«Siempre me pregunté qué se sentiría tener amigos reales... Creo que finalmente estoy encontrando la respuesta. Espero no equivocarme... no otra vez».
—Oye, Shon, ¿en qué tanto piensas? Siempre te veo abstraído —comentó Tom recargándose en el escritorio—. No entiendo cómo un chico como tú tenía tan pocos amigos. Pero descuida, nosotros seremos los más fieles que tengas.
—Suenas un poco extraño, Tom.
—Jajaja, lo siento, es la costumbre.
En ese momento, la puerta se abrió y entró una chica con una carpeta en la mano.
—Jefe, ya tengo el informe que me pidió para esta semana —anunció.
—Ah, gracias, Natasha. Te lo agradezco mucho, déjalo sobre mi escritorio —respondió Jin, para luego dirigirse a mí—: Bien, Shon, aquí empieza tu labor. Solo debes clasificar estos documentos según los horarios; es bastante sencillo. Lya te acompañará en el proceso.
«Vaya coincidencia... Se llama parecido que mi hermana menor, Nathaly».
—¿Cómo que por qué yo? ¡La semana pasada clasifiqué cientos de esos archivos!
—protestó Tom dramáticamente.
—Porque soy el presidente y lo digo yo —sentenció Jin.
—¡Esto es explotación laboral! Me va a dar un ataque al corazón.
—Menos quejas y más trabajo.
—Eres un jefe despiadado.
No pude evitar que se me escapara una leve sonrisa ante el intercambio.
—¿Eh? ¿De qué te ríes tú? —inquirió Tom, fingiendo indignación.
—Lo siento, es solo que me dio mucha gracia verlos discutir.
—Sabes... nunca te había visto sonreír —intervino Lya con suavidad, observándome de lado—. Tienes una sonrisa muy bonita, deberías mostrarla más seguido.
—¿Tú... tú crees?
—Sí, absolutamente.
—Bien, nosotros iremos al almacén a terminar de acomodar el inventario. Ustedes encargúense de los expedientes —interrumpió Jin antes de salir junto a Tom y Natasha.
Nos quedamos a solas en la oficina. El silencio era agradable.
—Oye, Lya...
—¿Sí?
—¿Por qué Jin llama «Natasha» a Nathaly?
—¿No lo sabías? Pensé que era de dominio público —sonrió ella—. Son pareja, y él la llama así de cariño.
—Ah, en serio... Eso no me lo esperaba.
—Sí, suelen ser bastante reservados en la escuela.
—¿Siempre te toca trabajar sola aquí?
—Bastante seguido, la verdad. Pero me alegra saber que ahora tendré compañía; así el lugar no se sentirá tan vacío. ¿Y qué hay de ti, el chico de pocas palabras? Siempre te observaba a la distancia y me preguntaba por qué alguien como tú prefería estar solo.
—Es una larga historia.
—Bueno, tenemos todos los días del mundo.
«Todos los días del mundo... Eso suena increíble».
—Y dime, ¿siempre te quedas así de pensativo? —añadió Lya inclinando la cabeza.
—Ah, no, yo... solo...
—Jajaja, solo bromeaba. Te pusiste muy nervioso.
Dejé escapar un suspiro.
—Será mejor que terminemos esto rápido.
—Tienes razón.