39 días antes
El sonido de las notificaciones de mi celular poco a poco me iba despertando del sueño. Ayer fueron muchas emociones y sorpresas en muy poco tiempo, nada, absolutamente nada de lo que pasó ayer me lo esperaba. Así que así se siente perder el miedo por un día, ¿no?
Las notificaciones eran de mi mamá, para preguntar sobre cómo me había pasado la noche anterior. Ella también parecía emocionada al respecto. Así que mientras la cafetera humeaba, decidí llamarla.
- Hola má. ¿Cómo va todo? – pregunté entre bostezos.
- Bien hijo, sin novedades, lo de siempre. ¿Qué tal te la pasaste en tu cumpleaños?
- La verdad… muy bien. Fue un día increíble, literalmente desde que empezó. – y ahí, comencé a contarle todo.
- Me alegro mucho hijo – su voz sonaba entrecortada – me alegra saber que aún lejos, tienes personas a las que les importas.
- Si má, la verdad se siente… reconfortante. Parece que todo va tomando su lugar, ¿no crees?
- Así parece, pero… ¿Estás listo? – preguntó con un tono más preocupado que curioso.
- ¿A qué te refieres má?
- A sentir de nuevo hijo, tal vez deberías hacer caso y… no ilusionarte.
- Lo mismo me pregunto má, pero es imposible no hacerlo. No con esa sonrisa burlona que tanto me gusta provocarle.
- Hace años que no te escuchaba decir cosas así… pero tómalo con cuidado, ¿está bien?
- Si má, está bien. Te quiero, te hablo después.
- Si hijo, te quiero. – colgó el teléfono.
Algo me dejó un poco intranquilo al respecto, pero supongo que hoy no me habló desde la perspectiva de una madre preocupada, sino de una mujer, una que ya había visto mis errores y sabía de qué debía cuidarme.
- Deberías hacerle caso. ¿Qué no te advertía de mí también? – resonó esa voz, burlona, desde algún lugar de mi pecho.
- Esta vez es diferente – respondí, con cierto enojo.
- ¿Ah sí? ¿En qué? ¿En el color de cabello? –dijo burlona– vamos Jim, sabes cómo terminará esto, solo te niegas a aceptarlo.
- ¿Terminar? ¿Cómo terminas algo que no tiene nombre? – se me cortó la voz un poco.
- ¿Cómo te aferras a algo que no lo tiene?
No supe que responder al respecto, porque era cierto, aún después de todas estas muestras de afecto y cariño, había un eco aún más fuerte y ese era un “No te ilusiones”. Porque era cierto, esa advertencia sonaba cada vez más fuerte día tras día.
Si esto no va a ningún lado, ¿Por qué me dice que me quiere?
Si esto solo es pasajero, ¿Por qué se entrega así?
Si no se va a quedar, ¿Por qué me enseñó a amar de nuevo?
- ¿Lo ves? Solo estás confundido. Tal vez solo eres ese desahogo para sus malos momentos, ¿No crees? – La voz de Tormenta me sacudió de nuevo.
- Basta… - Me senté un momento, traté de calmarme, pero era imposible.
El día siguió su marcha, pero yo me quedé encerrado en ese pensamiento el resto del día.
33 días antes
El clima en la oficina estaba tan gris como las nubes que se ven desde el piso 17. No había pasado nada “malo”, pero tampoco algo “bueno”. Era ese punto medio extraño donde todo funciona… menos tú.
Yo estaba revisando unas piezas de diseño cuando vi a Nara llegar a su lugar, acomodando su suéter en el respaldo de la silla, como lo hacía todos los días.
- Mira, me trajeron esto – dijo, dejando el vaso sobre su escritorio, justo frente al mío. Era un vaso de la cafetería que le gusta, una bebida color azul, de ese azul que sabes que es más pintura que jarabe.
Yo sabía perfectamente quien se la había mandado. No porque ella lo dijera, sino por el gesto: una mezcla de incomodidad discreta y cortesía aprendida. Era un detalle amable que venía de alguien que, según su propia historia, antes dejaba le dejaba sorpresas parecidas.
- ¿Quién? – pregunté. La voz me salió demasiado rápido. Demasiado filosa.
Ella levanto la vista, sorprendida por el tono.
- Pues… ya sabes quién. Pero no es nada raro solo… quiso ser amable, supongo.
Y antes siquiera de pensar, ya lo había hecho: esa mueca. Ese gesto que heredé tal vez de mi mamá, esa expresión que no dice nada, pero lo dice todo. No eran celos exactamente. Era ese miedo estúpido que se activa antes de que el cerebro lo controle. Un gesto mínimo, innecesario… pero ahí estaba.
Nara lo vio.
Por supuesto que lo vio.
Ella siempre lo veía todo.
- ¿Qué? – preguntó despacio, sin enojo, solo confusión.
- Nada… no sé, solo… ¿Por qué aceptas cosas del? – dije, murmurando más bajo, como si así sonara menos infantil.
Ella apretó ligeramente los labios y luego respiró.
- Jim… solo es una bebida. No significa nada. Solo pensé que estaba rica y ya. ¿Quieres probarla? – la empujó suavemente hacia mí, como si ofrecerla la volviera inocente y transparente.