—Lina, es necesario que pares. En serio —bufó Cristina, casi con un gruñido—. Es la quinta vez que te explicamos que no se le puede hacer una fiesta a Mai tan fácil porque su maldito cumpleaños es el 31 de diciembre... ¿Puedes parar?
El ruido del campus colegial le daba un contraste nostálgico a la escena. Las voces de las chicas se mezclaban con las risas lejanas, los pasos sobre el cemento caliente y ese murmullo constante que siempre parecía acompañar los descansos. Era el tipo de ruido que, con los años, una termina recordando con una ternura absurda, aunque en ese momento solo pareciera parte del paisaje.
—¿Puedes dejar de ser tan grosera conmigo? Solo hice una pregunta —se defendió Lina.
—Tres veces respondí a tu pregunta. La misma que repetiste tres veces. Además, ¿a quién le importa? Faltan como nueve meses para que vuelva a cumplir años.
—Oye, Mai está escuchando.
Reí mientras observaba a las dos discutir como si fueran un matrimonio peleado. Hice un gesto para dejar claro que el comentario me daba igual, y ellas siguieron debatiendo como si yo no estuviera sentada justo al lado.
Si bien llevaba dieciséis años de mi existencia celebrando mi cumpleaños solo con mis padres y mis familiares más cercanos, y de esos dieciséis años llevaba cuatro conociendo a Cristina y Lina, jamás se habían inmutado por celebrarme mi cumpleaños. Aunque sí, por lo menos, se habían dignado a felicitarme.
Justo hoy, a meses largos de cumplir mis diecisiete, Lina se había levantado con la filosa inquietud de por qué nunca me habían celebrado una fiesta, y eso la estaba carcomiendo por dentro.
Yo solo podía reírme y mantenerme al margen de ellas. Si no estaban hablando de chicos o de cómo tendrían que verse más lindas que Emiliana, la chica popular —dos cosas que no podían importarme menos—, estaban discutiendo entre ellas por cualquier nimiedad como esa.
Además, conocía demasiado bien a Lina. Cuando una idea se le metía en la cabeza, era como una canción pegajosa: insoportable, repetitiva y, para desgracia de todos, imposible de apagar. Cristina, por su parte, tenía la paciencia de una puerta oxidada. Funcionaba, sí, pero con cualquier movimiento chillaba.
Sin que se dieran cuenta, saqué los audífonos del bolsillo de mi falda colegial, la cual, por cierto, era realmente horrible. Me hacía lucir como un espagueti quemado por las brasas de una estufa. Los colores de los cuadros no combinaban para nada con el suéter café que teníamos que usar, era como si alguien hubiese juntado una tela de mala calidad, un odio inmenso hacia la colorimetría y decisiones administrativas cuestionables; pero a esas alturas ya daba igual: llevaba toda la vida estudiando en ese colegio y nada cambiaría.
Tomé mi iPod, me puse los audífonos y le di reproducir a la música. Sabía qué canción sonaría. Llevaba todo el mes obsesionada con ella: Never Forget You, de Zara Larsson.
Cuando el beat empezó, mi cuerpo se sintió volar. Era como si una fuerza invisible me moviera cada extremidad. La discusión de Lina y Cristina empezó a desvanecerse detrás de la música, y por un momento, aunque estuviera sentada en el suelo del colegio, con una falda espantosa y el sol pegándome en las piernas, me sentí en otra parte.
Una parte donde nada importaba demasiado.
Ni Emiliana.
Ni los chicos.
Ni las fiestas que nunca me habían hecho.
Ni el hecho de que mi cumpleaños fuera el último día del año, como si incluso el calendario hubiera decidido dejarme para el final.
—Chicas, iré al baño.
Como tenía los dos audífonos puestos, lo más probable era que hubiese hablado demasiado fuerte, casi como un grito. Aunque, siendo honesta, nunca entendí muy bien la diferencia ni dónde se encontraba el límite. Así que, de seguro, todas las chicas del colegio ya debían saber que tenía una urgencia cocinándose en mis entrañas.
Me levanté del suelo, que ya estaba caliente por haber estado sentada en el mismo lugar casi todo el descanso, mientras escuchaba pequeños murmullos provenientes de Cristina y Lina, seguramente aún discutiendo. El baño no quedaba tan lejos de donde estábamos.
Tomé el iPod en mis manos para repetir la canción. Quería tomar esa pequeña caminata como una oportunidad para seguir disfrutándola como se merecía: sin distractores. Solo yo, mis ojos cerrados, el beat sonando, mi cuerpo moviéndose y...
—¡Mierda!
La palabra salió de mi boca como un grito ahogado por el choque.
Mi iPod cayó de mis manos. Los audífonos de cable fueron arrancados de mis orejas. Miré el suelo y vi un par de cosas más regadas, aunque todavía no había mirado a la persona con la que había chocado.
Por un segundo, lo único que pude pensar fue en mi iPod. No en la persona. No en el golpe. No en la vergüenza. En mi iPod. Porque una cosa era hacer el ridículo frente a media institución, y otra muy diferente era perder el único aparato que me mantenía emocionalmente estable durante las jornadas escolares.
Me puse en cuclillas, aliviada al notar que había caído encima de un libro que no era mío. Tal vez era de la chica con la que choqué.
—Lo siento —me apresuré a decir mientras trataba de recoger las cosas.
Mi vista todavía no se levantaba para encararla. Seguía mirando los objetos regados en el suelo: libros, lapiceros, un cuaderno con las esquinas perfectamente cuidadas y unas hojas que parecían haber sido organizadas por alguien que sí tenía control sobre su vida. O, al menos, sobre su maleta. No como el desastre que cargaba yo y osaba llamar maleta.
Entonces sus manos llamaron mi atención.
Eran finas y delgadas, con uñas largas, almendradas, cubiertas apenas por una capa de esmalte transparente, porque el colegio no permitía algo diferente. Había algo en la manera en que recogía cada cosa con tanta cautela, con tanto cuidado, que no sé por qué me hizo sentir eclipsada.
No era solo que recogiera sus cosas.