—Hola, hija. ¿Cómo están?
La voz de mi suegra sonó cálida al otro lado del teléfono, arrancándome una sonrisa.
Y no, no lo digo con ironía. Amo a mi suegra.
Muchas personas se quejan de las suyas, pero yo tuve la suerte de encontrar en ella algo que jamás había tenido: una madre. A veces creo que me enamoré primero de la familia de mi esposo y después de él.
Pero para que entiendan por qué valoro tanto a esas personas, tengo que contarles un poco sobre mí.
Fui abandonada al nacer.
Mis padres me dejaron en un orfanato cuando apenas había llegado al mundo. De ellos solo conservé una pequeña cadena de oro: un osito que sostenía un corazón grabado con una letra A.
Durante años imaginé cientos de historias sobre mis padres. Quizás eran demasiado jóvenes. Quizás la vida los había obligado a tomar una decisión dolorosa. Quizás me habían amado y me habían dejado ir porque no tenían otra opción.
La realidad fue mucho más cruel.
Nunca me adoptaron. Era una niña enfermiza y pocos estaban dispuestos a asumir la responsabilidad de cuidar de alguien tan frágil. Así crecí, viendo cómo otros niños encontraban un hogar mientras yo permanecía en el mismo lugar.
Cuando cumplí la mayoría de edad y abandoné el orfanato, decidí buscar respuestas.
Quería saber quién era.
Quería saber por qué nadie me había querido.
Lo que descubrí destruyó todas mis ilusiones.
Mi madre provenía de una familia adinerada. Mi padre era el hijo del socio de mi abuelo. Habían tenido una relación que ninguno de los dos deseaba convertir en algo serio, y cuando apareció el embarazo, tampoco me quisieron a mí.
Planeaban deshacerse del problema.
De mí.
Sin embargo, los abuelos que nunca conocí tenían otros planes.
Cuando descubrieron el embarazo obligaron a mis padres a casarse bajo amenaza de desheredarlos. Querían que yo naciera dentro de una familia, aunque fuera una construida a la fuerza.
Mis padres aceptaron... pero nunca me quisieron.
El día que nací sobornaron al médico para que declarara mi muerte.
Mientras mis abuelos lloraban a una nieta que creían perdida para siempre, yo era trasladada a un orfanato.
Lo más doloroso fue descubrir que mis abuelos sí me habían esperado con ilusión.
Mi abuela materna cayó en una profunda depresión cuando le dijeron que había muerto. Según me contaron, durante meses apenas pudo levantarse de la cama.
A veces me preguntaba cómo habría sido mi vida si hubiera podido conocerla.
Pero ya era demasiado tarde para cambiar el pasado.
Ellos creían que estaba muerta y yo no quería convertirme en una tormenta capaz de destruir la paz que les quedaba.
Así que seguí adelante.
Conseguí un trabajo.
Obtuve una beca.
Estudié veterinaria.
Y entonces apareció Gerardo.
Todavía recuerdo la primera vez que lo vi. Tenía una sonrisa amable y unos ojos capaces de transmitir tranquilidad con solo una mirada.
Me enamoré antes de darme cuenta.
Y, para mi sorpresa, su familia también me abrió las puertas de su corazón.
Sus padres me recibieron como a una hija.
Su hermano me trató como a una hermana.
Por primera vez en mi vida sentí que pertenecía a algún lugar.
Por primera vez tuve una familia.
Luego de un año de noviazgo, la etapa más feliz de mi vida, llegó todavía más felicidad cuando Gerardo me pidió matrimonio durante un romántico día de campo. Seis meses después nos casamos.
Aunque todo sucedió muy rápido y mi vida cambió por completo, no me arrepiento de ninguna de las decisiones que tomé. Amo profundamente a mi esposo y estos dos años de matrimonio han sido los más hermosos de mi vida.
—Bien, mamá. ¿Cómo está usted? —pregunté mientras removía la salsa de los espaguetis a la boloñesa.
Estaba terminando de preparar la cena antes de que Gerardo llegara del trabajo. Era su plato favorito, una receta que me había enseñado mi suegra.
—Acá estoy bien, hija. Mi corazón está tranquilo gracias a las medicinas.
Mi suegra padecía problemas cardíacos, por eso toda la familia la cuidaba con especial atención. Evitábamos que se alterara o se preocupara demasiado. Aunque el médico aseguraba que estaba fuera de peligro, ninguno quería correr riesgos.
—Me alegra escuchar eso. Tiene que cuidarse mucho. ¿Cómo está mi viejito? ¿Y mi hermanito?
Miré el reloj. Faltaban veinte minutos para que Gerardo llegara, así que empecé a acomodar la mesa.
Se había convertido en una rutina diaria.
Sin embargo, últimamente algo había cambiado. Desde hacía meses llegaba tarde a casa. No era desconfianza lo que sentía, sino preocupación. Con tantas cosas que podían pasar en la calle, no podía evitar imaginar accidentes o problemas.
—Acá no me dejan hacer nada —se quejó mi suegra con diversión—. Son casi tan pesados como vos, Amelia. Justamente estábamos pensando que, como mi hijo está trabajando demasiado, podríamos ir a la cabaña familiar y pasar allí una semana. Total, Gerardo puede permitirse unas vacaciones. Para algo es el dueño de la empresa.
La propuesta me pareció maravillosa.
Últimamente Gerardo trabajaba más de lo normal y regresaba de mal humor casi todos los días. Un descanso le vendría muy bien.
—¡Sí, sería fantástico!
Pasamos varios minutos organizando los detalles. Cuando terminamos la llamada, ya habíamos decidido que viajaríamos al día siguiente.
La emoción me acompañó durante un buen rato.
Pero cuando llegó la hora habitual en la que Gerardo regresaba del trabajo y no apareció, comprendí que nuevamente tendría que quedarse hasta tarde.
Suspiré.
Pobre.
Se esforzaba demasiado.
No entendía cómo podía soportar tantas horas de trabajo sin agotarse. Me preocupaba que un día terminara enfermándose.
Pensé en llamarlo, pero descarté la idea enseguida. La última vez se había molestado porque, según me explicó, estaba resolviendo un asunto importante y lo había interrumpido.