La noche anterior bebía una cerveza al frente de mi casa.
Había música. Bailábamos. Reíamos.
La calle era nuestra y el tiempo parecía generoso.
Todos se divertían.
De pronto, alguien irrumpió.
—Disculpen —dijo—, sé que están ocupados, pero me gustaría compartirles este panfleto.
Hizo una pausa breve.
—Dios los ama y quiere salvarlos.
Lo miré con ironía.
—¿Salvarnos de qué? —le pregunté.
—Cualquier cosa puede pasar —respondió con una sonrisa tranquila.
Esa sonrisa me molestó más que sus palabras.
Tomé el panfleto y lo arrugué frente a él.
—Cuando tengas más cerveza, vuelve —le dije—. Si no, lárgate y no vuelvas por aquí.
El hombre, algo apesumbrado, recogió el papel del suelo y se lo llevó sin decir nada.
Yo reía.
Le gritaba de lejos:
—¡Vete! ¡Vete a darle tu dinero a tu pastor!
Todos reían conmigo.
La música siguió sonando.
La noche continuó intacta.
Y nadie imaginó que ya era la última.
Como cualquier día, nos levantamos, organizamos nuestras cosas y salimos a trabajar.
Nada anunciaba el quiebre.
Pero algo extraño empezó a suceder.
El cielo comenzó a oscurecerse. Nubes grisáceas lo ocuparon todo, lentas, pesadas. Luego cayó la ceniza.
Al principio pensamos en un volcán.
Aquí siempre es una posibilidad.
Seguimos con el día.
Error humano número uno: fingir normalidad cuando el mundo ya dio aviso.
La ceniza no se detenía. Se hacía más espesa, más densa, como una nevada enferma.
Alerta amarilla.
Nos enviaron a casa para evitar respirar las partículas suspendidas en el aire.
En las noticias dijeron que ningún volcán estaba en erupción.
La ceniza no venía de la tierra.
Venía del cielo.
Los climatólogos no sabían qué ocurría. Nadie sabía nada.
Eso fue lo más inquietante.
La alerta escaló rápido.
Rojo. Peligro.
Toque de queda.
Todos debían resguardarse.
Las mascarillas escasearon en horas.
La gente comenzó a caer en las calles.
Por la ventana se veían cuerpos tirados, inmóviles, como si no hubieran tenido tiempo ni siquiera de pedir ayuda.
No hubo estampida.
No hubo gritos.
Solo la certeza tardía de que
no se dio tiempo de entrar en ninguna parte.
Nos resguardamos en el búnker que teníamos en casa.
Una habitación de concreto, una ventana hermética, aire reciclado.
Una fe mínima en que eso bastaría.
Encendimos el televisor.
Luego la radio.
Como si dos voces distintas pudieran salvarnos.
En la radio decían que, de continuar así, podríamos morir todos por falta de oxígeno.
No por fuego.
No por explosión.
Por asfixia.
En la televisión mostraban distintas partes del mundo.
Europa. Asia. América.
El mismo cielo oscuro. La misma ceniza cayendo.
No era local.
No era un error.
Era global.
Un reportero hablaba con dificultad. Tosía.
El camarógrafo cayó primero.
El reportero dio dos pasos, intentó decir algo más… y cayó también.
La cámara siguió grabando.
Durante unos segundos no pasó nada.
Luego la imagen comenzó a descomponerse
hasta que solo quedó el hormigueo de la pantalla.
La radio se quedó en silencio.
Nadie habló.
Entonces alguien dijo, casi en susurro:
—Parece el escenario después de las bombas en Hiroshima y Nagasaki.
Pero nadie corrigió esa frase.
Porque esta vez no hubo explosión.
No hubo luz.
No hubo hongo.
Solo el cielo apagándose,
como si alguien hubiera decidido cerrar el mundo
sin previo aviso.
—Pero el gobierno vendrá a salvarnos, ¿verdad? —dijo alguien.
Nadie respondió.
No porque no creyéramos…
sino porque ya no sabíamos cómo creer.
Un temblor sacudió el suelo.
No fue violento, pero fue suficiente para quebrarnos.
Algunos comenzaron a llorar.
Otros se quedaron quietos,
como si el cuerpo hubiera decidido rendirse antes que la mente.
—Gracias… gracias por todo este tiempo juntos —dijo uno,
con la voz rota, los ojos inundados.
Y entonces apareció.
A lo lejos, un pequeño punto de luz.
No sabíamos qué era.
Pero crecía.
Lentamente.
Irreversible.
Cada quien abrazó lo que tenía más cerca.
Hijos.
Esposos.
Esposas.
Incluso un perro temblando entre brazos humanos.
Se dijeron que se amaban.
Se pidieron perdón.
Se perdonaron.
Yo alcé la voz, sin saber a quién hablaba:
—Dios, déjame reunirme con mis seres queridos en el cielo.
La luz se volvió insoportable.
Estaba tan cerca que el mundo pareció congelarse.
Por unos segundos todo se volvió gris.
Estático.
Suspendido.
Luego, por unos milisegundos diminutos,
ya nada dolió.
Ya nada pesó.
Ya nada fue nada.
Supimos que había terminado.
Y entonces…
solo quedó un vacío blanco,
silencioso,
absoluto.
Todo, por fin, terminó.