“En una mañana de verano, en Florida Estados Unidos, en el Universidad Privado Ramon Juárez, los alumnos de la clase N° 38 se prepara para la excursión de inicio de año, mientras la profesora Mirian Smith hace los grupos para la distribución de habitaciones. En el interior del transporte escolar, los alumnos comenzaban a acomodarse mientras el murmullo general llenaba el ambiente. La profesora Miriam Smith revisaba una carpeta con la lista de habitaciones cuando, a unos pocos asientos de distancia, dos voces sobresalían por encima del resto.”
—Deja de actuar como si fueras invencible, Alexander —dijo Lexi con evidente irritación—. Ganaste un solo partido y ya te crees superior. Si jugáramos diez veces más, te aseguro que yo ganaría la mayoría.
Alexander giró lentamente el rostro hacia ella, apoyando el brazo en el respaldo del asiento con una sonrisa ladeada, cargada de arrogancia.
—Curioso —respondió—, porque el marcador solo mostró un ganador. Y no fuiste tú. A mí no me interesa cuántas excusas tengas, solo el resultado final.
Lexi apretó los dientes. Sentía cómo la sangre le hervía; no soportaba perder, y mucho menos que alguien se lo recordara con tanta suficiencia.
—Hablas mucho para alguien que solo ganó porque no sabe competir limpiamente —replicó—. Provocar a tu rival durante un partido es jugar sucio, aunque te cueste admitirlo.
Antes de que Alexander pudiera responder, la voz firme de la profesora Smith cortó el ambiente.
—¡Ustedes dos! —alzando la voz—. O dejan de discutir ahora mismo o los mando a compartir habitación. Quizá así aprendan a convivir.
Ambos ignoraron la advertencia, demasiado concentrados en no ceder ni un centímetro.
—Si te desconcentraste por un comentario, ese no es mi problema —dijo Alexander encogiéndose de hombros—. Los verdaderos competidores no se quiebran tan fácil.
Lexi se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz, pero cargándola de veneno.
—No confundas sangre fría con arrogancia. Algún día te voy a demostrar que no eres tan bueno como crees.
La profesora Smith cerró la carpeta de golpe.
—¡Señorita Thompson! ¡Señor Thorne! Es suficiente —dijo con tono severo—. Ya tomé una decisión. Compartirán habitación durante toda la excursión. Tal vez así se les quite esa absurda necesidad de competir por todo.
Un murmullo general recorrió el bus. Lexi abrió los ojos con incredulidad, mientras Alexander arqueaba una ceja, sorprendido, pero sin borrar del todo su sonrisa.
—Ahora —continuó la profesora—, todos permanezcan en silencio. Tenemos tres días largos por delante y no pienso tolerar más comportamientos infantiles.
El transporte retomó su camino. Lexi cruzó los brazos, mirando por la ventana con el ceño fruncido. No estaba dispuesta a ceder ni ahora ni después.
—No creas que esto cambia algo —murmuró, asegurándose de que solo Alexander la oyera—. Sigues siendo mi rival. Y no pienso dejar que ganes ni dentro ni fuera de la cancha.
Alexander inclinó levemente la cabeza hacia ella, divertido.
—Perfecto —susurró—. Porque perder nunca fue una opción para mí.
Ambos desviaron la mirada, convencidos de una sola cosa: ninguno pensaba dar el brazo a torcer.
Horas más tarde, el transporte escolar finalmente se detuvo frente al hotel del complejo. Los estudiantes comenzaron a descender entre estiramientos, bostezos y comentarios excitados por el lugar. El edificio era imponente, moderno, y para muchos representaba el inicio real del viaje.
La profesora Smith se colocó al frente del grupo antes de que el entusiasmo se desbordara.
—Muy bien, jóvenes —dijo con voz firme—. Diríjanse a la recepción para que les asignen sus habitaciones. Y quiero dejar algo muy claro desde ahora: nada de comportamientos inapropiados, discusiones o lenguaje vulgar. No pienso tolerarlo. ¿Entendido?
—Sí, profesora —respondieron varios al unísono, con evidente cansancio.
Lexi avanzó junto a Alexander sin mirarlo siquiera. No necesitaba hacerlo para sentir su presencia; era como si competir con él se hubiera vuelto automático, incluso al caminar.
Mientras recibían las llaves, la profesora Smith los observaba de reojo, especialmente a ellos dos.
—Treinta minutos para acomodarse —anunció—. Luego los quiero a todos en el comedor para el almuerzo.
Lexi tomó la tarjeta de la habitación con rapidez y la revisó.
—Genial… —murmuró con sarcasmo—. Habitación compartida. Justo lo que necesitaba para arruinar el día.
Alexander soltó una leve risa.
—Relájate —dijo mientras caminaba hacia el ascensor—. No será tan terrible. Aunque claro, supongo que no estás acostumbrada a no tener todo bajo control.
Lexi se detuvo un segundo, lo miró de reojo y luego siguió caminando.
—No te confundas —respondió—. Si esto sale mal, no será porque no pueda manejarlo, sino porque me pusieron a convivir contigo.
Una vez dentro de la habitación, el silencio duró apenas unos segundos. Lexi dejó su bolso sobre la cama más cercana a la ventana, marcando territorio sin decir una palabra.
—Escúchame bien —dijo finalmente, girándose hacia él—. No quiero problemas. No toques mis cosas, no cruces tu lado y, sobre todo, no intentes provocarme.
Alexander dejó su mochila sobre la otra cama y comenzó a acomodar sus cosas con tranquilidad exagerada.
—Tranquila, princesa —respondió sin mirarla—. No tengo ningún interés en tus cosas. Ni en ti, para ser sincero.
Lexi frunció el ceño.
—Más te vale. Porque no pienso perder la calma por alguien como tú.
Alexander levantó la vista por primera vez, con una sonrisa desafiante.
—Eso suena más a una promesa que a una advertencia.
Lexi dio un paso hacia él, pero se detuvo antes de que la discusión escalara.
—Quiero ducharme —dijo con frialdad—. Sal de la habitación.
Alexander se encogió de hombros.
—Como quieras. No necesito estar acá para ganar esta pequeña guerra.