Todo por ti, nada por mí

Capítulo 12: La prueba de la vainilla

Perspectiva de la escena

La noche cayó sobre la provincia con una ventisca que golpeaba con fuerza los ventanales. Dentro de la casa de los Kotov, el ambiente era radicalmente opuesto. El aroma a leña quemada se mezclaba con una fragancia dulce y reconfortante que invadía cada rincón de la planta baja.

Irina se encontraba en la cocina espaciosa, un lugar que consideraba su verdadero santuario cuando estaba lejos del estrés de las oficinas de Moscú. Con un delantal lila ajustado a su silueta de 1.60 metros, manejaba los utensilios con una gracia pulcra, muy alejada de las carpetas y los informes de contabilidad.

En el umbral de la puerta, la enorme anatomía de Mark Galkin permanecía estática. Sus 1.90 metros se apoyaban contra el marco de madera, con sus ojos grises fijos de forma implacable en cada movimiento pausado de la mujer que le había robado el sueño y el orgullo.

Irina

Sentía la fijeza de su mirada clavada en mi espalda como una corriente de calor verídico. Saqué del horno una bandeja con galletas recién horneadas, dejando que el aire se inundara con un potente olor a vainilla. Me giré despacio, limpiando mis manos firmes, y lo miré con una expresión serena, midiendo mis palabras.

—Huelen de maravilla, Irina —mancilló Mark con su voz más ronca, dando un paso corto hacia la mesa, rompiendo la distancia rústica—. Huele exactamente a lo que me dijiste el otro día junto al fuego.

Sonreí para mis adentros, pero mantuve mi postura firme. Tomé una de las galletas decoradas con un glaseado rosa pastel y caminé hacia él.

—Quiero ver si es verdad que tu memoria es tan buena para los detalles de mi vida como lo es para los contratos de armamento de la firma, Mark —siseé con un tono suave pero desafiante—. Preparé dos lotes de dulces. Uno es de vainilla pura y el otro tiene una base ligera de extracto de cacao y chocolate amargo. Dime cuál es el mío. Si fallas, empaques tus maletas y regresas a Moscú mañana mismo.

Mark

Un vuelco salvaje de pura adrenalina me sacudió el pecho. La fijeza de mi mirada descendió hacia la galleta que sostenía entre sus dedos limpios y luego subió hacia sus ojos. Sabía que esta no era una broma ordinaria; era el contrato definitivo para ganarme su confianza en el mundo real.

Recordar el día de su cumpleaños número 27, el maldito ramo de rosas y la caja de chocolates genéricos que casi la matan por su alergia crónica, me generó un frío gélido en el estómago. Me acerqué por completo, anulando los pocos centímetros que nos separaban, hasta sentir el calor de su anatomía.

Tomé la galleta de su mano con una pulcritud extrema, asegurándome de que mis dedos tatuados rozaran su piel suave. La acerqué a mi nariz y aspiré el aroma: era vainilla pura, dulce y limpia, sin el más mínimo rastro de amargura.

—Este es tu lote, Irina —afirmé con una firmeza indomable y una urgencia crónica en mis ojos grises—. Jamás volvería a poner una pizca de chocolate amargo cerca de tus labios, ni un pétalo de rosa en tu entorno. Memoricé cada palabra que me dijiste. Sé que odias la opulencia artificial y que tu color es este rosa pastel que llevas ahora. No soy el mismo inútil de la semana pasada. Estoy aquí para demostrarte que puedo cuidar de ti mejor que nadie.

Irina soltó un suspiro pausado y sus ojos se iluminaron con una deidad limpia. La deidad del orgullo cedió por completo, y por primera vez en varios años, vi en su rostro la entrega absoluta de la mujer que me amaba en silencio




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