-Anda, móntate.
-No, Mai. Simplemente no lo haré. ¿Y si... no sé, nos caemos?
Moví un poco la bicicleta para demostrarle que estaba completamente estable. Mis piernas sujetaban el sillín con firmeza, así que era prácticamente imposible que se volcara.
-¿Ves? Dios, eres como una niña pequeña. No nos va a pasar nada. He manejado esta bicicleta toda mi vida; prácticamente nací sobre una.
Lo dije riendo, bastante orgullosa de aquella exageración.
Andrea sonrió, pero seguía sin parecer demasiado convencida. Tenía los hombros tensos y observaba la bicicleta como si fuera un aparato diseñado específicamente para acabar con su vida.
Sin pensarlo demasiado, tomé su mano y la acerqué un poco más hacia mí.
-¿Confías en mí?
Sus ojos se abrieron ligeramente. No retiró la mano, aunque tampoco parecía dispuesta a responder.
-Puedo irme caminando -murmuró, con una voz mucho más baja de lo habitual.
-Andrea -insistí, manteniendo el tono suave-. Dime si confías en mí o no.
Se quedó mirándome durante unos segundos, atravesándome el alma con aquellos ojos color miel.
-Está bien, está bien -respondió, rendida-. Pero a la primera cosa extraña que pase, me bajo y me voy caminando.
-Trato hecho.
Rodeó la bicicleta con cautela y se sentó en la parrilla trasera. Lo hizo tan despacio que parecía estar desactivando una bomba.
-Pero... esto no tiene de dónde agarrarse.
Me reí. La situación era demasiado graciosa. Conociendo a Andrea, era evidente que jamás se había montado en una bicicleta con otra persona. Probablemente ni siquiera había estado tan cerca de una sin casco, rodilleras y un protocolo de seguridad firmado por sus padres.
Tomé sus manos y las guié alrededor de mi cintura.
-Aquí. Ahora agárrate muy, muy fuerte.
-¿Así?
Sus brazos parecían tratar de adaptarse a estar en esa posición tan extraña.
-Así está bien- Reí -No pense que fueras tan miedosa.
Comencé a pedalear.
Al principio avancé despacio, pero, a medida que aumentaba la velocidad, los brazos de Andrea se apretaban con más fuerza alrededor de mi cintura. De repente, sentí su cabeza apoyarse contra mi espalda.
Miré de reojo.
Tenía los ojos cerrados y el ceño fruncido, como si estuviera atravesando una experiencia cercana a la muerte.
No pude evitar reír.
-¿De qué te ríes? -protestó-. Esto es lo más arriesgado que he hecho en toda mi vida.
-No me estoy riendo de ti -mentí, todavía sonriendo.
El viento golpeaba mi rostro y el camino se encontraba casi vacío. A esa hora siempre era así: tranquilo, despejado, como si el mundo entero nos hubiera dejado pasar.
La calidez de Andrea contra mi espalda me envolvía. También su aroma, esa mezcla dulce de flores y fresas que comenzaba a resultarme demasiado familiar.
Me sentía cómoda.
Me sentía feliz.
Era como si el aire me acariciara el rostro y me susurrara que aquello era algo que siempre había querido, incluso sin saberlo: alguien con quien pudiera ser yo misma sin sentir que debía bajar la voz, contener la risa o fingir que no me importaban las cosas.
Cuando detuve la bicicleta frente a mi casa, Andrea no reaccionó.
Llevábamos varios segundos quietas, pero sus manos continuaban aferradas a mi cintura y su rostro seguía escondido contra mi espalda, buscando refugio.
-Oye -dije.
-¿Qué? -respondió con una voz tan dramática que parecía a punto de llorar.
Quise volver a reír, pero me contuve.
-Ya llegamos.
El tono burlón se me escapó de todas formas.
Sentí cómo sus brazos se alejaban de mi cintura y cómo levantaba la cabeza con cautela.
-Al menos llegamos vivas -dijo mientras se bajaba.
-Eres demasiado exagerada. Te dije que todo saldría bien.
Todavía divertida, aseguré la bicicleta a la barra de seguridad que mi padre había instalado frente a la casa.
Luego saqué las llaves.
Andrea levantó la mirada hacia la fachada.
-Es bastante grande.
Sus ojos recorrieron cada rincón como si estuviera inspeccionando un castillo.
-Sí. Era de mis abuelos. Se la heredaron a mi tía y a mi mamá, pero mi tía le cedió su parte porque ahora vive en Irlanda. La veo cada... -me quedé pensando-. No sé. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez.
-Wow -respondió-. Yo veo a mis tíos casi todos los fines de semana. Mi familia es enorme y les encanta organizar cosas con todos. Todo el tiempo.
No supe si lo había dicho con cariño o con resignación.
Después de luchar un poco con el llavero, finalmente encontré la llave correcta y abrí la puerta.
-A veces sería bonito conocer a más integrantes de mi familia -comenté mientras entrábamos-. Desde hace años somos solamente mi mamá, mi papá y yo. Si algún día llegara a casarme, cosa que veo bastante improbable, creo que en la fiesta solo habría invitados de la familia del novio.
Me reí, intentando restarle importancia, aunque aquella idea dolía un poco más de lo que quería admitir.
Andrea se quedó observándome en silencio.
Yo sonreí. No necesitaba que dijera nada.
Encendí la luz y cambié de tema antes de que la conversación se volviera demasiado seria.
-Puedes bañarte en el piso de arriba. El baño está justo al lado de las escaleras. Y espero que lo hagas porque apestas.
Me tapé la nariz de manera exagerada.
-Ja, ja, ja. Qué chistosa eres, Mai -respondió, subiendo los escalones.
Antes de continuar, se giró hacia mí.
-Por cierto, es una casa hermosa.