"—Anda, dime, ¿cuál es tu mayor miedo? Es imposible que no lo hayas pensado antes.
Miré el suelo y me quedé pensativa.
—El mío, por ejemplo, son las hormigas, pero cuando son un montón —dijo, haciendo una mueca con los labios mientras movía las manos en el aire, como si pudiera darme una idea de la cantidad exacta de hormigas a la que se refería.
Eso me hizo sonreír.
Ella siempre sabía cómo hacerme sonreír.
Se quedó un rato mirándome, esperando la respuesta a su pregunta.
—Tal vez no tienes miedos —dijo después de un largo silencio, como si se hubiese rendido ante la espera—. Ahora entiendo por qué te gusta tanto el terror.
Su dedo índice jugueteó entre su cabello ondulado. Mi mirada se posó en sus ojos, aunque ellos no me miraban; seguían puestos en sus dedos, perdidos entre los hilos de su cabello.
Sentía cómo el sol caía sobre nuestra piel. El día estaba algo nublado, pero eso no impedía que sus rayos hicieran estragos en nuestra epidermis, haciendo brotar pequeñas gotas de sudor sobre mi frente.
—A no recordar —dije al fin, mirando al cielo por un momento.
Algo en mí quería evitar su mirada.
—Si algún día ya no estuviéramos aquí, me daría muchísimo miedo olvidarte.
Ninguna de las dos dijo nada más."
A ti, querido ser de luz, que con la misma velocidad con la que llegaste también te fuiste. Tan rápido que apenas pude notarlo.
Me enseñaste a amar, a ser fuerte, a serme fiel y, sobre todo, a ser un poco más valiente. Y aunque no todas las historias de amor terminan con un final feliz, mientras la nuestra duró, fui muy feliz. Incluso ahora, tu recuerdo todavía me alegra.
Dondequiera que estés y con quien estés, deseo que irradies luz a todos los que conoces. Sé que lo haces; de eso no tengo duda. Ojalá estés satisfecha con tu vida.
Y desde el fondo de mi corazón, si la teoría de cuerdas es real, si tal vez existen mundos paralelos que ignoramos, espero que, en alguno de ellos, a mil años luz de aquí, sí podamos estar juntas, haciendo las cosas bien desde el principio.
Esta obra está dedicada a ti.
N.