"For as long as I live
And as long as I love
I will never not think about you"
-Lauv.Never not.
Las calles de Ottawa comenzaban a pintarse de blanco por la nevada que se avecinaba. El cielo tenía ese tono grisáceo de los días que parecen suspendidos, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración antes de cubrirlo todo de silencio.
A pesar del frío y de la cantidad de personas que caminaban a paso rápido para llegar a casa -o, al menos, para resguardarse-, debía admitir que era una vista hermosa.
Había algo casi irreal en la forma en que la nieve caía sobre los techos, sobre las bancas, sobre los hombros encogidos de los desconocidos que pasaban frente a la ventana. Como si cada copo tuviera la delicadeza suficiente para no interrumpir la vida, pero sí para recordarle a uno que el tiempo seguía avanzando.
El aroma a café impregnaba todo a mi alrededor. Era fuerte, cálido, casi familiar. Se mezclaba con el murmullo de las conversaciones ajenas, el tintineo de las tazas, el sonido suave de la máquina de espresso y el vaivén de la puerta cada vez que alguien entraba huyendo del frío.
Mis pensamientos flotaban sin rumbo hasta que la voz de Daniel penetró en mi cabeza.
-Me matan los pies -dijo con la voz desgastada.
Llevábamos horas caminando, yendo de boutique en boutique.
-Pero creo que valió totalmente la pena -agregó, dejándose caer en la silla frente a mí con una expresión dramática.
Sonreí. Yo también estaba cansada. Ponerme y quitarme vestidos de novia era brutalmente desgastante. Nadie te decía que la fantasía de elegir el vestido perfecto venía acompañada de cierres imposibles, telas pesadas, pensamientos innecesarios sobre mi cuerpo y un espejo enorme devolviéndote una versión de ti misma que, por momentos, me hacían sorprenderme de buena manera, en la mujer en la que me había convertido.
Aun así, no podía negar la emoción que recorría mi cuerpo.
Me había imaginado como una princesa sacada de un cuento de hadas, aunque, claro, una bastante distinta a las que veía de niña. Una con un vestido negro cubierto de brillos plateados, decoraciones a mi gusto y la firme decisión de no fingir delicadeza solo porque una boda parecía exigirlo y Daniel estaba más que de acuerdo con ello.
Lo que menos me entusiasmaba era tener que aguantar a un montón de personas alrededor: familiares opinando, amigos preguntando, conocidos que se sentían con derecho a comentar, sonreír y decir que todo era hermoso, incluso cuando lo único que quería era esconderme debajo de la mesa por cinco minutos.
Pero valía la pena.
Eso sentia.
Tener esa imagen de mí misma en la cabeza me arrancó una risa casi imperceptible. Desde mi revoltosa juventud recordaba bastante bien lo estúpida que me parecía la idea de casarme. La sola palabra "matrimonio" me sonaba a jaula decorada con flores, a promesas demasiado grandes, a vestidos blancos que parecían pertenecerle a mujeres que yo nunca quise ser.
Y ahora estaba allí.
En Ottawa.
Con un anillo en el dedo.
Ilusionada y enamorada.
Con un hombre realmente agradable sentado frente a mí, con un sentido del humor bastante parecido al mío y unas manos cálidas a las que podía recurrir cuando la vida se me hacía demasiado pesada.
Daniel era de esas personas que no necesitaban llenar todos los silencios. Eso siempre me gustó de él. Había tranquilidad en su forma de acompañarme, en la manera en que podía estar a mi lado sin exigirme que fuera menos complicada, menos intensa o menos yo.
-Cada vez falta menos -dije mientras miraba el menú, aunque en realidad no estaba leyendo nada-. ¿Revisaste la lista de invitados? Este tema me está volviendo loca.
Suspiré y levanté la mirada para fijarla en Daniel.
-Prométeme que nuestra jodida luna de miel va a ser durante un mes, lejos de todo el mundo.
Lo dije en broma, y los dos reímos con esa calidez tranquila que solo aparece cuando el cansancio empieza a parecerse a la felicidad.
-Un mes completo -respondió él, siguiéndome el juego-. Sin llamadas, sin correos, sin vestidos, sin centros de mesa y sin tu tía preguntando si ya elegimos el color de las servilletas y que para cuando tendremos nuestro primer hijo.
-Sobre todo sin mi tía -dije, señalándolo con el dedo y virando mis ojos.
Daniel volvió a reír, pero de inmediato hizo una mueca. Una muy específica. Una que yo ya conocía perfectamente.
Sabía lo que significaba, y definitivamente era una fuerte urgencia de descargar el número uno en el baño.
-Amor, ¿puedes esperarme aquí? -preguntó, con una expresión casi chistosa.
-Solo vete -respondí, riendo.
Él se levantó con torpeza, todavía quejándose de los pies, y caminó hacia el fondo del café. Lo vi perderse entre las mesas por un segundo antes de volver a quedarme sola.
Aproveché el momento para mirar a mi alrededor.
Daniel y yo no habíamos parado de ir de un lado a otro: agendas, pruebas, llamadas, pagos, citas, preparativos para la boda. Ambos estábamos emocionados, enamorados, pero, sobre todo, cansados. Así que esos pequeños momentos se sentían como un respiro entre tanto caos.
Como una pausa diminuta en medio de una vida que avanzaba demasiado rápido.
Mis ojos recorrieron el lugar. Tenía esa típica vibra canadiense que tanto me gustaba: madera oscura, luces cálidas, ventanales amplios, personas abrigadas hasta la nariz y esa sensación de refugio que solo existe cuando afuera hace tanto frío que entrar a cualquier sitio parece un pequeño acto de salvación.
Entonces, de repente, un recuerdo llegó a mi memoria.
No fue un pensamiento suave ni una imagen pasajera. Fue más bien como si alguien hubiera abierto una puerta dentro de mí sin pedir permiso.