Esa misma noche, Andrea conoció a mis padres.
Yo estaba segura de que su madre llegaría temprano para llevarla de regreso a casa, pero su carro presentó una falla y la espera terminó alargándose mucho más de lo previsto. Aunque lamentaba el retrazo de su madre, en el fondo lo agradecí. Mis padres llegaron poco después y, como si hubieran estado esperando durante años la oportunidad de recibir a una de mis amigas, prepararon una cena increíble.
Mi madre no dejaba de mencionar lo feliz que estaba de que llevara gente a la casa.
—Deberías invitar a tus amigas más seguido —decía mientras servía la comida—. Esta casa se es demasiado grande para que te la pases todo el tiempo sola.
Siempre terminaba diciendo lo mismo: que le preocupaba la soledad que yo cargaba dentro de esas paredes y que tanto ella como mi papá se sentían culpable por pasar tan poco tiempo conmigo, pero que alguien tenía que trabajar y traer el pan a la mesa.
No podía evitar sentirme apenada cada vez que lo mencionaba.
Mucho menos cuando Andrea giraba para observarme con aquellos ojos suyos. Esos ojos que parecían descifrar más de mí de lo que cualquier otra persona había conseguido en toda mi vida.
Conforme avanzaba la cena, la conversación se volvió más natural. Mis padres le hicieron toda clase de preguntas: sobre su familia, el colegio, sus entrenamientos y las cosas que le gustaban. Andrea, para mi desgracia, también decidió contarles cómo había sido nuestra primera interacción.
—Olvidó mi nombre tres veces —dijo, completamente seria.
Mis padres me miraron.
—Fueron dos —me defendí.
—Fueron tres.
—No fueron tres.
—La última vez fingiste que lo recordabas y dijiste otro nombre.
Todos se rieron, incluida yo, aunque lo hice más por nerviosismo y vergüenza que porque realmente me pareciera gracioso. Me sorprendía que, después de tantos meses, Andrea todavía recordara ese momento con tanta claridad. A veces daba la impresión de que conservaba cada pequeño detalle de lo que ocurría entre nosotras.
Creo que esa noche entendí lo que ella debió sentir el día en que su madre me llevó a casa. Mis padres comenzaron a contar historia tras historia sobre mí: accidentes vergonzosos, travesuras de la infancia y anécdotas que yo habría preferido mantener enterradas para siempre.
Por momentos quise levantarme de la mesa y salir corriendo.
Andrea, por supuesto, no dejaba de reír.
Sin embargo, había algo extraño en aquel ambiente. Algo casi irreal.
Por primera vez en mucho tiempo, estábamos sentados juntos en la mesa, hablando sin que la conversación fuera interrumpida por el sonido constante de los teléfonos de mis padres o por algún cliente que necesitara una respuesta urgente.
Durante unas horas, la casa dejó de sentirse vacía.
Cuando terminamos de cenar, la madre de Andrea llamó para avisar que ya se encontraba en camino. Mis padres subieron a descansar un rato y nosotras volvimos a quedarnos solas en la sala.
—Gracias a tus papás y a ti por esta noche —dijo Andrea.
Sonrió mientras terminaba de guardar sus cosas en la mochila. Fue entonces cuando recordé las medias.
—¡Ay! Por cierto, mira.
Corrí hasta el estante de la lavandería, donde las había dejado para evitar que terminaran mezcladas con mi ropa. Yo tenía una extraña habilidad para perder cualquier media que me perteneciera, así que había preferido mantenerlas a salvo.
—Esto es tuyo. Gracias —dije, entregándoselas con una sonrisa.
Andrea, todavía de pie junto al sofá, me observó de reojo. Una expresión cómplice apareció en su rostro, como si estuviera a punto de contarme un secreto.
—Quédatelas —respondió—. Así tengo una excusa para quedarme con tu ropa.
Me quedé inmóvil.
Iba a comentar, decirle algo, pero no tuve tiempo de reaccionar. El sonido del claxon del carro de su madre interrumpió el momento.
Andrea abrió la puerta y se despidió con aquella sonrisa. La misma de siempre. Esa que ya estaba aprendiendo a reconocer demasiado bien.
Permanecí en el marco de la entrada mientras la veía caminar hasta el carro. Su madre me saludó desde el asiento del conductor y yo levanté la mano para responderle. Poco después, el vehículo se alejó hasta desaparecer entre las sombras de la noche.
Todavía sentía la calidez de las medias entre mis manos.
Suspiré y me senté en el sofá. A los pocos minutos, escuché los pasos de mi madre bajando por las escaleras. Seguramente iba a prepararse una taza de té para conciliar el sueño.
—Tu amiga es muy agradable —comentó, llamando mi atención—. Me alegra que estés conociendo personas nuevas.
Me limité a asentir mientras la observaba moverse por la cocina, sacando una taza, calentando el agua y buscando una caja de té entre los cajones.
—Hay personas especiales que uno debe aprender a valorar —continuó—. Personas que vale la pena intentar conservar en la vida.
No dije nada, pero baje la mirada a las medias que aun estaban en mi mano.
Cuando terminó de preparar su bebida, se acercó a mí y bajó un poco la voz.
—No dudes en volver a invitarla. Me deja tranquila saber que ya no estás tan sola.
Me dio un beso en la frente y subió nuevamente las escaleras con la taza entre las manos.
Sus palabras permanecieron flotando en la sala, acompañadas por el ruido lejano del agua que corría entre las tuberías. Bajé la mirada hacia las medias que todavía sostenía y sonreí sin querer.
Tal vez mi madre tenía razón.
O tal vez Andrea solo había conseguido que mi soledad se sintiera menos evidente durante unas horas.
Subí a mi habitación y saqué del estante la libreta en la que solía dibujar y crear historias. Sus páginas eran una amalgama desordenada de todo lo que habitaba en mi cabeza y en mi corazón: personajes incompletos, frases sin contexto, paisajes imposibles y emociones que no sabía expresar de otra forma.