del jefe de su hija. Mark, el hombre que manejaba un imperio de armamento sin parpadear, se quitó el abrigo negro, revelando sus brazos tatuados y una vulnerabilidad que jamás había mostrado.

Irina

Me crucé de brazos, apretando el tejido de mi suéter lila para ocultar el temblor de mis manos firmes. Verlo allí, con sus ojos grises inyectados en sangre y el cabello sutilmente desordenado por el viento, provocó un vuelco salvaje en lo más profundo de mi ser. Pero mi orgullo ya no iba a ceder ante su magnetismo autoritario.

—¿Se puede saber qué hace aquí, señor Galkin? —siseé con mi voz más pulcra y cortante—. Le recuerdo que estoy usando mis días de vacaciones acumulados. La firma y sus agendas no son mi problema esta semana.

Mark dio un paso al frente, ignorando la distancia rústica que nos separaba, y me miró con una urgencia crónica que me cortó la respiración.

—No vine por la firma, Irina. No me importa un demonio la empresa ni los contratos de transporte —mancilló con su voz más ronca, y su mandíbula se tensó al volverse hacia mis padres—. Buenas tardes, señores Kotov. Sé que soy un intruso en su hogar y que no tengo derecho a estar aquí, pero les ruego que me escuchen. Soy un perfecto imbécil.

Mark

Mirar a Irina y verla tan hermosa, tan limpia de la tensión ejecutiva de Moscú, me causó un vacío destructivo en el pecho. Sabía que sus padres me miraban como a un monstruo arrogante, y tenían toda la razón. Me tragué el orgullo de la dinastía Galkin y hablé con el corazón expuesto, sintiendo un verdadero síndrome de abstinencia al tenerla tan cerca y no poder tocarla.

—Vine a pedirte perdón, Irina —confesé, fijando mis ojos grises en los suyos con una devoción incontrolable—. Tus padres están aquí y quiero que lo escuchen: soy un tonto que se confió de la peor manera. Pensé que por tenerte a mi lado todos los días, resolviendo mi vida y organizando mi entorno, nunca te irías. Me acostumbré tanto a tu amabilidad y a tu cuidado que me volví un ciego.

Di otro paso, quedando a pocos centímetros de su silueta de 1.60 metros. Mis manos grandes temblaban sutilmente.

—Es verdad, no sabía nada de ti porque soy un egoísta. Pero no quiero seguir siendo ese inútil que no sabe hacer nada si no es contigo. No sé cómo llevar mi vida si tú no estás, Irina. Eres mi eje central, la dueña de mi cordura. Te pido que me des una sola oportunidad. Una oportunidad para enamorarla, señor Kotov —añadí, mirando a su padre—. Déjame quedarme en este pueblo. Quiero aprender qué le gusta, qué le molesta, qué la hace feliz y demostrarle que puedo ser el hombre que la valore, no su jefe. Por favor, no me dejes solo.

Irina me miró en silencio, y vi cómo una lágrima limpia corría por su mejilla, desarmando por completo el acero gélido de su mirada.




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