Todo por ti, nada por mí

Capítulo 14: La interferencia de la capital

Perspectiva de la escena

La víspera de la gran cena de Navidad amaneció con un silencio majestuoso sobre la provincia. La nieve cubría los caminos con una pulcritud total, y el humo de la chimenea de la casa de los Kotov subía de manera pausada hacia el cielo gris. En el interior, la mesa del comedor ya lucía manteles elegantes y los preparativos para el banquete familiar avanzaban a buen ritmo.

Sin embargo, la paz del entorno rural se vio interrumpida a media mañana por el sonido estridente de un teléfono de alta gama. Era el dispositivo corporativo de Mark, el cual había permanecido silenciado en el fondo de su maleta desde su llegada. Al ver la pantalla encendida, la fijeza de los ojos grises del magnate se tornó sombría. El nombre de su hermano Aleksei destellaba con insistencia, exigiendo atención inmediata desde las oficinas centrales de Industrias Galkin en Moscú.

Mark

Salí al porche de madera de la casa, cubierto con mi abrigo oscuro, para no perturbar la tranquilidad del salón donde Irina ayudaba a su madre. Contesté la llamada con un siseo gélido y tajante.

—Más te vale que sea una emergencia de vida o muerte, Aleksei —mancilló con mi voz más ronca, sintiendo una opacidad inmediata en el pecho ante la mención de la firma.

—Lo es, hermano —respondió la voz de Aleksei, cargada de una agitación crónica—. El consorcio de transporte de aduanas retuvo el último cargamento de armamento de la temporada. Exigen tu firma autorizada en los contratos de seguridad y una junta de urgencia por videoconferencia hoy mismo antes de que cierre el año fiscal. Te necesitamos en la capital, Mark. Sin ti y sin el orden contable, todo esto se va a congelar.

Miré a través del cristal de la ventana. Irina estaba allí, sonriendo con una luz limpia mientras acomodaba unas flores lila en el centro de la mesa. Recordar la sumisión con la que ella solía resolver estas llamadas en el pasado, dejando de lado sus propias navidades por mí, me provocó un vuelco salvaje de determinación en mi fuero interno.

—No voy a regresar a Moscú, Aleksei —afirmé con una pulcritud cortante y definitiva—. Tampoco voy a atender ninguna junta de urgencia hoy. La firma de transporte tendrá que esperar hasta que pasen las fiestas. Ya no soy el inútil que destruye su propia vida real por una transacción comercial. Resuélvelo tú o déjalo caer. Mi lugar está aquí.

Irina

Había salido al recibidor para buscar unas velas adicionales cuando escuché los varios fragmentos de la conversación de Mark en el porche. Al verlo entrar de nuevo, con su anatomía de 1.90 metros sutilmente tensa, pero con la mirada fija e implacable puesta en mí, mi corazón dio un vuelco salvaje.

En otras épocas, él ya estaría ordenando sus maletas y exigiéndome que preparara los informes contables para salir de inmediato en el auto deportivo hacia la capital.

—¿Pasa algo en la empresa, Mark? —le pregunté con voz pausada, cruzándome de brazos, pero con una deidad ya sin rastro de frialdad—. Escuché que Aleksei te llamaba con urgencia.

Mark se acercó a mí con pasos firmes, eliminando la distancia rústica que nos separaba hasta que sus manos firmes y tatuadas tomaron con extrema delicadeza mis hombros.

—No pasa nada que me importe más que tú, Irina —confesó con una urgencia crónica en sus ojos grises—. Aleksei quería que regresara por un contrato de armamento. Pero el único contrato definitivo que me interesa en esta vida es el que tengo contigo. Hoy es tu Navidad con tu familia, la que te robé durante tantos años, y nada en este mundo me va a apartar de tu lado.

Una lágrima limpia de puro alivio y felicidad corrió por mi mejilla. El jefe arrogante de la universidad había desaparecido por completo; frente a mí estaba el hombre verídico que estaba dispuesto a dejar caer su imperio con tal de no perder mi amor.




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