Perspectiva de la escena
Faltaban solo unos días para la gran noche de Navidad y la provincia se había transformado en un escenario de postal invernal. En el interior de la casa de los Kotov, la calidez era absoluta. Las cajas con decoraciones tradicionales, esferas de cristal y guirnaldas de pino natural inundaban el suelo de la sala de estar.
Mark Galkin se movía por el espacio con una soltura que nadie habría imaginado semanas atrás. Sus 1.90 metros de estatura resultaban sumamente útiles para alcanzar las vigas más altas del techo de madera. Vestido con una cómoda camisa de franela oscura y con sus brazos tatuados al descubierto, desenredaba una larga serie de luces con paciencia.
Desde la entrada de la cocina, Irina lo observaba con una mirada serena. Su silueta de 1.60 metros, envuelta en un cómodo suéter, delataba que el muro de hielo que había construido para protegerse se estaba desmoronando ante la constancia del magnate.
Irina
Ver a Mark subido en una pequeña escalera de madera, concentrado en colocar una estrella brillante en lo alto del árbol, provocó un vuelco salvaje en mi interior. Recordé las Navidades pasadas en Moscú, cuando yo pasaba noches enteras sin dormir coordinando los banquetes corporativos de la firma, mientras él ni siquiera notaba mi ausencia en su mesa. Ahora, el hombre que controlaba un imperio de armamento estaba aquí, con las manos ásperas por el trabajo del campo, esmerándose en colgar adornos solo para hacerme feliz.
—Te vas a caer si sigues estirándote de esa manera, Mark —mancillé con una voz suave y pausada, caminando hacia la base del árbol.
Mark se giró con lentitud y descendió los escalones con movimientos firmes, acortando la distancia que nos separaba hasta que su imponente anatomía quedó a escasos centímetros de la mía. Sus ojos grises brillaban con una fijeza indomable.
—No me voy a caer, Irina —respondió con su voz más ronca y madura—. Y si me caigo, sé que estás aquí. Por primera vez en mi vida real, siento que estoy haciendo algo que vale la pena. Decorar este árbol contigo significa más que cualquier cierre de contrato millonario en la capital.
Mark
La cercanía de Irina y el sutil aroma a vainilla que desprendía su piel me causaron una profunda agitación en el pecho, pero esta vez no era por la rabia impulsiva de los celos, sino por una devoción pura y contenida. Sostuve una pequeña esfera de color rosa pastel entre mis dedos grandes y se la extendí, buscando la pulcritud de su mirada.
—Quiero que coloques esta tú —confesé, fijando mis ojos en los suyos con una urgencia crónica—. Es de tu color favorito. Tus padres me dijeron hace un momento que hace muchos años no te veían sonreír de esta manera en Navidad. Me dolió el alma recordar que fui yo quien te robó todas esas celebraciones en el pasado.
Irina tomó la esfera, y el roce pausado de nuestras manos encendió una electricidad verídica en el ambiente. Ella colgó el adorno en una de las ramas centrales y luego regresó su fijeza hacia mí.
—Has cambiado mucho en estas semanas, Mark —siseó ella con un hilo de voz limpia, y por primera vez, no hubo deidad gélida en sus palabras—. Mi padre dice que eres el trabajador más obstinado que ha tenido en el granero.
—Cualquier esfuerzo es poco si el premio es recuperar tu confianza, Irina —afirmé con una pulcritud absoluta, acariciando sutilmente un mechón de su cabello—. No soy el mismo hombre ignorante que te dio un regalo genérico. Estoy aprendiendo a conocerte, y te juro que no voy a parar hasta que sientas que tu vida está completa a mi lado.
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Editado: 07.07.2026