Perspectiva de la escena
A las seis de la tarde, el sol ya se había ocultado por completo tras las montañas de la provincia, dejando paso a una noche cerrada y sumamente fría. Dimitri Kotov dio por terminada la extenuante jornada de trabajo. Con un asentimiento pausado y severo, el hombre reconoció el esfuerzo del magnate, permitiéndole entrar a la casa para resguardarse del temporal.
Mark se despojó de la pesada chaqueta de lona en el recibidor. Sus manos grandes, habitualmente impecables, lucían enrojecidas y con varios rasguños rústicos a causa del trabajo en el granero. A pesar del agotamiento físico, sus ojos grises recobraron de inmediato su fijeza implacable al ver a Irina esperándolo en la sala, junto a la chimenea que crepitaba con fuerza.
Irina
El silencio en la estancia era acogedor, roto solo por el sonido de la madera quemándose. Observé la anatomía fornida de Mark acercarse al fuego con movimientos un poco rígidos debido al cansancio. Me levanté de mi sillón, vistiendo un suéter lila, y le acerqué una taza de té de hierbas calientes, asegurándome de mantener una distancia prudente.
—Mi padre no es un hombre fácil, Mark —mancillé con voz suave y pausada, barriendo su aspecto desaliñado con una mirada limpia—. Pensé que saldrías huyendo a Moscú antes del mediodía en tu auto deportivo.
Mark tomó la taza, y el roce sutil de sus dedos firmes contra los míos provocó un vuelco salvaje en mi interior. Dio un sorbo largo y me miró con una devoción incontrolable que me desarmó por completo.
—Te dije que no me voy a ir, Irina —respondió con su voz más ronca—. Prefiero romperme la espalda en el granero de tu padre antes que regresar a ese penthouse vacío a volverme loco sin ti. No tenía idea de lo duro que es el trabajo aquí, pero es justo lo que merezco por haber sido tan ciego todos estos años.
Mark
Me senté en el suelo, cerca de la chimenea, apoyando mi espalda en la pared de piedra para aliviar el dolor de mis músculos. Miré hacia arriba, contemplando la silueta de 1.60 metros de Irina, que me observaba desde el sillón con una deidad gélida que poco a poco se iba derritiendo.
—Quiero cumplir mi promesa, Irina —confesé, fijando mis ojos grises en los suyos con una urgencia crónica—. Estoy harto de ser el inútil que solo te da órdenes. Háblame de ti. Quiero saber todo lo que dejé pasar por estar sumergido en mi propio orgullo de playboy. ¿Qué música te gusta escuchar cuando no estás revisando mis informes contables? ¿Cuál es tu comida favorita cuando no estás pidiendo mis cenas ejecutivas?
Irina guardó silencio por varios segundos, y una pequeña sonrisa verídica, libre de sumisión, apareció en sus labios.
—Me gusta el orden, Mark, por eso era tan eficiente contigo —siseé ella, cruzándose de piernas—. Pero me encanta la repostería clásica, el olor a vainilla y los pasteles de crema lila que mi madre hace en Navidad. Odio los restaurantes lujosos de Moscú porque la comida es fría y artificial. Y mi color favorito es el rosa pastel, no el negro de tus oficinas.
Cada palabra suya entró en mi mente como un contrato definitivo. Me dediqué a memorizar el sonido de su voz, dándome cuenta de que descubrir a la verdadera Irina Kotov era el negocio más valioso y candente de toda mi existencia.
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Editado: 07.07.2026