Todo por ti, nada por mí

Capítulo 9: El magnate en los establos

Perspectiva de la escena

A las cinco de la mañana, la provincia rusa era un páramo congelado donde el viento cortaba como navajas de acero. La noche anterior, Mark Galkin había tenido que comprar ropa de trabajo común en una pequeña tienda del pueblo. Sus imponentes 1.90 metros de estatura vestían ahora una pesada chaqueta de lona gruesa, botas rústicas para la nieve y vaqueros desgastados, un contraste absoluto con la pulcritud de sus habituales trajes de tres piezas.

Dimitri Kotov lo esperaba junto a los graneros con una pala en la mano y una fijeza analítica en sus ojos. No hubo saludos corteses ni consideraciones corporativas. El trabajo comenzó de inmediato: remover la nieve acumulada en los techos, cargar pesados fardos de paja para los animales y limpiar los establos bajo un frío gélido que entumecía los dedos en cuestión de minutos.

varios metros más allá, en la calidez de la casa principal, una silueta observaba la escena en silencio a través del cristal empañado.

Irina

Sostenía una taza de café humeante entre mis manos, sintiendo un vuelco salvaje de emociones contradictorias en mi fuero interno al mirar por la ventana. Ver a Mark Galkin —el hombre que controlaba el imperio de armamento más grande del país— cargando bloques de madera congelada con sus manos grandes y tatuadas me parecía una alucinación de la vida real.

Su anatomía fornida delataba el tremendo esfuerzo físico. El vaho blanco salía de su boca con varios jadeos pausados debido al cansancio crónico, y su cabello oscuro estaba cubierto por sutiles copos de nieve.

Mi padre no le estaba dando tregua, pero para mí absoluta sorpresa, Mark no protestaba. No había rastro de su habitual temperamento duro de playboy arrogante ni de su deidad gélida de jefe corporativo. Estaba soportando el castigo con una fijeza indomable, demostrando una sumisión que jamás creí ver en él. Una limpia mezcla de diversión, asombro y una antigua ternura comenzó a ablandar el acero de mi orgullo.

Mark

Cada músculo de mi cuerpo protestaba por el dolor rústico del esfuerzo, y el frío me quemaba los pulmones con una urgencia crónica. Limpié el sudor de mi frente con el dorso de mi guante áspero, sintiendo que estaba pagando con creces cada Navidad que obligué a Irina a trabajar en la firma. Esto no era una junta ejecutiva; era el mundo real, y era jodidamente duro.

Sin embargo, en medio del agotamiento, levanté la fijeza de mis ojos grises hacia la ventana de la casa. Allí estaba ella. Su silueta de 1.60 metros me miraba con fijeza. Al notar que la descubrí, no se apartó de inmediato; simplemente dio un sorbo a su taza y me dedicó una mirada pausada, limpia de la hostilidad del día anterior.

Ese simple segundo en que nuestros ojos se cruzaron disipó el cansancio y el síndrome de abstinencia de mi alma. Saber que ella me observaba me dio una fuerza verídica e incontrolable. Iba a terminar deberes que su padre me impusiera, iba a romperme las manos en este pueblo si era necesario, porque la obsesión que sentía por recuperarla era el único contrato definitivo que me importaba firmar.




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