Al día siguiente desayunamos y emprendimos viaje hacia la cabaña. Decidimos que cada uno viajaría por separado y que nos encontraríamos allí.
Lo bueno de ese lugar era que era tranquilo, apartado de la ciudad y, lo mejor de todo, no había señal telefónica, así que no tendríamos distracciones, especialmente mi marido.
Gerardo iba un poco serio y parecía querer decirme algo, pero para no irritarlo no le pregunté nada.
Encendí el estéreo para escuchar algo de música durante el viaje. A él le gustaba el rock y a mí las baladas románticas. Cuanto más antiguas, mejor. Me encantaban cantantes como Ricardo Montaner, Ricardo Arjona y otros artistas similares.
Como teníamos gustos tan diferentes, el reproductor estaba configurado para alternar nuestras canciones favoritas. Después de algunas canciones de rock comenzó a sonar una balada romántica de Ricardo Montaner.
Sonreí al reconocerla de inmediato.
Era una de mis canciones favoritas y me sabía la letra de memoria, así que empecé a cantarla mientras conducía por la carretera.
Él me miraba de reojo y sentí que me enamoraba todavía más. Lograba que mi corazón latiera con la misma fuerza que la primera vez que nos vimos.
—Me encanta tu voz. Me da una paz increíble.
Siempre me decía lo mismo cuando cantaba. Incluso recordé que, cuando éramos novios, solía poner únicamente baladas románticas porque decía que estaba enamorado de mi voz.
Una vez, mientras paseábamos por un parque, me pidió que le cantara. Me daba muchísima vergüenza, así que para animarme empezó a cantar él primero. Y no es por ofender, pero tenía una voz terrible.
Al final terminé cantando yo también y fue uno de los momentos más divertidos que compartimos juntos.
El resto del camino transcurrió en silencio, pero ya no existía aquella tensión incómoda del principio.
Cuando llegamos a la cabaña, vi el auto de mi cuñado estacionado frente a la entrada. En la puerta estaban todos esperándonos.
Bajé rápidamente del vehículo y corrí a abrazar a mi suegra.
—¡Mami! ¿Cómo estás? Te extrañé mucho.
Ella me devolvió el abrazo y luego depositó un beso cariñoso sobre mi frente.
Mis suegros siempre me habían contado que deseaban tener una hija. Sin embargo, después del embarazo de Ernesto, mi suegra desarrolló una afección cardíaca que volvió muy peligroso cualquier otro embarazo. Por recomendación médica, mi suegro decidió realizarse una vasectomía. Según él, era mejor prevenir que lamentar, especialmente porque su esposa era demasiado impulsiva para cuidarse sola.
—Yo también te extrañé, mi fresita. Por culpa de ese hijo ingrato mío me tenés un poco abandonada.
Sabía que lo decía en broma. Ella conocía perfectamente cuánto amaba a su hijo y que no me importaba dedicarle todo mi tiempo.
—¿Y para mí no hay abrazo?
Sonreí y me separé de mi suegra para correr hacia mi suegro.
Sin duda era uno de los hombres más protectores que había conocido.
Todavía recordaba el día en que Gerardo y yo comenzamos a salir. Sin importarle que fuera su propio hijo, lo amenazó con darle una paliza si alguna vez me rompía el corazón.
Aquella escena me había hecho reír muchísimo.
Por primera vez experimenté esa sensación de tener una familia que me cuidaba y protegía.
—Claro que sí, mi viejito celosín.
Me recibió con uno de sus famosos abrazos de oso.
No tenía dudas de que me quería como a una hija.
Y yo lo quería como al padre que nunca tuve.
Fue él quien me acompañó hasta el altar el día de mi boda. Incluso hizo sufrir a Gerardo diciéndole que intentaría convencerme de dejarlo plantado frente al sacerdote.
Obviamente era una broma.
Pero mi esposo pasó horas creyendo que hablaba en serio.
Tanto mi suegro como mi suegra tenían un talento especial para la actuación.
—Oye, ¿por qué yo siempre soy el último?
La voz de mi cuñado me hizo girar.
Corrí hacia él y me lancé a sus brazos.
—Porque sos un llorón.
—Qué guapa estás, cuñadita.
Muchas personas podían malinterpretar nuestra confianza, pero entre nosotros solo existía cariño fraternal.
Además, él seguía profundamente enamorado de la mujer que había sido su novia y que había fallecido hacía poco tiempo.
Aunque nunca se lo decía, yo tenía la sensación de que había muchas cosas sobre esa historia que desconocíamos.
Mi cuñado insistía en que ella había sido el amor de su vida.
Yo, en cambio, sospechaba que quien realmente ocupaba su corazón era la hermana de aquella chica.
Pero él era demasiado terco para admitirlo.
También cargaba con una culpa enorme por aquella muerte.
—¿Podés soltar a MI esposa y conseguirte una propia?
La voz de Gerardo sonó detrás de nosotros.
Al girarme lo encontré con los brazos cruzados.
Había una oscuridad extraña en su mirada.
—¿Qué te puedo decir, querido hermano? Soy todo un galán y, como ves, Lia no pudo resistirse a mis encantos.
Le di un empujón en el hombro.
Le encantaba provocar los celos de Gerardo.
—Sí, claro. Por eso se casó conmigo.
Gerardo se acercó y rodeó mi cintura con un brazo de manera posesiva.
—Ya, muchachos. Dejen de pelear. Parecen niños.
Mi suegra los reprendió mientras negaba con la cabeza.
Después de que ambos actuaran como adolescentes durante unos minutos más, subimos a nuestra habitación para acomodar nuestras cosas.
Mientras deshacíamos el equipaje, mi esposo tomó entre sus manos un marco con una fotografía de nuestra boda. Me rodeó la cintura con un brazo y ambos observamos la imagen.
A pesar de ser solo una fotografía, se podía ver lo enamorados que estábamos aquel día.
—Fue el día más feliz de mi vida —comenté con una sonrisa.
Y era cierto.
Nunca imaginé que podría amar a alguien tanto como lo amaba a él.
—Amelia, tengo que decirte algo. Es que yo...