El silencio que se instaló en el recibidor de la casa de los Kotov tras la confesión de Mark fue denso. Dimitri Kotov, el padre de Irina, observó al gigantesco empresario de 1.90 metros con una fijeza analítica. Aunque la riqueza y el poder de Industrias Galkin eran evidentes en la pulcritud de la vestimenta de Mark, en esa pequeña provincia de Rusia los millones no servían para comprar el respeto de una familia unida.
Irina permanecía estática, con su silueta de 1.60 metros sutilmente temblorosa, procesando la imagen inédita de su jefe —el intocable playboy de la universidad— suplicando una oportunidad con los ojos inyectados en sangre. Su madre, Helena, suavizó su expresión al notar el dolor verídico en la voz del magnate, pero se mantuvo al margen, esperando la decisión del jefe de hogar.
Irina
El fuero interno me dio un vuelco salvaje al escuchar la contundente humildad en la voz de Mark. Jamás en todos mis años de sumisión voluntaria lo había visto despojarse de su temperamento duro de esa manera. Sin embargo, el recuerdo de sus chocolates genéricos y su ceguera crónica me mantenía a la defensiva.
Mi padre dio un paso al frente, rompiendo la distancia rústica, y clavó su mirada severa en el sastre Givenchy de Mark.
—Dice que es un inútil sin mi hija, señor Galkin —mancilló mi padre con una voz pausada y profunda—. En esta casa no nos importan sus cargamentos de armamento ni la pulcritud de sus oficinas en Moscú. Si usted quiere quedarse en este pueblo para demostrarle a Irina que puede verla como una mujer y no como una empleada eficiente, tendrá que ganárselo.
Mark se enderezó de inmediato, y la fijeza de sus ojos grises delató una urgencia crónica de aceptación.
—Ponga las condiciones que quiera, señor Kotov. Estoy dispuesto a todo —respondió con su voz más ronca.
—Bien. Mañana a las cinco de la mañana lo quiero aquí —sentenció mi padre con un siseo gélido y firme—. Se quitará ese traje caro y me ayudará con el mantenimiento de la madera y los establos. Si aguanta el trabajo de un hombre común sin usar su dinero como escudo, le permitiré hablar con Irina por las tardes. Si no, regresará a su penthouse y la dejará en paz para siempre.
Mark
Un vuelco salvaje de pura adrenalina y alivio me recorrió la anatomía al escuchar que no me estaban echando a patadas de la provincia. Miré a Irina, buscando una confirmación en sus ojos, pero ella mantuvo una deidad gélida, aunque una leve y limpia sonrisa de suficiencia se dibujó en la comisura de sus labios. Sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo, pero el miedo crónico a perderla me daba una fuerza indomable.
—Allí estaré, señor Kotov —afirmé con una pulcritud cortante, asintiendo con la cabeza—. Mañana a las cinco de la mañana verás que puedo ser más que un jefe arrogante.
Me coloqué de nuevo el abrigo negro con movimientos lentos y pausados, sosteniendo la fijeza de Irina por varios segundos más antes de darme la vuelta. Salí a la tormenta de nieve con el corazón latiendo con fuerza, listo para cambiar los contratos millonarios por el trabajo rústico de la provincia con tal de recuperar el control de mi vida real, que solo existía si ella estaba a mi lado.
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Editado: 07.07.2026