Perspectiva de la escena
La mañana del veinticinco de diciembre amaneció con una claridad radiante sobre la provincia. El sol se reflejaba en los campos cubiertos de nieve fresca, creando un destello blanco que iluminaba los ventanales de la cabaña de huéspedes. En el interior, la chimenea aún mantenía varios leños encendidos, esparciendo un calor reconfortante que contrastaba con el gélido ambiente exterior.
Sobre la cama de madera, envueltos en gruesas mantas, la anatomía de Mark y la de Irina descansaban en un silencio pacífico. El magnetismo autoritario del magnate se había transformado en una fijeza protectora absoluta. Con sus 1.90 metros de estatura, mantenía a Irina resguardada contra su pecho tatuado, como si temiera que el mundo real pudiera arrebatársela en cualquier segundo.
Irina
Me desperté sintiendo el calor verídico del cuerpo de Mark rodeándome. El aroma a vainilla de mi piel se mezclaba de forma deliciosa con el olor rústico a madera y el perfume varonil de mi exjefe. Al abrir los ojos, me topé de inmediato con la fijeza de sus ojos grises; él ya estaba despierto, observándome con una deidad limpia de arrogancia y llena de una devoción incontrolable.
—Buenos días, mi asistente eficiente —mancilló Mark con su voz más ronca y pausada, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios, depositando un beso tierno en mi frente.
—Ya no soy tu asistente, señor Galkin —siseé con un tono suave y juguetón, enredando mis dedos limpios en el vello de su pecho tatuado—. Le recuerdo que sigo de vacaciones.
Mark soltó una carcajada baja que vibró en su pecho fornido, pero de inmediato su expresión se tornó seria, y un vuelco salvaje de emoción contenida dominó su mirada. Se sutilmente incorporó en la cama, obligándome a mirarlo con fijeza.
—Tienes razón, Irina. No quiero que vuelvas a ser mi asistente jamás —confesó con una urgencia crónica en su voz—. Estos días en el pueblo de tus padres me hicieron entender que tener un imperio de armamento no vale nada si tú no estás en el centro de él. Me bajé de mi pedestal de orgullo porque me di cuenta de que eres mi eje central, la dueña de mi cordura.
Mark
El corazón me latía con una urgencia que jamás había experimentado en ninguna junta ejecutiva de Moscú. Me estiré hacia la mesa de noche de madera rústica y tomé una pequeña caja de terciopelo que traía oculta en mi equipaje desde el primer día. Al abrirla, un anillo de oro blanco con un diamante de corte limpio brilló bajo la luz del alba.
Tomé su mano firme, admirando la pulcritud de sus dedos limpios, y fijé mis ojos grises en los suyos.
—No te pido que vuelvas a la firma a organizar mis agendas, Irina —mancillé con mi voz rota por la emoción—. Te pido que regreses a Moscú como mi esposa, como la dueña absoluta de mi vida y de mi imperio. Quiero pasar el resto de mi juventud demostrándote que puedo memorizar cada detalle tuyo, cuidando tus alergias y amándote en el fuero interno y en el mundo real. ¿Quieres casarte conmigo?
Irina guardó un silencio pausado, y vi cómo una lágrima limpia de pura felicidad corrió por su mejilla. El acero de su antiguo dolor desapareció por completo. Con un suspiro verídico, ella asintió con la cabeza, permitiendo que una hermosa sonrisa iluminara su rostro de 1.60 metros.
—Sí, Mark. Sí quiero —siseé ella, y de inmediato se abalanzó sobre mi anatomía, sellando el contrato definitivo de nuestras vidas con un beso apasionado y lleno de futuro.
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Editado: 07.07.2026