No era que odiara la lluvia. De hecho, me gustaba bastante, pero únicamente cuando estaba en casa y podía usar uno de mis hoodies talla 3XL para esconderme dentro de él, como un cangrejo que solo quería encerrarse a ver series o leer durante todo el día.
En el colegio, sin embargo, era otro asunto.
Además de quedar empapada durante horas, la lluvia nos obligaba a pasar el recreo en los patios cubiertos. No era algo realmente terrible, pero mi lugar favorito estaba bajo los árboles, donde podía tirarme sobre el césped mientras la música sonaba a todo volumen en mis oídos y dejaba que Cristina y Lina debatieran sobre qué tipo de base debían utilizar en cada temporada.
Creo que no hace falta aclarar lo que opinaba de aquel tema.
Para empezar, en nuestro país ni siquiera existían las estaciones. El clima se reducía a lluvias torrenciales o a un calor capaz de sofocarte hasta la muerte.
Me encontraba sentada con las chicas, comiendo un sándwich algo desabrido que había preparado esa misma mañana. Mis padres salían a trabajar casi al mismo tiempo que yo iba al colegio, por lo que no quedaba demasiado espacio para ponerse creativos y preparar una lonchera espectacular como las que hacían los padres de Lina.
Cristina, por su parte, siempre llevaba dinero para comprar algo en la cafetería.
A veces sí pensaba que me gustaría comer algo diferente, pero no le daba demasiadas vueltas. Trataba de ser tan agradecida como podía con mis padres. Sabía lo duro que trabajaban por mí.
-Cómo se nota que esas medias no son tuyas -dijo Cristina.
Acababa de regresar de la fila de la cafetería y se disponía a sentarse con nosotras, interrumpiendo la conversación que Lina y yo sosteníamos sobre lo geniales que le parecían los mostachos.
Sus padres ya le habían comprado unas medias con mostachos, una camisa con mostachos e incluso un anillo con forma de mostacho. Era la moda del momento y, aunque no terminaba de comprender la obsesión, debía admitir que tampoco me parecía tan terrible como otras tendencias.
Miré a Cristina con confusión.
Ella lo notó y, mientras se acomodaba frente a nosotras, señaló mis pies.
-Por la flor. Es demasiado cute y femenina para ti.
Bajé la mirada hacia las medias blancas que Andrea me había prestado aquella mañana.
No comprendía por qué cada vez que alguien hacía un comentario, por pequeño que fuera, sobre mi feminidad, algo comenzaba a hervirme por dentro.
¿Acaso me veían como a un hombre?
¿Realmente había algo malo en mí por no parecerme a las demás chicas?
Y, peor aún, ¿por qué me hacía esas preguntas? ¿En verdad me importaba tanto?
-Andrea me las presto está mañana, y, aparte, yo puedo ser femenina -respondí con un hilo de voz-. Que no me maquille o no use cosas rosadas no significa que no lo sea.
Cristina y Lina se miraron.
Después se rieron.
-Ey, no es por ser mala contigo -dijo Lina-, pero cuando no llevas el uniforme genérico de este estúpido colegio y usas ropa casual, podría jurar que eres mi hermano con el cabello largo y crespo.
Cristina soltó una risita y complementó el comentario de Lina, que ya era lo suficientemente irritante por sí solo.
-Si al menos nos hicieras caso y usaras un poco de maquillaje, podrías resaltar lo linda que eres, incluso podrias gustarle a Mateo.
Las observé a ambas y le di otro mordisco a mi sándwich, me trague ese pedazo de la misma manera en la que me estaba tragando las ganas de salir corriendo de alli ¿qué tenia que ver Mateo?
-Juro que a veces no sé si son mis amigas o mis enemigas.
Sonreí para restarle importancia a sus comentarios.
-No creo que necesite cambiar mi estilo ni ponerme maquillaje para gustarle a alguien, tu misma me lo dijiste esta mañana, que era genial. Me gusta cómo me visto. Me siento muy...
Hice una pausa, era tan raro, a veces sentía el apoyo de las chicas, como si por fin, después de tanto, entendieran mi forma de ser, pero después pasaba esto y me hacía sentir que, de nuevo, aun que nos lleváramos bien, éramos totalmente lejanas.
No entendía cuál era el empeño del mundo en hacerme sentir extraña dentro de mi propia piel. Tanto, que incluso yo comenzaba a dudar de quién era.
-Muy yo -terminé-. Al menos no parezco una copia.
Volví a llevarme el sándwich a la boca. Sabía que el comentario provocaría una pequeña discusión entre nosotras, pero, antes de que alguna pudiera responder, escuché una voz que comenzaba a resultarme familiar.
-A mí me gusta.
Las tres levantamos la mirada.
Era Andrea.
- Mira, la de las medias.
Dijo Lina a Cristina en un tono que podría describir como pedante.
Andrea llevaba varios libros entre los brazos, igual que el día en que habíamos chocado en el pasillo. No sabía por qué siempre cargaba tantos libros a todas partes. Parecía que en cualquier momento iba a abrir una biblioteca clandestina en medio del colegio y asi se convertiria en la dealer de libros.