Todos quieren a la gordita

Capítulo 1

Luego de una semana de arduo trabajo en el Departamento Contable de la empresa decidí invitar a Vanesa a tomar algo y ponernos al día. Ella es mi única y mejor amiga de la escuela, y aunque hayamos egresado hace ya casi una década, nos seguimos reuniendo asiduamente para comentar lo que nos iba pasando en nuestra vida.

Como ya se acerca el invierno y los días son más fríos le sugerí encontrarnos en un café muy popular Llamado Histeria, era un el café de estilo Vintage que es muy popular en redes. Desde que oí a mis compañeras hablar de él en la oficina estuve deseando venir, esta es la ocasión adecuada para conocerlo. Había cruzado un par de veces por el frente decorado de blanco y el cartel superior con forma de una boca gigante de la que salía el nombre del local como si esa boca lo estuviera gritando, ciertamente el cartel era lo suficientemente llamativo como para opacar la obra en construcción de 2 pisos que había encima. Tome coraje y acercándome a la puerta tome el picaporte y entré. Era verdad que era estilo antiguo y elegante: del lado izquierdo sillas de madera con pintura desgastada, calculo que a propósito para darle ese efecto vintage, y mesas con algunas flores secas decorando en el centro a modo de adorno, cuadros en las paredes con frases cursis en decoupage y, una música instrumental tranquila sonaba de fondo. Del lado derecho había un mostrador con tartas y postres expuestos, la caja y una barra con dos diminutas banquetas desocupadas en las que mi trasero definitivamente no entraría. Mas allá había un mueble con tazas, platos, cucharas, etc. Y una puerta, como las del lejano oeste, que daba a la cocina.

Di unos pasos dentro y me puse a buscar una mesa de 2, las que estaban cerca de las ventanas estaban todas ocupadas con parejitas y grupos de amigas y algún que otro solitario con su notebook, así que me senté en una en el fondo, cerca de la pared que daba a la cocina

¿Por qué?

Cuando llego a un lugar las personas me ven y siento que me están juzgando todo el tiempo, así que prefiero no destacar ni llamar la atención. Me siento y mientras me quito el abrigo evito mirar a las demás personas, espero a que mi presencia se diluya en el fondo y recién ahí puedo relajarme un poco, cuando nadie nota que estoy ahí.

A los pocos minutos llego ella: mi amiga, con su figura exuberante, su ropa entallada y su cabello perfectamente planchado, no era extraño que todos los hombres de la cafetería se voltearan a verla, en cierto modo ambas atraemos las miradas de los demás… pero por motivos distintos.

— ¡Guada!- exclama al verme ya desde la puerta, yo alzo tímidamente la mano para no llamar la atención, ella se acerca directo a darme un abrazo, me paro y hago lo mismo, siempre es muy cálida, aun cuando nos vemos tan espaciado en el tiempo.

— ¿Cómo estás? ¡Tanto tiempo sin verte!- digo con genuina alegría.

— Ufff…- dice mientras se quita la bufanda y la apoya en el respaldo,- tengo mucho para contarte esta vez.

Es divertido hablar con Vanesa, ella siempre tiene algo nuevo que contar, por mi parte nunca hay novedades, siempre me dedique a estudiar y ahora a trabajar como una mera oficinista. Hago números, informes, papeleo y más papeleo. ¿Romance? Eso no es para mí…. los hombres jamás se fijan en las gordas como yo.

Quisiera decir que me he dejado estar, pero en realidad siempre he sido gorda, sobretodo en mi adolescencia. Por más que haga dietas y ejercicio nunca logre llegar al famoso estereotipo de 90-60-90, siempre mis curvas superaron esas medidas estándar, así que ya me di por vencida. Vanesa siempre me dice que soy muy bonita y que no sé aprovechar mi potencial, pero me temo que solo ella piensa eso: yo detesto mi cuerpo. Es por eso que siempre trato de ocultar mis kilos de más con ropa lo más holgada posible.

Vanesa comenzó la charla contándome que rompió con el último chico con el que salía, no me atrevo a preguntar si era el modelo o hubo algún otro después de ese, sus romances suelen ser muchos y muy fugaces. Dijo que era un cretino, que la engaño con otra chica y tuvo el descaro de argumentar que “estaban en una relación abierta”, como era de esperarse Vanesa lo abofeteo y mando al demonio. Jamás me aburro de escucharla, sus historias son más interesantes que cualquier novela turca.

Todo era risas, hasta que me pregunto cómo estaba yo con mi nuevo trabajo.

Le conté que, desde que empecé en esa empresa, hace ya 6 meses, mi Jefa de área Yamila Thompson, una rubia despampanante de mal genio, me hace la vida imposible. Entramos casi al mismo tiempo al trabajo, pero se cree muy superior por tener un puesto mayor al mío. Desde que descubrió que tengo buen manejo del paquete office me manda a cada rato a hacer y rehacer planillas, informes para el gerente. Note que a las demás personas no las llama tanto como lo hace conmigo: me tomo de punto. Y cada vez que alzo la vista para verla me la encuentro estupidizada frente a la pantalla de su teléfono de brillitos o limándose las uñas… ¿Por qué no hace ella su trabajo en vez de dármelo a mí? Sospecho que es una inútil, que solo la contrataron por su apariencia en lugar de su conocimiento y que en realidad no sabe hacer nada de lo que le piden, entonces viene a nosotros para que le “salvemos las papas”.

Vanesa me escucha y frunce el ceño, me dice lo que ya suponía: que me tengo que hacer respetar, que no me deje pisotear, pero ella no sabe lo difícil que es para mí confrontar a las personas. Cuando uno discute corre el riesgo de hacer enojar al otro y por consiguiente te comienzan a insultar con lo que más te duele… no soy lo suficientemente segura de mí para hacer eso.

Cambio de tema preguntándole a Vanesa sobre su trabajo, que es mucho más interesante que el mío. Y funciono. Ella se distrae y comienza a hablarme también sobre sus problemas del trabajo.

Mientras charlábamos tranquilamente oímos un ruido extraño, como de algo que fluía, como cuando abres a tope una canilla y el agua sale descontroladamente. Acto seguido oímos caer una bandeja metálica que reverberaba en el piso, ya para este momento varios clientes nos habíamos volteado a ver lo que ocurría dentro de la cocina, pero la puerta vaivén no nos dejaba ver. Uno de los mozos que estaba entre las mesas se asomó al mostrador y antes que pudiera preguntar nada un grupo de personas salió corriendo del interior. Tuve un mal presentimiento y me fui poniendo de pie, mi amiga hizo lo mismo retrocediendo hacia atrás. Entonces una de las personas que salió de la cocina tomo aire y grito:




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