Juraría que habían pasado más de tres horas desde que llegué a casa.
Seguía sentada frente al computador, con la pantalla encendida y una pestaña vacía abierta en el navegador. El cursor parpadeaba en medio de la barra de búsqueda, casi burlándose de mi evidente incapacidad para hacer cualquier cosa.
Hasta ese momento, solo había estado peleando conmigo misma para concentrarme y terminar los deberes. Era viernes, así que tampoco tenía que preocuparme demasiado por ellos. Ni siquiera quería ser productiva; solo necesitaba distraerme.
Pero nada funcionaba.
Intenté ver anime, buscar música nueva, mirar videos, leer, dibujar, escribir e incluso dormir. Nada conseguía apagar mi cabeza.
Mi mente se había convertido en un campo minado. Bastaba con cerrar los ojos para que el rostro de Andrea apareciera lentamente frente a mí, seguido por la conversación que habíamos tenido aquella tarde y la imagen de su mano entrelazada con la de Dilan.
Era frustrante.
No lograba entender mi cabeza.
Mucho menos mi estúpido corazón.
Dirigí la mirada hacia la ventana. El último rastro de sol desaparecía poco a poco detrás de las casas, tiñendo el cielo de un naranja apagado. A medida que la habitación se oscurecía, el vacío que sentía en el pecho parecía hacerse más profundo.
Bajé la mirada hacia la parte inferior del escritorio y distinguí la esquina de mi libreta.
La tomé.
Cuando la abrí, el retrato de Andrea apareció frente a mí.
Permanecí observándolo durante varios minutos.
Nunca le había dedicado tanto tiempo a un dibujo. Tampoco creía que alguno me hubiera quedado tan bien como ese. Había algo distinto en los trazos, como si mi mano hubiera comprendido cosas que yo todavía no estaba preparada para aceptar.
Sonreí al encontrarme con la sonrisa que le había dibujado.
Y entonces lo entendí.
No.
No estaba enfadada con Andrea por haberse ido.
Estaba triste.
Y no porque se hubiera ido sin mí. Andrea era libre de compartir su tiempo con quien quisiera. No tenía que pedirme permiso ni justificar cada una de sus decisiones.
Pero saber que se había marchado con su nuevo "novio" me derrumbaba.
Lo admitía.
Cada vez resultaba más evidente que lo que sentía por Andrea no era lo que se suponía que debía sentir por una amiga.
Jamás me había gustado una persona que no fuera un hombre. Sin embargo, tampoco podía definir aquello como un simple gusto.
Andrea no era un gusto.
No era como cuando pensaba en Mateo y el corazón se me aceleraba porque me parecía atractivo o simplemente un rostro bonito.
Con Andrea era diferente.
Ella no era emoción.
Era paz.
Era tranquilidad.
Era como permanecer frente al paisaje más hermoso que mis ojos hubieran contemplado y sentir que podía quedarme allí para siempre.
Cuando estaba con ella, nada parecía más importante que ese instante en el que la complicidad, la calidez y la ternura se mezclaban a nuestro alrededor. Todo lo demás desaparecía.
Era obvio.
Dolorosamente obvio.
Lo que sentía por Andrea ya no era solamente amistad.
Y, aunque una parte de mí había llegado a pensar que aquello no era normal, que quizá la que no era normal era yo, también comenzaba a comprender que habría sido imposible no sentir algo por la persona que me había enseñado a encontrar colores cuando yo ya no conseguía verlos.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Intenté contenerlas, pero no pude.
Dolía.
Dolía muchísimo.
De repente, el rostro de Dilan atravesó mis pensamientos.
Sí.
Tal vez estaba celosa de él.
Tal vez yo...
El sonido de una notificación interrumpió la idea antes de que pudiera terminarla.
Levanté la cabeza.
En la esquina inferior de la pantalla apareció una pequeña ventana de Facebook. Solo alcancé a distinguir el nombre de Andrea antes de abrir la conversación sin pensarlo demasiado.
Me sequé las lágrimas con las mangas de la camisa y leí el mensaje.
Andrea: De verdad, de verdad siento no haberlas acompañado esta tarde.
Me acomodé en la silla y llevé las rodillas hasta mi pecho.
No era un mensaje difícil de responder. No debería haberlo sido. Pero, en ese momento, todo parecía demasiado grande para mí.
Mai: No pasa nada, pero espero que lo compenses. Las chicas y yo te extrañamos.
Mentira.
Solo yo la había extrañado.
A Lina y a Cristina les había dado bastante igual. De hecho, gran parte de la conversación mientras caminábamos y comíamos helado había girado alrededor de lo increíblemente atractivo que era Dilan.
Quería lanzarme debajo de un autobús cada vez que repetían su nombre.
Andrea: Lo haré, pero...
El aviso de que estaba escribiendo apareció en la pantalla.
Desapareció.
Volvió a aparecer.
La ansiedad comenzaba a devorarme. Miraba de reojo el retrato y después regresaba la vista al chat, esperando una respuesta que parecía tardar una eternidad.
Andrea: ¿Te parece si, por lo menos, hoy te lo compenso a ti?
No alcancé a responder.
El sonido de un claxon llegó desde la calle, era un sonido que ya conocía bastante bien.
Me levanté con tanta rapidez que casi cae la silla al suelo. Bajé las escaleras y me acerqué a la ventana de la sala.
El automóvil de la madre de Andrea estaba estacionado frente a mi casa.
Andrea ya se encontraba junto a la puerta, saludándome con una mano. Llevaba una maleta colgada del hombro, una que parecia trear piedras y media casa dentro de ella.
Abrí la puerta completamente confundida.
-¡Pásenla muy bien, chicas! -gritó su madre desde el automóvil.
Sonreí por reflejo y levanté una mano para despedirme. Esperé hasta que el vehículo se alejara antes de volverme hacia Andrea.
-¿Qué haces aquí?