Todo por ti, nada por mí

Capítulo 16: Fuego bajo el invierno

Perspectiva de la escena

La medianoche llegó acompañada de un silencio absoluto fuera de la casa. Tras despedirse de los padres de Irina, Mark y ella caminaron hacia la pequeña cabaña de huéspedes situada al fondo de la propiedad. El frío gélido de la provincia no lograba apagar la electricidad latente que se había acumulado entre ambos durante la cena.

En cuanto la puerta de madera se cerró detrás de ellos, dejando fuera la ventisca, el ambiente se tornó sofocante. No encendieron las luces; solo el resplandor de la luna reflejada en la nieve entraba por los ventanales. La imponente anatomía de Mark, con sus 1.90 metros, se plantó frente a Irina, bloqueándole el paso. Sus ojos grises, fijos e implacables, brillaban con una fijeza oscura y devoradora, cargada de una urgencia crónica que ya no pensaba contener.

Mark

Ver la silueta de 1.60 metros de Irina recortada bajo la luz plateada, vistiendo ese vestido lila que se ceñía a sus curvas, me provocó un cortocircuito definitivo en el cerebro. El síndrome de abstinencia de tenerla cerca sin poder tocarla durante semanas me había llevado al límite. Ya no era el jefe arrogante de la firma, sino un hombre hambriento y posesivo reclamando su mundo real.

Anulé los pocos centímetros de distancia rústica y la acorralé contra la madera de la puerta cerrada. Mis manos grandes y tatuadas, ahora ásperas por el trabajo, se enterraron en su cabello oscuro, obligándola a levantar el rostro.

—No tienes idea de lo que ha sido mirarte cada día, Irina —mancillé con mi voz más ronca, con la respiración entrecortada golpeando sus labios—. Verte sonreír, oler tu vainilla y no poder devorarte. Me estoy volviendo loco.

No esperé una respuesta. Bajé mi boca con una fijeza destructiva, atrapando sus labios en un beso rústico, hambriento y profundo que me devolvió el alma al cuerpo. Ella soltó un jadeo pausado contra mi boca que solo incrementó mi posesividad primitiva. Mis manos descendieron por la pulcritud de su cuello, delineando su anatomía hasta aferrarme con fuerza a su cintura, pegándola por completo a mi cuerpo fornido para que sintiera lo mucho que la deseaba.

Irina

El contacto rústico de su piel contra la mía desató un vuelco salvaje en lo más profundo de mi ser. El acero de mi orgullo se derritió por completo, transformándose en una sumisión ardiente que yo misma deseaba experimentar. Sentir la imponente anatomía de Mark presionándome contra la puerta y la firmeza de sus brazos tatuados sosteniéndome me devolvió una fuerza indomable.

Gemí entre sus labios, enredando mis dedos limpios en su cabello oscuro, tirando de él para profundizar un beso que sabía a posesión y fuego. Mark bajó sus besos ardientes por mi mandíbula hasta enterrar su boca en mi cuello, mordiendo sutilmente la piel sensible, lo que me hizo arquear la espalda con una urgencia crónica.

Mis manos bajaron por sus hombros anchos, desgarrando los botes de su camisa oscura para buscar el calor verídico de su pecho tatuado. El contraste de sus manos grandes y ásperas despojándome lentamente del tejido lila de mi vestido me erizó la piel. No había timidez; cada caricia suya era una declaración implacable de que me pertenecía en el fuero interno y en el mundo real.

Mark me levantó del suelo con una pulcritud asombrosa, obligándome a rodear su cintura con mis piernas mientras me conducía a la cama en penumbras. En esa noche de Navidad, el frío de la provincia desapareció por completo, sepultado bajo el fuego candente de una pasión que nos unió de forma definitiva, libre de contratos corporativos y llena de una entrega absoluta.




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