Todo sea por amor {saga amores sufridos N°3}

Capitulo 3

—Quiero volver a casa.

Mi tono fue tan firme y frío que incluso a mí misma me sorprendió.

Por eso él no discutió. Simplemente aceptó de inmediato.

A pesar de que ya estaba oscureciendo, necesitaba irme de allí cuanto antes. No soportaba el dolor que me oprimía el pecho.

Regresamos a la cabaña para recoger nuestras cosas. Además, aquella conversación tenía que terminar ese mismo día. No quería que su familia se viera involucrada; los amaba demasiado como para hacerlos sufrir.

Cuando llegamos, los encontramos a todos en la sala jugando un juego de mesa.

—Chicos, estamos jugando al Monopoly. ¿Quieren unirse? —nos invitó mi suegro.

Pero yo no podía fingir que todo estaba bien. Sentía que en cualquier momento iba a romperme por dentro.

—No… debemos volver —dijo Gerardo antes de que yo pudiera hablar—. Olvidé revisar un contrato y es para mañana. Es importante. Tenemos que regresar ahora.

Mi voz no salía. Estaba demasiado quebrada como para sostener una conversación.

—Pero es demasiado tarde. ¿Por qué no se quedan y viajan mañana temprano? —insistió mi suegra.

Gerardo negó con firmeza.

—No, es imposible.

Se hizo un silencio incómodo.

—Bueno, entonces andá vos —dijo mi suegro con calma—. Ya vemos que no los vamos a convencer. Nosotros nos quedamos y viajamos mañana con Amelia.

Ojalá pudiera quedarme.

Ojalá pudiera evitar ese momento.

Pero no podía.

Él me había dicho que no me amaba.

Y necesitaba esa conversación lejos de todos.

—No… es que yo quiero volver con Gerardo —logré decir finalmente.

Mi voz tembló apenas un segundo.

Gerardo me miró sorprendido. Normalmente yo siempre cedía.

—Bueno, cariño —intervino mi suegro con suavidad—, entonces vayan. Los dejamos para que recojan sus cosas tranquilos.

Su comprensión me alivió apenas un poco.

Asentí sin decir más.

Nos dirigimos a la habitación donde nos habíamos alojado y comencé a guardar mis cosas en silencio.

—Amelia —me llamó, pero no tenía intención de hablar con él.

—Por favor, perdóname. Yo no quería lastimarte —dijo, intentando tocarme.

Me aparté de inmediato.

—No me toques. Hablaremos después. Ahora no quiero hablar contigo.

Terminé de recoger mis cosas en silencio.

No había nada más que decir en ese momento.

Cuando bajamos, nos despedimos de mis suegros y de mi cuñado como si nada hubiera cambiado, aunque por dentro todo se estaba rompiendo.

—Bueno, cariño, espero que tengan un buen viaje. Llámenme cuando lleguen, no importa la hora —dijo mi suegra mientras me abrazaba con cariño.

—Sí, no se preocupe —respondí intentando mantener la calma.

Después de los saludos, subimos al auto y emprendimos el regreso a casa.

Durante el camino, no pude seguir callando la duda que me consumía desde el momento en que Gerardo me pidió el divorcio.

—¿Fue por otra mujer?

Tardó unos segundos en responder.

Y ese silencio fue suficiente para romperme un poco más.

—Será mejor que lo hablemos en casa —dijo finalmente.

Evadió mi pregunta.

Eso no era una buena señal.

—Creo que merezco una respuesta ahora, ¿no? Después de todo lo que acabas de decirme —mi voz se quebró—. Tengo derecho a saber la verdad.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

Todo lo que había contenido desde la conversación en el lago salió de golpe.

Y entonces habló.

—Sí… —dijo con dificultad—. En el trabajo hubo un problema que me tenía muy estresado. No quería preocuparte. Tus atenciones, tu forma de ser… eran muchas, y me sentía mal conmigo mismo.

Tragó saliva.

—Pasé más tiempo en la oficina con mi secretaria. Ella me escuchaba, me entendía… y esa amistad creció. Te juro que al principio solo era eso: una amistad. Pero una cosa llevó a la otra… y cuando me di cuenta, me había enamorado de ella.

Sentí que el aire me abandonaba por completo.

No podía ser real.

El amor de mi vida… confesándome que amaba a otra.

Era como si me clavaran una espada en el pecho.

Y aun así… yo no podía dejarlo ir.

—Te puedo perdonar… —susurré entre lágrimas—. Podemos intentar salvar nuestro matrimonio. Yo te amo… puedo hacer que vuelvas a enamorarte de mí.

Era lo único que me quedaba.

El último intento.

El último hilo de esperanza.

Pero entonces él dijo:

—Está embarazada.

Esa frase terminó de destruirme.

Siempre había querido ser madre.

Y él siempre lo había evitado.

Me decía que no era el momento.

Que la empresa.

Que el estrés.

Que la vida.

Y yo lo acepté todo.

Dejé de trabajar por él.

Renuncié a mis sueños por él.

Me adapté a su vida, a sus reglas, a sus tiempos.

Renuncié incluso a ser madre por él.

Y ahora…

Ahora otra mujer sí podía darle todo lo que a mí me había negado.

Todo el dolor acumulado explotó dentro de mí.

—No… no… no me puede estar pasando esto a mí… —susurré primero.

Y luego grité.

—¡NO! ¡NO PUEDE SER!

Gerardo intentó mantener el control del auto mientras me hablaba, desesperado, pidiéndome que me calmara. Pero era imposible. Todo dentro de mí se había roto.

El mundo dejó de tener sentido.

El aire me quemaba.

La realidad dolía demasiado.

Y en medio de ese caos, un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago.

Si no te tengo… prefiero morir.

Sin pensarlo, abrí la puerta.

Gerardo gritó y trató de detenerme, tirando de mí mientras intentaba controlar el vehículo.

Pero ya era tarde.

Un segundo después, otro auto apareció.

El impacto fue inevitable.

El golpe nos sacudió con violencia.

Sentí cómo mi cuerpo era expulsado fuera del vehículo, rebotando contra el asfalto.

Y luego… todo se volvió oscuridad.



#3250 en Novela romántica

En el texto hay: traicion, amor, engaños.

Editado: 14.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.