Todo por ti, nada por mí

Capítulo 11: El despertar de los celos

Perspectiva de la escena

Había transcurrido una semana desde la llegada del magnate a la provincia. La transformación física de Mark Galkin era evidente: el suntuoso sastre de sastre italiano había quedado sepultado bajo camisas de franela a cuadros, vaqueros gruesos y unas manos que ahora lucían las marcas del esfuerzo verídico. Dimitri Kotov ya no lo miraba con severidad destructiva; el viejo campesino respetaba la fijeza indomable con la que el joven de 34 años cumplía cada tarea rústica sin emitir una sola queja corporativa.

Sin embargo, el verdadero desafío de Mark no vendría del trabajo en la granja, sino del entorno social del pueblo.

Aquella tarde, el mercado comunal de la provincia estaba lleno de familias que se preparaban para las fiestas. Irina caminaba entre los puestos con una silueta ligera, vistiendo un abrigo color rosa pastel que resaltaba la pulcritud de su piel. A su lado, manteniendo sus 1.90 metros de estatura en una fijeza protectora, Mark cargaba las pesadas cajas de madera con las compras de la firma familiar, barriendo el lugar con sus ojos grises.

Mark

El frío de la tarde ya no me molestaba, pero el vuelco salvaje que dio mi sangre al llegar al puesto de verduras casi me hace destrozar la madera que llevaba en las manos.

Un tipo joven del pueblo, un rubio de facciones limpias y sonrisa arrogante llamado Hans, se acercó a Irina con una familiaridad que me encendió el alma de inmediato. Hans era el hijo de un hacendado local, un hombre del mundo real del campo que claramente conocía a Irina desde la universidad.

—Irina, qué alegría verte de regreso en la provincia —mancilló el tipo con una voz pausada, ignorando por completo mi anatomía fornida—. Escuché que habías dejado Moscú de forma definitiva. Hace varios años que esperaba este momento. Deberías acompañarme mañana a la cabaña del lago; podemos recordar los viejos tiempos.

Sentí un absoluto cortocircuito en el cerebro. La furia impulsiva de mis celos, esa misma que mis padres me habían advertido, emergió con un siseo gélido en mi interior. Di un paso al frente, anulando los centímetros de distancia, y planté mi imponente presencia justo al lado de Irina, obligando al tipo a levantar la mirada.

Irina

El cambio en la atmósfera fue rústico y demoledor. Hans dio un paso atrás, intimidado por la mirada asesina y los tatuajes que asomaban por las mangas de la camisa de Mark. Pude notar el temperamento duro de mi exjefe regresando de golpe, pero esta vez no era por un contrato de armamento defectuoso, sino por una posesividad limpia y absoluta hacia mí.

—La señorita Kotov está ocupada mañana, Hans —mancilló Mark con su voz más ronca y cortante, dejando la caja de madera en el suelo con un golpe seco—. Y no ha regresado a la provincia para buscar pretendientes de pacotilla. Está conmigo.

—Mark, por favor —lo interrumpí con un siseo pausado, aunque en mi fuero interno una oleada de satisfacción verídica me recorrió el pecho. Ver al gran playboy de Moscú perdiendo los estribos por puros celos provincianos era una delicia—. Hans solo estaba siendo amable.

—No me importa su amabilidad, Irina —respondió Mark, girándose hacia mí con una urgencia crónica en sus ojos grises—. No pasé una semana rompiéndome las manos en los establos de tu padre para dejar que cualquier aparecido intenté llevarte a un lago. Eres mi eje central, y no voy a permitir que nadie te aleje de mí ahora que por fin he aprendido a verte.

Hans murmuró una disculpa apresurada y desapareció entre la multitud del mercado. Miré a Mark a los ojos, descubriendo que, bajo su fachada de hombre rústico y cansado, el fuego de su obsesión crónica seguía más vivo que nunca, pero esta vez, estaba dispuesto a pelear por mí en el mundo real.




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